FICHA TÉCNICA



Título obra Los herederos de Segismundo

Autoría Guillermo Schmidhuber de la Mora

Dirección Sergio García

Elenco Rubén García, Delia Garza

Escenografía Gustavo Somohano

Grupos y compañías Grupo Porteac de Nuevo León

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Notas El Teatro del Bosque es el actual Teatro Julio Castillo

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los herederos de Segismundo grupo de Monterrey” en El Día, 3 agosto 1981, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los herederos de Segismundo grupo de Monterrey

Malkah Rabell

Más de una vez surge la pregunta: ¿qué es más conveniente ver o leer primero una obra dramática? A menudo el texto leído es hermoso y una vez en el escenario pierde mucho, o la totalidad de sus valores. Caso contrario es cuando la obra leída tiene poco o ningún valor y una vez en el escenario adquiere de pronto una vida inesperada, se cubre de carne dramática y emprende una existencia independiente de la lectura. Desde luego, la obra leída pertenece totalmente al autor. La obra montada se torna una creación colectiva, debida en numerosos casos más al director y a los actores que al dramaturgo.

En algunos países, a los críticos se les envía el drama antes del estreno. Nada de esto sucede en nuestro ambiente, y por lo general nos falta el texto. No sé si tal procedimiento es mejor o peor. Pero, indudablemente nos falta un tornillo en la maquinaria. En algunas oportunidades, cuando tengo la suerte de conseguir el texto, lo leo de inmediato después de volver del teatro, para obtener una imagen entera y darme cuenta hasta qué punto el director permanece fiel a la creación del dramaturgo. En el caso de Los herederos de Segismundo, me sucedió todo lo contrario. Por muchas razones leí el drama de Guillermo Schmidhuber de la Mora, que obtuvo dos premios nacionales en el mismo año: 1980, mucho antes de que soñara en subir al escenario. Y me encontré ante un texto hermoso, con un lenguaje manejado con altura, fluido y poético, con una infinidad de conceptos filosóficos, políticos y sociales; hasta con una infinidad de elementos teatrales modernos, de vanguardia, pero... con falta de ese elemento esencial en el teatro: la acción. Lo que hizo decir a Rafael Solana en !Siempre!, con una belleza literaria digna del drama: "La obra no es ligera, ni amena, sino compacta, maciza y colosal; tiene virtudes que son más estimables en pirámides y catedrales románticas que en obras teatrales; la riqueza de su materia filosófica la hace dura como mármol". Resulta difícil agregar algo a tal exactitud crítica.

Actualmente la obra, en el montaje del talentoso director escénico regiomontano, Sergio García, llegó a México invitado el grupo Porteac de Nuevo León por el Departamento de Teatro Foráneo del INBA. Un bello montaje con la escenografía de Gustavo Somohano, que hace desenvolverse toda la obra en una amplia escalera que nos recuerda la Escalera del poder que menciona el escritor polaco Jan Kott a propósito de Shakespeare y en cuyos escalones la actuación adquiere una gran plasticidad, casi una permanente coreografía. Pero, la falta de acción dramática, se hace más visible, y queda disminuido el interés del texto. Este drama que revive al personaje de Calderón de la Barca, el Segismundo de La vida es sueñoes una segunda parte cuando ya es rey de Polonia, a su lado su hijo, Américo, repite toda la aventura del padre, con la Torre como prisión final durante otros veinte años. Mas, en el texto resulta harto claro el odio edípico entre padre e hijo que se repite como un leitmotiv, como una cadena que se va arrastrando por la historia. En cambio, en la puesta en escena, este motivo dramático empalidece, hasta desaparecer entre los diversos temas que atraviesan la obra. Sobre todo se pierde mucho del argumento debido a las voces excesivamente bajas de los intérpretes, faltos de costumbre de expresarse en una sala tan amplia como la del Teatro del Bosque. Al único a quien hemos escuchado con toda claridad durante toda la representación fue a Rubén Orozco, en el papel del hijo, Américo, quien además hizo gala de un temperamento dramático muy seguro. También Delia Garza tiene claridad de dicción y gracia en las actitudes. Pero con frecuencia bajaba de tono.

Ante esos dos niveles creativos de Guillermo Schmidhuber: la altura literaria de su texto por una parte; y su poca acción dramática por otra, tenemos la firme convicción de que ese nuevo dramaturgo que surge en nuestro teatro –donde lamentablemente los dramaturgos no abundan–, y ya es creador de una media docena de obras, adquirirá con el tiempo la intensidad de acción dramática necesaria para interesar al público, aunque necesite para ello a veces sacrificar algo de la belleza del idioma y de los conceptos filosóficos.