FICHA TÉCNICA



Título obra Pedro y el capitán

Autoría Mario Benedetti

Dirección Sebastián Verti

Elenco Ricardo Cortés, Miguel Priego

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Pedro y el capitán” en El Día, 27 julio 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Pedro y el capitán

Malkah Rabell

A menudo, ante el drama de Mario Benedetti: Pedro y el capitán, que pone frente a frente al verdugo y a su víctima, al torturador y al torturado, algunos espectadores sostuvieron la opinión que desde el punto de vista sicológico y hasta lógico, el texto no es del todo convincente. Se les hacía difícil de creer que el capitán, ese oficial de la policía, por cuya oficina pasan centenares de presos martirizados anteriormente por los "torturadores profesionales", de menor categoría, pues se les hacía difícil de creer que el capitán, ese torturador intelectual, trata de emplear la "bondad" como medio de convicción. Sin embargo tengo entendido que tal procedimiento existe en todos los sistemas policiales que se respetan... Hasta Arthur London, en su autobiográfica Confesión muestra a semejantes personajes en la policía soviética en la época staliniana: Después de reducir al torturado a cero, éste se halla dispuesto a someterse con mucha más rapidez a cualquier palabra bondadosa, a cualquier actitud paternal de algún "capitán". A numerosos espectadores, sobre todo antiguos presos políticos, aún más difícil se les hacía creer en las posturas autodestructivas del capitán de Benedetti, quien en su desesperación por obtener información llega a ponerse de rodillas y admitir blandamente que el otro lo tutee en tanto él mismo emplea la segunda persona del plural para dirigirse a su víctima. Pues, también ello resulta bastante claro, sobre todo si se ha leído el relato Escuchando a Mozart del mismo escritor uruguayo, donde vuelve a aparecer la figura del "Capitán", pero en otras situaciones, en su casa, entre su familia, donde debe esconder su papel de torturador en su trabajo del cual su esposa e hijos se sienten muy orgullosos. Situación de la cual no encuentra posibilidad de huir por miedo de ser reducido a la posición de preso, y que lo lleva poco a poco a la locura.

Con mucha sutileza la demencia del capitán se hace patente en la puesta en escena de Sebastián Verti y en la interpretación de Ricardo Cortés quien emplea una extensa gama de matices para deslizarse del militar muy seguro de su fuerza y de su superioridad, al hombre íntimamente destrozado, enloquecido de miedo y... ¿por qué no?... de remordimientos. De los dos protagonistas frente a frente, Pedro el preso, el torturado, y el capitán, el más conmovedor es, desde luego el preso, pero el papel del capitán es infinitamente más difícil, más complejo, porque se mantiene a base de largos parlamentos que pueden considerarse monólogos, ya que durante casi todo el primer acto, en su esfuerzo por entablar un diálogo con Pedro, el capitán no recibe respuesta. Y tales monólogos pueden fácilmente caer en la monotonía, lo que nunca sucede a lo largo de toda la representación, que se hace corta, pese a las casi 2 horas de duración.

En cuanto al papel del preso, de Pedro, el joven actor, Miguel Priego, que veo por primera vez, conmueve no sólo por tanta sangre y huellas de torturas (cuyo exceso realista sea tal vez el único reparo que pueda hacer a la puesta en escena, ya que en tales casos basta sugerir), sino por su excelente interpretación de las escenas dramáticas, cuando por fin habla, por esa especie de histeria que lo embarga después de una de las tantas sesiones de tortura, cuando sólo le queda hablar y hablar, para no gritar de dolor, para acallar el sufrimiento físico que se hace insoportable. En un principio es el silencio que lo mantiene firme en su resistencia pasiva. Mas, cuando ya es un hombre que se considera a sí mismo como muerto, es cuando empieza a hablar, como si el lenguaje fuera su arma única para resistir hasta el final.

Drama donde un mano a mano entre dos protagonistas, Ricardo Cortés y Miguel Priego, logra vencer esa tremenda dificultad que significa mantener el interés del público con sólo dos actores en el escenario. Más aún, en el transcurso de 2 semanas, la presentación de Pedro y el capitán, en el poco "calentado" teatro Jesús Urueta y sin nombres estelares en la cartelera, consiguió atraer a un público que llenó el domingo la sala –y ni siquiera con un auditorio politizado para esta obra esencialmente política, aunque la dirección supo hacerla menos local y más universal–, un público que, conmovido, entusiasmado, aplaudió calurosamente durante largos minutos.