FICHA TÉCNICA



Título obra El autorretrato

Autoría Miguel Ángel Turrent

Dirección Miguel Ángel Turrent

Elenco Miguel Ángel Turrent

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El autorretrato” en El Día, 17 junio 1981, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El autorretrato

Malkah Rabell

Para festejar sus 100 funciones, se volvió a representar en el teatro Granero, el monólogo El autorretrato, escrito, dirigido y actuado por el joven poeta-actor, Miguel Ángel Turrent. Autorretrato que es una biografía del pintor holandés, Vicente Van Gogh, en nombre de quien habla el intérprete. Esta "Vida" de Van Gogh se reduce a su época cuando llegó a París, en 1886. Tenía entonces treinta y tres años y vivió cuatro años más. Su trabajo verdadero de artista había empezado en 1880. Una vida breve, fulgurante, intensa y trágica. Esta fue la historia de sus años de pintor. Y esa historia trata de reflejar en más o menos una hora de duración Miguel Ángel Turrent.

Algunos estudiosos de la obra de Van Gogh han dicho que conocer la formación espiritual de Van Gogh anterior a su llegada a la Ciudad-Luz es de una importancia decisiva para comprender sus reacciones en los últimos cuatro años de su existencia. Desde luego nada de eso es posible reproducir en un monólogo bastante breve. Ni siquiera esos últimos años de su vida nos lo exponen con mucha claridad. Son más bien fragmentos biográficos que van entrelazándose y que no siempre resultan muy comprensivos, si uno no conoce la vida y la obra de este gran artista que se suicidó en uno de sus accesos de sufrimientos excesivos físicos y mentales.

Para comprender sus reacciones vitales es muy importante saber que era hijo de un pastor calvinista, en una época conmovida por las ideas de redención social que tuvieron en Van Gogh una gran influencia. Se despertó en él la vocación de dedicar su vida a la predicación evangélica, y lo hizo entre los mineros belgas, entre quienes tomó su "primer curso gratuito en la gran universidad de la miseria", según escribió en una de sus cartas a su hermano Theo. Tales inicios no dejan de ser extraños en la vida de un artista. Hasta su profundo amor hacia su hermano Theo, no es una actitud corriente entre las personas dedicadas al arte, que suelen sentirse infinitamente superiores a los seres "comunes y corrientes" ajenos a la vocación artística, aunque éstos hayan nacido de la misma madre. No menos extraña resulta la amistad que lo unió a Gauguin, de carácter tan distinto. En uno de los soliloquios de este Autorretrato, Van Gogh deja escapar sus sentimientos hacia Gauguin; sentimientos que aúnan rencor y admiración, amigo a quien admira por su genio pictórico, pero ante quien no quiere rendirse ni como pintor, ni como ser humano.

En este Autorretrato el autor-intérprete, trata sobre todo de analizar las reacciones plásticas de Van Gogh, el nacimiento de cada uno de sus credos pictóricos. Este hombre que se compenetró emocionalmente con la existencia de los mineros, con estos seres humanos que viven en el "fondo del abismo, que permanecen la mayor parte del día en la sombra de las minas", Van Gogh, era un apasionado del Sol. El sol era para Vincent su dios y su maestro. El guía de su arte. "El color expresa algo por sí mismo" aseguraba, y era lo que buscaba: la expresión del color bajo los rayos del sol. Una pintura que si no era realista, era no obstante figurativa, pero nada académica. Miguel Ángel Turrent nos presenta al Van Gogh que se ha formado después de su llegada a Francia, en 1886. Un París de la III República que tenía la máxima desconfianza a todo lo anti-académico. Fue probablemente ese París todavía imbuido de odio hacia la Comuna, que lo rechazó –que rechazó a todos los impresionistas, rebeldes a las escuelas y corrientes impuestas desde arriba–, fue en ese París de la III República donde Van Gogh no pudo encontrar un solo comprador para sus cuadros, aunque su hermano Theo se empeñaba en darlo a conocer como pintor. Ese rechazo del ambiente no tuvo poco que ver con su muerte, que eligió él mismo. Y Miguel Ángel Turrent encontró el tono justo de angustia, de dolor, de miedo ante la vida, y tal vez ante la muerte de la última escena, y también de todas las demás escenas.

El monólogo, género nada fácil para mantener el interés del público, no pudo atraer un auditorio más amplio, pero el reducido grupo de espectadores guardó durante toda la representación un silencio y una inmovilidad religiosos. Lo único que tal vez pudo disgustar, fueron esas copias de las obras originales de Van Gogh, que tan pálido y falso reflejo ofrecían del auténtico genio del pintor holandés.