FICHA TÉCNICA



Título obra La fierecilla domada

Notas de Título The taming of the shrew / título en el idioma original

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Carlos Solórzano / traducción y adaptación

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Luis de Alba, Roberto Ballesteros, Julio Lucena, Luis Torner, César Bono, Julissa

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Teatro Hidalgo (Teatro de la Nación)

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La fierecilla domada” en El Día, 18 mayo 1981, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La fierecilla domada

Malkah Rabell

Bajo la alegre máscara de la farsa, Shakespeare en esa obra de su juventud: La fierecilla domada –o como traducen algunos a The taming of the shrew: La doma de la bravía–, presenta una imagen feroz de la sociedad de su época, la cual aunque situada por el autor en Italia no deja de ser inglesa. Todos esos caballeros e hidalgos son representantes de una nueva clase enriquecida: la burguesía, cuya máxima pasión es el dinero. Pasión a la cual ni siquiera escapan los jóvenes, que buscan las dotes de las novias ricas y se venden al mejor postor. Petrucho, hidalgo de Verona, no conoce a Catalina, la fiera a quien todos temen y que ahuyenta con su violencia y agresividad, a todos sus pretendientes. Pero le basta enterarse que el padre de la joven, el acaudalado caballero de Padua, Bautista, está dispuesto a ofrecer una dote fabulosa al valiente que acepte la mano de su hija, para presentarse en la lid. Y gana la batalla. Logra domar a la bravía, y ni siquiera esconde su único interés: la fortuna de la bella.

El poeta esgrime a su vez otro tema: ¿Quién debe dominar en una sociedad conyugal bien constituida? Y Shakespeare, como indudable representante de su tiempo, desde luego considera que todos los derechos deben pertenecer al varón, y solamente una loca y desenfrenada "bravía", puede pretender lo contrario. Otra vez debajo de la máscara cómica se oculta una feroz exigencia: el lugar de la mujer es a la sombra del hombre. La mujer digna de todos los elogios es la dulce; sumisa y obediente doncella, que a cambio de tales virtudes obtiene marido y protección. Más, según parece dar a entender el dramaturgo, esas damas tampoco son tan sumisas como pretenden. Apenas casadas muestran los dientes. Lo que no es tan ajeno a nuestra sociedad contemporánea, donde la persecución de un marido, el miedo a "vestir santos", obliga a más de una muchacha mostrar una hipócrita dulzura, que desaparece apenas salida de la iglesia.

La representación en el Teatro de la Nación de esa comedia shakespeariana en la adaptación y traducción de Carlos Solórzano, reduce los 5 actos originales a 2. Lo que permite un ritmo más ágil más dinámico, y sobre todo un concepto más moderno de la construcción dramática. La dirección de José Luis Ibáñez, le da una personalidad viva a la escenografía con una serie de hallazgos graciosos, como los árboles que se mueven y cambian de lugar desplazados por los actores, a lo largo del camino de Verona a Padua.

Para el reparto, Ibáñez reúne un grupo de actores competentes, entre quienes extraña la presencia de Luis de Alba, quien en el papel del sirviente de Petrucho, lleva a cabo las mismas "payasadas" que suele emplear en sus habituales actuaciones. Por fortuna su papel es bastante secundario. No es, como nos pudo inducir a pensar la excesiva publicidad dada a su nombre, el del protagonista. Este último, es decir Petrucho, se halla a cargo del joven actor Roberto Ballesteros, a quien ya habíamos visto en otra obra isabelina: Lástima que sea una puta. Y ya en aquél inicio de su carrera demostró tener temperamento, dicción clara, bella voz y sobre todo una presencia física muy llamativa. Virtudes de las cuales hace gala igualmente en la presente interpretación, mostrándose a la altura del difícil personaje. Julio Lucena, como el padre de Catalina; Luis Torner en el muy importante papel de Trani, al servicio de Lucenio, por quien se hace pasar para mientras tanto permitir a su amor hacer la corte con toda libertad a Blanca, la hermana menor de Catalina; y César Bono, como otro de los galanteadores de Blanca, son todos muy correctos, sin llegar a especiales alturas.

En cuanto a Julissa, cumple con el cometido de un personaje como Catalina de tan distintas facetas, y en algunas escenas logra especial emoción, como el: su último monólogo, cuando exige a las demás mujeres sumisión obediencia al hombre, al esposo, en agradecimiento de la protección que éste les brinda. A veces, con cierta picardía trata de subrayar que sólo se "vale de la astucia para iniciar un camino en que ella será la que domine, pues ha llegado a conocer todos los procedimientos de complacencia que someten profundamente otra voluntad". Más, ¿tal es la opinión del dramaturgo o del adaptador para complacer a las feministas?

Lo más llamativo del espectáculo fueron la espléndida escenografía, que cambiaba por completo el escenario del teatro Hidalgo, y el lujoso vestuario, debidos ambos a David Antón, muy fieles a la época.