FICHA TÉCNICA



Título obra Las falsas confidencias

Autoría Pierre de Marivaux

Dirección Michael Etcheverry

Elenco Marelline Collard, Alain Pralon

Grupos y compañías Comédie Française

Espacios teatrales Teatro Juárez de Guanajuato

Eventos IX Festival Internacional Cervantino

Referencia Malkah Rabell, “Telón Cervantino. La Comedia Francesa: un Marivaux sin brillo” en El Día, 6 mayo 1981, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La Comedia Francesa: un Marivaux sin brillo

Malkah Rabell

Guanajuato. Gto., 5 de mayo.– Después de la triste recepción que a Paul Claudel y a su Partage de Midi ha hecho el público de estreno, esperábamos que la segunda función de la Comédie Française, con Las falsas confidencias, de Marivaux –que es una de las grandes esencialidades de la Casa de Molière–, nos compensara con creces. Lamentablemente otra vez quedamos decepcionados.

Siempre he amado a Marivaux, y me parecía menos amargo, menos duro y deprimente que Molière. Me parecía dotado de más amor, y sobre todo de menos desprecio para sus semejantes, y en particular para los de clase baja, como los sirvientes. Sus criados ya anuncian la revolución. Ya no reciben patada ni de sus amos ni de sus colegas de oficio, tampoco son ladrones ni vendidos al mejor postor, como los de Molière. La compañía, durante la conferencia de prensa, presentó a su Marivaux como cruel, a quien el Marivaudage hizo mucho daño, estuve dispuesta a creerlo, y especialmente me interesaba enfrentar a ese comediógrafo del siglo XVIII en una nueva luz psicológica. Pero el Marivaux que nos presentaron era simplemente aburrido. Muchos espectadores consideraron la representación y a la compañía como objetos de museo. Pues los objetos de museo son bellos, interesantes e instructivos. Por esto los visitamos. En cambio la muestra que La Comedia Francesa nos ofreció en Guanajuato carecía de semejantes virtudes.

Como en los acostumbrados Juegos de amor, de Marivaux, también en las falsas confidencias se necesitan 3 actos para descubrir quién ama a quién, y quién persigue a quién. Y ni siquiera al descubrirlo sabemos si el amor es interesado, debido a la fortuna, o desinteresado, debido a la persona. Aquí, el joven Dorantes, de muy buena familia. pero de muy pocas posibilidades económicas, ama a la joven y rica viuda. Arminta, y hace toda clase de locuras para acercarse a ella. Como en las comedias del siglo anterior, los valets sirven de intermediarios en todas las intrigas amorosas. Pero Dubois, sirviente de Dorante, que entra al servicio de Arminta, para poder, desde adentro llevar a cabo la intriga, más parece un ministro dotado de espíritu diplomático que un mucamo. Es un personaje muy digno, por lo menos en su conducta exterior. En cuanto a que los enamorados persiguen el dinero de sus amadas, nadie lo esconde. Es la burguesía naciente que considera el dinero como sagrado. Tampoco Shakespeare se avergonzaba de ello, y su Fierecilla domada consigue marido debido a su fortuna. En fin, después de 3 actos de Juegos amorosos, todo termina en el mejor de los mundos. La rica viuda Araminta consigue el amor de Dorante, y éste gana la mano la fortuna de Araminta. Y si la doncella Marthon, al servicio de la viuda. queda con el corazón destrozado, a nadie le importa. Una mucama no puede permitir. se el lujo de rivalizar en amores con su ama.

En realidad más que nada esperábamos mucho de las actuaciones y el conjunto de Miembros asociados, las famosos Societares se portaron en el escenario como la mayoría de los intérpretes medianamente profesionales. No había en ellos nada de ese embrujo, de esa magia que conquista en el gran actor. La única que tal vez llamó un poco más la atención fue la joven Marelline Collard, en el papel de Marthon, sobre todo en la escena dramática, cuando se siente destrozada ante la revelación de que los sentimientos de Dorante no son para ella. Sólo Alain Pralon hacía gala de una dicción muy clara. Los otros desperdiciaban la mitad de sus parlamentos. En cuanto a la dirección de Michael Etcheverry, era lenta, sin brillo y monótona.

En particular nos extrañó la pobreza de la escenografía y del vestuario. Este último conservaba los mismos tonos pastel del espectáculo anterior, la rica viuda, su madre y su ambiente parecían muy dedicados a la economía. También la casa de esa dama rica se antojaba un convento, sin un cuadro, sin un bibelot para alegrarla. Lo que no deja de ser fuera de lugar en la época rococó. A menos que el director haya considerado que en ese siglo XVIII la burguesía se portaba con puritanismo en su vida pública.

Pues bien, no tuvimos suerte con La Comédie Française en Guanajuato.