FICHA TÉCNICA



Título obra Frío almacenaje

Autoría Ronald Ribman

Dirección Abraham Stavans

Elenco Sergio Klainer, Abraham Stavans

Música Darian Stavchansky

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un gran actor: Frío almacenaje” en El Día, 22 abril 1981, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un gran actor: Sergio Klainer en Frío almacenaje

Malkah Rabell

Ignoro cuál es el significado de semejante título de una obra dramática, cuyo argumento tiene mucho que ver con el frío de la muerte, pero nada con el "almacenaje". De todos modos, cualquiera que fuera su intención, ganaría mucho la pieza cambiándole el título por otro, más significativo y más sugestivo para el público.

En este Frío almacenaje, el autor norteamericano, que me resulta desconocido, Ronald Ribman, nos introduce en un lugar tan triste como un hospital, uno de esos sanatorios estadounidenses donde se paga hasta por respirar, pero donde está estrictamente prohibido recurrir al suicidio o a la eutanasia. El humanismo occidental exige que el enfermo aguante todos sus males, hasta que Dios, el médico o la cuenta bancaria resistan y no decidan otra cosa. La introducción del programa de mano, aunque no pertenece al dramaturgo, sino a un escritor filósofo: Víctor E. Frankl, reproduce de un libro de éste: El hombre en busca de sentido, el siguiente párrafo: "La salvación del hombre se encuentra a través del amor y en el amor". Parece que esta es también la opinión de Ribman. Si así es no estoy de acuerdo con él, ni con la obra. Cuando un hombre –como el protagonista Joseph Parmigian– sufre las consecuencias de una doble operación de sendos cánceres, y odia cada hora de prolongado sufrimiento que la sociedad le obliga a soportar, no es el amor que lo puede salvar, sino que es el amor que duplica sus sufrimientos, cuando se ve y se da cuenta que su estado sólo sirve para destrozar la vida de sus seres queridos. Es el amor que le hace desear con mayor desesperación, la pronta huida, el mutis por la puerta definitiva.

Esta "pieza" –nombre que los dramaturgos contemporáneos usan para diferenciar un drama moderno de un drama tradicional– deja muy pronto de importar por su contenido para importar por sus actuaciones. Nada más difícil que sostener durante casi dos horas un drama con dos únicos protagonistas; muy coloquial; sin acción, donde no sucede nada fuera de los diálogos de los dos personajes. Y estos diálogos ni siquiera son muy interesantes. ¿De qué pueden hablar dos enfermos en la terraza de un sanatorio, los dos en sillas de ruedas, uno a la espera de la muerte, y el otro a la espera de los resultados de esos famosos chequeos, especialidad de los hospitales norteamericanos? El dramaturgo creyó interrumpir la monotonía al introducir un relato del enfermo "vivo". El relato de su pasado de niño escapado a la persecución nazi. Mas, precisamente en este caso, el relato de quien después de tantos avatares logró escapar con vida, se hace inútil, suena falso y cae en el vacío, frente a este sufrimiento actual de un moribundo. Y este relato excesivamente largo, no sólo enerva por lo conocido y repetitivo, sino corta y destruye la unidad de la obra, que hasta cierto punto posee una estructura de una sola pieza. Y otra cosa extraña en esos diálogos entre un futuro muerto y un ex-muerto: Joseph Parmigian es un comerciante en verduras, un verdulero, un hombre simple; el otro, Richard Landau, es un intelectual, especialista en artes plásticas; mas, los discursos intelectuales los pronuncia el verdulero. Este Joseph Permigian resulta un auténtico sabio.

Pero al cabo de 20 minutos de actuación, nos hemos olvidado de la pieza. En el escenario, en la silla de ruedas, en el papel de ese muerto-vivo, Joseph Parmigian, está sentado un gran actor, un extraordinario actor. Sergio Klainer, quien en los últimos 20 años, desde que lo conozco como intérprete nunca tuvo la suerte de conseguir un papel a su altura, que le diera la posibilidad de hacer uso de todas sus capacidades interpretativas. Sergio Klainer, a quien aunque sin maquillaje y sin máscara, tuve dificultad de reconocer, este actor de carácter, con el único juego de sus rasgos faciales, obtenía la caracterización de un hombre de edad indefinida, envejecido por el sufrimiento, amargado por la enfermedad y cerrado a toda esperanza por la seguridad de su próxima muerte. He aquí, ya en estos primeros meses del año 81, que se nos presenta el actor destinado a la mejor actuación del año... y de muchos años.

En cuanto a Richard Landau, la otra figura de la pareja, interpretada por Abraham Stavans, quien también es el director de la representación, es sumamente complejo ser actor y director a la vez, sumamente complejo es notar sus propias deficiencias, sobre todo como en este caso se trata de su primera dirección, de su iniciación en la tan difícil especialidad directiva. Stavans siempre fue un excelente actor de carácter, y esta vez hace un mano a mano con Sergio Klainer. Pero no pudo escapar al excesivo llanto de algunas escenas. Es extraño cómo en este Frío almacenaje comete algunos errores que ya cometió en Si todos los hombres del mundo...Si lograra recuperar cierto equilibrio, una mayor serenidad en la interpretación, el papel ganaría mucho en fuerza dramática.

Completa la representación una música muy melancólica y tierna, que llama la atención. Es original de un muy joven músico Darián Stavchansky.