FICHA TÉCNICA



Título obra El campo

Autoría Griselda Gambaro

Dirección Ignacio Sotelo

Elenco Antonio Algarra, Javier Sijé, Esperanza César

Escenografía Marcela Zorrilla

Grupos y compañías Compañía Titular de Teatro del Instituto Politécnico Nacional

Notas de grupos y compañías Dolores Bravo de Serret / Jefatura de la Compañía Titular de Teatro del Instituto Politécnico Nacional

Espacios teatrales Teatro Celestino Gorostiza

Notas El teatro Celestino Gorostiza era el teatro Comonfort

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Honda calidad El campo” en El Día, 23 marzo 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Honda calidad en El campo

Malkah Rabell

En el teatro Celestino Gorostiza, antiguo Comonfort se presenta cuatro veces por semana la Compañía Titular de Teatro del Instituto Politécnico Nacional con el drama El campo, de la autora argentina Griselda Gambaro. Pero el título no se refiere a la hermosa campiña rioplatense. El campo de Griselda Gambaro es aquel donde los hombres mueren bajo el látigo sádico de unos seres que han guardado de lo humano sólo el aspecto exterior, donde la demencia acecha a cada vuelta de esquina, agazapada detrás de cada árbol, locura que se apodera de víctimas y victimarios.En la literatura contemporánea, y sobre todo en la dramaturgia latinoamericana, no abundan actualmente escritores de tanta fuerza dramática, y de un estilo que desde el principio hasta el final mantenga la unidad de tono. Un tono sobrio, sereno, sin jamás un grito, o un llanto, y que sin embargo mantiene todo el tiempo al espectador en trance, sin permitirle desviar del escenario su atención, su emoción, su mirada. Una mirada angustiada, y un corazón transido de dolor. ¡Una gran obra!

Historia kafkiana, que a la vez es una historia verídica, y que como todo lo kafkiano se ha vuelto realista en nuestro siglo. "Ficción" que más de un ciudadano del Cono Sur ha experimentado en carne propia. Imágenes enloquecedoras de un campo de concentración "particular", oculto en algún rincón de nuestro inmenso continente americano, donde los "dueños" y responsables usan uniforme nazi –"que no hace daño a nadie" según explica el cabecilla, "simplemente porque me gustan los uniformes .. . sólo que éste tiene historia"–, y crean un totalitarismo a su imagen y semejanza. La dirección de Ignacio Sotelo le agregó al texto original unos comentarios extraídos de diversos periódicos locales, entre los cuales figura El Día, acerca de la tortura que en semejantes lugares se aplica a los presos y las consecuencias patológicas y síquicas que dejan en las víctimas para toda la vida. La autora usa en determinados momentos unos elementos tan increíblemente despiadados, que perdemos la noción exacta cuando nos enfrenta a la realidad, y cuando nos presenta una ficción simbólica. Como el final que es auténticamente kafkiano, y cierto modo se antoja una herencia del teatro del absurdo.

Ya he visto diversas puestas en escena de Ignacio Sotelo, quien es –o fue– maestro de actuación en la Escuela Dramática del INBA, lo que explica su habilidad para dirigir a jóvenes actores. Sus montajes son por lo general excelentes, y uno de ellos permanece imborrable en mi memoria; el melodrama japonés: Yabujara. Su dirección de El campo se me hace espléndida, por el ritmo, por la sobriedad, la disciplina impuesta a cada movimiento escénico, y sobre todo por su manejo de los tres actores, principales. Antonio Algarra, en el personaje de Martín, el administrador de un lugar que desconoce y al cual llega atraído por un contrato excesivamente generoso, y se encuentra atrapado en una pesadilla; Javier Sijé, como Franco, el director de El campo, sádico, sicópata, que interpretó el papel con una ductilidad y una comprensión del complejo personaje, raro de encontrar en un actor tan joven. Por fin; Esperanza César, en el papel de Emma, probablemente una pianista de cierta fama en la vida de "afuera", pero que en el "campo" es únicamente un juguete alienado de sus torturadores. Una joven actriz que ya es una revelación. Cada uno de esos tres personajes presenta los rasgos que la lectura de los comentarios periodísticos locales ayuda a comprender. Quizá lo único que no estaba a la altura de la representación es la escenografía, debida a Marcela Zorrilla, que carecía de sugestión y no lograba impresionar. En cambio resultaba muy buena la sonorización, que constantemente daba la impresión de una vida misteriosas y terrible detrás de las paredes de esa abstracta habitación donde todo sucede, y donde se desarrolla el drama.

Bajo la jefatura de Lola Bravo, la Compañía Titular de Teatro del IPN inicia sus actividades de 1981. Con la representación de El campo, impone un rasgo de seriedad y de labor valiosa tanto desde el punto de vista estético como intelectual, que ojalá no abandone en sus futuras actividades.