FICHA TÉCNICA



Título obra Después de la caída

Autoría Arthur Miller

Notas de autoría Rafael López Miarnau / traducción

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Augusto Benedico, Emma Teresa Armendáriz, María Rubio, Carmelita González, Carlos Monden, Alicia Castro Leal, Mario Sevilla, Rebeca Iturbide, Carolina Barret, Manuel Arvide, Félix González

Notas de escenografía Realización de la Unidad Artística y Cultural del Bosque basada en el diseño de la producción norteamericana

Coreografía Susana Ingram

Grupos y compañías Teatro Club

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 15 noviembre 1964, pp. 3 y 7.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Después de la caída]

Mara Reyes

Después de la caída. Teatro del Bosque. Autor, Arthur Miller. Traducción, Rafael López Miarnau. Coreografía, Susana Ingram. Reparto: Augusto Benedico, Emma Teresa Armendáriz, María Rubio, Carmelita González, Carlos Monden, Alicia Castro Leal, Mario Sevilla, Rebeca Iturbide, Carolina Barret, Manuel Arvide y Félix González.

Hablar de la última obra de Arthur Miller en unas pocas palabras no es cosa fácil por el gran número de problemas humanos que aborda. El espectador que vaya al teatro por la morbosidad de conocer la vida del autor va por un sendero equivocado. Después de la caída no es el drama de un hombre, no es la culpa de un hombre, no es la acusación de un hombre, es la entraña de una sociedad, es la instigación para que la Humanidad se reconozca en su historia, para que admita sus culpas y fracasos, para que logre comunicarse entre ella, para que deje de justificar sus traiciones y engaños, su conducta sin verdad, su pretendida inocencia de todos los crímenes que ha cometido.

Miller inicia su obra con aquello de que “a veces está uno dándole vueltas a algo durante meses y de repente, surge la necesidad de afrontarlo” y esta necesidad puede muy bien extenderse del plano individual hasta el plano social y decir ¿cuándo va la Humanidad a tratar de afrontar su historia? Cuando Miller se pregunta ¿por qué me lamento por las cosas que se desmoronan? y concluye “¿estarían alguna vez enteras?”, es para que el hombre abra los ojos a la verdad por destructora que ésta sea. “¿Por qué ha de sentirse uno culpable por decir la verdad?” se pregunta Miller. “¿Cómo puede ser inocente ninguno que haya sobrevivido” a las cámaras de gases, a la bomba atómica? ¿Es que la humanidad entera no es la responsable de sus acciones? ¿Cómo vivir con esa culpa? Sólo conociendo los propios errores y perdonándolos, sólo aceptándose tal como uno es –como individuo y como género humano– sin disfrazar sus culpas, sus traiciones, sus engaños, sus crímenes, es como puede llegarse al final a encontrar la esperanza.

Miller trata en su obra todos los aspectos posibles de las relaciones humanas y de las actitudes que el hombre asume ante sí mismo. Analiza punto por punto cómo el hombre traiciona, engaña, ama, inculpa, defiende, defrauda. Ve al pasado como a algo que, eternamente vivo, nos sigue los talones; al futuro como “si fuera un jarrón que nunca hay que soltar de las manos”.

Y así no se puede tocar a nadie. No se puede alcanzar a los demás. Y al presente como el “ahora” que hay que salvar de la traición y la mentira, porque para él, la moral es “vivir con verdad”, aunque esa verdad sea dolorosa, cruel; sólo después de perdonarnos nuestros propios errores, sin pretender ser inocentes, podremos encontrar algo que ofrecer de bueno a los demás.

Técnicamente la obra de Miller es de incalculable valor. Hay en su forma de jugar con el tiempo algo parecido a lo que sería una sesión psicoanalítica. Sólo que la silla del psicoanalista está vacía, él no necesita, como tres de sus personajes femeninos, de la presencia del médico, Miller mismo es su propio terapeuta.

Las escenas traumáticas que un hombre ha vivido se repiten con un ritornello angustiante, aparecen siempre en simultaneidad con aquellas a las que están ligadas por asociación de ideas, como si el pensamiento se proyectara en formas concretas. Cuando exclama que no cree “que el dolor sea dolor a menos que mate”, surge la inevitable culpabilidad por verse vivo. Y afloran de su mente, concretándose, todos los dolores sentidos que nunca llegaron a matarle.

Cuando llega a la conclusión de que es “un error buscar la esperanza fuera de uno mismo” es porque ha recorrido todo el camino crítico de la revisión de la propia vida y de la de aquellos que le rodean, buscando fuera de él la esperanza sin poder [p. 7] encontarla. Y ese recorrido lo realiza sin límite de espacio, sin límite de tiempo, saltando de uno a otro según va siendo necesario y no según se lo dictaba la cronología. Hay un hálito de Joyce en el tratamiento, pero sobre todo, un dominio absoluto de la ciencia dramática y más aún de la esencia dramática.

Fuera de toda duda, se trata de la mejor obra de Arthur Miller, porque ante todo es como un holocausto a la sinceridad, en la que él como hombre, como individuo de una sociedad, como parte integrante de una Humanidad, ha desnudado su espíritu en un acto heroico por buscar la verdad.

La dirección escénica realizada por Rafael López Miarnau es la consagración de él. Las escenas se sobreponen como en montaje de imágenes engarzadas con una hilación perfecta. Diálogos como aquel en el que Maggie acostada con un Quentin imaginario habla con él, mientras el Quentin físico habla con el oyente, que es decir consigo mismo, constituían un problema de muy difícil solución para que no resultaran una yuxtaposición, sino un ensamblaje de sensaciones, de ideas, y todas estas escenas fueron logradas por López Miarnau con verdadera maestría.

La actuación de Augusto Benedico en el papel de Quentin será memorable en la historia de nuestro teatro. Hay en ella ese toque sublime de lo que es arte verdadero. ¡Qué forma de ir conduciendo al espectador de uno a otro plano!

En cuanto a Emma Teresa Armendáriz, se nos muestra como una actriz consumada, dentro de un tipo de personaje en el que nunca se la había visto, dominando al máximo el matiz, la intención, haciendo en suma una auténtica creación de su personaje. Si a lo largo de su carrera artística había sorprendido por sus innumerables cualidades, en esta ocasión ha llegado, ya a un nivel de superación que hace que su Maggié sea la más sobresaliente de sus interpretaciones.

Excelentes Carlos Monden y María Rubio y en un papel de menor lucimiento Alicia Castro Leal. Es una verdadera pena que para el resto de los papeles se haya tenido que recurrir a actores y actrices que están muy por debajo del nivel de los primeros. Rebeca Iturbide, Carolina Barret, Félix González, Mario Sevilla, Manuel Arvide y la propia Carmelita González no están a la altura de las circunstancias.

En el programa se da el crédito a la escenografía en abstracto a la Unidad Artística y Cultural del Bosque (quizá porque se siguieron los diseños de la puesta en escena norteamericana), de cualquier manera reclama un elogio ya que la realización de ella es magnífica.

Se trata de un éxito más en la cuenta del grupo Teatro Club que tanto hace en favor del buen teatro en México.