FICHA TÉCNICA



Título obra El hombre elefante

Autoría Bernard Pomerance

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Manolo Fábregas, Rafael Sánchez Navarro, Adriana Roel

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El hombre elefante” en El Día, 23 febrero 1981




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El hombre elefante

Malkah Rabell

Creo que sólo un dramaturgo inglés pudo tener la capacidad de crear con un argumento tan desgarrador, una obra tan fría, o mejor dicho tan disciplinadamente sobria. ¿Hemos de considerarlo como un tour de force, o como un grave defecto? Me inclino más bien por la primera consideración. En El hombre elefante Bernard Bernard Pomerance nos presenta uno de esos pavorosos fenómenos, que, por fortuna, no abundan en la naturaleza, pero por quienes las multitudes demuestran una enfermiza curiosidad, cuando no los hacen víctimas de sus crueles maltratos. John Merrick, cuando llegó a los 21 años, ya conocía ambas manifestaciones. Un mánager, por dos peniques, lo exhibía en una tienda del Londres del siglo pasado, por los años 1884. Y la multitud estuvo varias veces a punto de hacerlo trizas por considerarlo una ofensa a la humanidad, al hombre hecho a la imagen de Dios. Así como en las épocas medievales se consideraba a los locos productos del demonio a quienes había de castigar, asimismo en el Londres del siglo XIX la muchedumbre consideró culpable su monstruosidad a John Merrick. El Dr. Frederick Treven, un eminente cirujano de la época, que lo descubrió, lo protegió hasta su muerte, en 1890 y habló de ese caso en sus memorias que aparecieron en 1923, lo menciona como "una escalofriante criatura que sólo puede verse en una pesadilla. Era la figura de un hombre con las características de un elefante". Con semejante tema, con semejante personaje un autor dotado de un temperamento menos autodominante, más estridente, pudo fácilmente caer no sólo en el melodrama más pavoroso, sino hasta en el Gran Guiñol. Bernard Pomarance mantuvo hasta tal punto una permanente sobriedad, un tono menor para todas las vivencias de este horrible caso absolutamente verídico, que nunca llegó ni al melodrama, ni siquiera al drama, sino más bien al documento. Veinte años de antiteatro, acostumbró a la dramaturgia moderna a toda clase de libertades creativas. Por lo mismo, todo lo que se antoja poco teatral en esta obra de Bernard Pomarance no es más que contrario al teatro tradicional, pero perfectamente admisible en la moderna dramaturgia, con su falta de acción, con sus parlamentos dirigidos al público, con su lentitud rítmica, y sobre todo con este personaje central que nunca lleva al realismo su desgracia, física; sino que la deja imaginar a través de actitudes plásticas.

Y en este papel de El Hombre Elefante apareció el joven actor Rafael Sánchez Navarro, que desde su primera actuación– en un teatro profesional demostró su inclinación por los papeles de carácter, y en todas sus interpretaciones de su corta carrera que aún no llega a los años, sigue la misma tendencia. Y a todo personaje que le toca interpretar trata de imponerle algunos rasgos que él mismo descubre. En el papel de John Merrick pudo poner en práctica toda su capacidad de caracterización y todas sus inquietudes creativas. Logró imponerle a su "escalofriante" personaje una suave poesía, que impedía la excesiva tensión nerviosa en el espectador. En ningún momento el espectador llegaba a sentirse con los nervios destrozados. Rafael Sánchez Navarro ya no es una revelación. Lo fue desde su primera aparición en el escenario. Actualmente ya es un actor que se impone como una de las primeras figuras en esa pléyade de intérpretes juveniles que van surgiendo en el teatro mexicano.

Adriana Roel, como la señora Kendal, una actriz de renombre y de fortuna que logra poner en contacto al desdichado joven con las más brillantes personalidades londinenses de su tiempo, plasmó con gran sutileza los diversos estados anímicos que su primer encuentro con el "hombre elefante" le producen. Fue mujer, dama y actriz a la vez. Se hizo merecedora de los aplausos del público de estreno cada vez que abandonaba el escenario.

En cuanto a Manolo Fábregas, interpretó al Dr. Frederick Treves con esa sobriedad exigida por toda la obra y en especial por ese personaje muy importante para el argumento, pero de poca posibilidad para momentos brillantes. A su vez como director de escena, conservó a todo lo largo del espectáculo una unidad de tono y de ritmo, sin jamás permitir a su reparto salirse de esa sobriedad exigida por el texto y por el espíritu del dramaturgo. Igual severidad de texturas conservó la escenografía muy funcional diseñada por Antonio López Mancera.

Existe entre determinado círculo de críticos, la opinión de que Manolo Fábregas permanece acartonado en los modelos que ve en los Estados Unidos, por falta de creatividad personal. Yo creo más bien que Fábregas como director pertenece a una generación y a un sistema teatral que no considera necesario destrozar el texto original ni introducir hallazgos a toda costa. Más vale bien copiar, que mal improvisar. A fuerza de traer a México las mejores comedias musicales de otros países, Fábregas logró imponer ese género en las escenas nacionales. Hoy, tanto para la mayoría de actores mexicanos, como para nuestros directores y sobre todo músicos, la comedia musical se ha hecho familiar. Empezaron copiando, y hoy saben crearla.

Más, con El hombre elefante, Manolo Fábregas, para darle una oportunidad de interpretar un personaje inolvidable a su hijo, Rafael Sánchez Navarro, se aventuró por –un terreno dramático que le es poco familiar: un drama, un documento, una obra social muy extraña, poco común. ¿Triunfará también en este campo? El porvenir lo dirá.