FICHA TÉCNICA



Título obra Juego peligroso

Autoría Xavier Villaurrutia

Dirección Fernando Wagner

Elenco Magda Guzmán, Raúl Ramírez, Guillermo Zetina, Emilia Carranza, Angelines Fernández, Aracelia Chavira, Fernando Mendoza, Enrique Aguilar, Pilar Sen, Arturo Merino

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro Fábregas

Eventos Tercera y última Temporada de Oro de Teatro Mexicano del INBA

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 septiembre 1964, pp. 7 y 8.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Juego peligroso]

Mara Reyes

Juego peligroso. Teatro Fábregas. Autor, Xavier Villaurrutia. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, Antonio López Mancera. Reparto: Magda Guzmán, Raúl Ramírez, Guillermo Zetina, Emilia Carranza, Angelines Fernández, Aracelia Chavira, Fernando Mendoza, Enrique Aguilar, Pilar Sen y Arturo Merino.

Se ha estrenado Juego peligroso, de Xavier Villaurrutia, obra con la cual se clausurará la Temporada de Oro del Teatro Mexicano, en el teatro Fábregas. Temporada que se ha mantenido durante tres años de actividad ininterrumpida y en la cual se han montado las siguientes obras: Los signos del zodiaco, de Sergio Magaña; Los desarraigados, de Humberto Robles Arenas; Rosalba y los llaveros, de Emilio Carballido; El color de nuestra piel, de Celestino Gorostiza; Cacería de un hombre, de José M. Camps; Despedida de soltera, de Alfonso Anaya; El niño y la niebla, de Rodolfo Usigli; Hoy invita la güera, de Federico S. Inclán; Atentado al pudor, de Carlos Prieto; El vendedor de muñecas, de Nemesio García Naranjo; Nosotros somos Dios, de Wilberto Cantón; Íntimas enemigas, de Luis G. Basurto; La guerra de las gordas, de Salvador Novo; Las alas del pez, de Fernando Sánchez Mayans; Debiera haber obispas, de Rafael Solana; Las cosas simples, de Héctor Mendoza; La verdad escondida, de Amalia de Castillo Ledón; Luna de miel... para diez, de Felipe Santander; Señoritas a disgusto, de Antonio González Caballero; La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón; El gesticulador, de Rodolfo Usigli; Una noche con Casanova, de Federico S. Inclán; Columna social, de Celestino Gorostiza; Y todos terminaron ladrando, de Luis G. Basurto; Los cuervos están de luto, de Hugo Argüelles; y por último ésta de Juego peligroso, de Villaurrutia.

Como es natural, a lo largo de todo este llevar y traer de personajes que han cobrado vida, hay aciertos y errores, cimas y simas, triunfos y fracasos, ¿cómo evitarlo? Pero el saldo es positivo, están señaladas las vetas diferentes de nuestro cambiante y heterogéneo movimiento teatral; indicados los rumbos y horizontes. Expuesto el muestrario, queda ahora en manos de los autores abrir nuevos caminos, desbrozar los trazados y pulir lo imperfecto.

Lo mismo podría decirse del trabajo propia mente escénico. Muchos directores tomaron bajo su responsabilidad la tarea de dar corporeidad a lo literario: Salvador Novo, Dimitrios Sarrás, Xavier Rojas, Wilberto Cantón, Luis G. Basurto, Fernando Wagner, Oscar Ledesma, Jorge Landeta, Anselm Perten, Julio Bracho y Jebert Darién. Larga sería la enumeración de las actrices y actores que prestaron su aliento a los personajes de todas esas obras; entre ellas pueden mencionarse a Magda Guzmán, Virginia Manzano, Carmen Molina, María Teresa Rivas, Judy Ponte, Pilar Souza, Jacqueline Andere, Isabela Corona, Kitty de Hoyos, Sonia Furió, Emperatriz Carvajal, Rosa Elena Durgel, Angelines Fernández, Gloria María, Rosa María Moreno, Alicia Montoya, Luz María Núñez, Lola Tinoco, Lorena Velázquez, Eva Calvo, Beatriz Aguirre y tantas otras. Y entre los actores: Raúl Ramírez, Guillermo Zetina, Raúl Dantés, Sergio Bustamante, José Gálvez, Fernando Mendoza, Narciso Busquets, Héctor Gómez, Enrique Aguilar, Luis Bayardo, Francisco Jambrina, Mario García González, Carlos López Moctezuma, Carlos Navarro, José Luis Jiménez y muchos otros.

Es necesario hacer notar que esta temporada arraigó en tal forma en el público, que casi llegó a sostenerse a base de la taquilla, lo que es insólito si se piensa que el teatro mexicano siempre ha necesitado para su realización escénica subsidios que cubran casi la totalidad de los gastos.

La mayoría de los dramas representados fueron reposiciones de obras ya probadas, pero también hubo otras que se dieron a conocer por primera vez en esta temporada. Estas son: Cacería de un hombre, Nosotros somos Dios, La guerra de las gordas, Una noche con Casanova y Y todos terminaron ladrando. El número escaso de obras nuevas indica claramente que la tendencia que se siguió en esta temporada fue 1a de lograr la aceptación del público, la de abrir las puertas del teatro comercial a los autores mexicanos, tratando de no desconcertar al público con producciones quizá de gran mérito artístico, pero no probadas anteriormente. Labor meritoria ésta de fomentar un mercado para el autor mexicano que no puede subsistir de su pluma. Una vez que el teatro mexicano se entronice en el gran público, se podrá ser audaz. Por lo pronto el primer paso está dado; esperemos que no esté lejano el próximo y que esta temporada no sea una labor que quede sin continuación y se pierda su huella. Nada más triste que algo que puede ser fecundo se desperdicie y se vuelva estéril. Los frutos de la Temporada de Oro se verán en el momento en que se presente la reciente creación de los autores mexicanos, que deberá ser ya de una sólida madurez artística.

En esta obra del malogrado Xavier Villaurrutia, Juegos peligrosos, el autor muestra un conflicto conyugal provocado por un personaje pensado sobre el modelo de Yago. Si la anécdota podría conseguir el interés del público, el tratamiento y la forma del diálogo hacen fracasar el intento. La pieza se siente tan a la antigua que no parece haber sido escrita en 1949 (un año antes de la muerte del autor) sino allá porlos veintes. Lenguaje que en momentos busca el lirismo y que pierde toda espontaneidad por lo reiterativo, cada idea se repite y se repite hasta el cansancio; cada hecho se relata una y otra vez, dela misma manera, sin variación en la intención, sin descubrimiento alguno. Personajes que quieren parecerse a otros (de D'Annunzio, Priestley o Lenormand) pero que no llegan nunca a alcanzar su consolidación.

Un esfuerzo sin límite representa para el director dar [p. 8] movimiento y vida a tales personajes, estáticos por naturaleza, y para los actores encarnarlos. Magda Guzmán se afana desesperadamente por encontrar puntos de apoyo y consigue salir ilesa de tan difícil prueba. Raúl Ramírez y Guillermo Zetina prestan su propia personalidad a esos seres imaginarios que no “colaboran” en nada en la extenuante tarea de parecer verosímiles. Y esfuerzos semejantes pueden apreciarse en Emilia Carranza, Fernando Mendoza, Enrique Aguilar, Angelines Fernández, Aracelia Chavira y Pilar Sen. Arturo Merino tuvo menos dificultad al personificar a un mayordomo convencional.

De magnífico gusto la escenografía de Antonio López Mancera, bella y armónica, (por cierto una peccata minuta de la iluminación es que cuando los actores “suben” al piso superior, las sombras delatan los secretos interiores del forillo y claramente se advierte que después de ascender los escalones visibles, en vez de continuar subiendo, bajan nuevamente).