FICHA TÉCNICA



Título obra Medea

Autoría Eurípides

Notas de autoría Ángel María Garibay K. / traducción

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Rafael Llamas, Wolf Ruvinski, José Carlos Ruiz, Socorro Avelar, Antonio Medellín, Mercedes Pascual, Daniel Villarán, Graciela Doring, María Eugenia Ríos, Alma Rodríguez, Irma D’ Elías, Guadalupe Andrade (Lupe), Clara Osollo, Alicia Echevarría, Teresa Grobois, Lilia Juárez, María Stain

Escenografía Julio Prieto

Música Leonardo Velázquez

Notas de Música Blas Galindo / dirección musical de la grabación; Orquesta del IMSS / grabación

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Notas Daniel Villarán puede ser Daniel Villagrán

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 6 septiembre 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Medea]

Mara Reyes

Medea. Teatro Xola. Autor, Eurípides. Traducción, doctor Ángel María Garibay K. Dirección, José Solé. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Música, Leonardo Velázquez. Grabación, Orquesta del IMSS bajo la dirección de Blas Galindo. Reparto: Ofelia Guilmain, Rafael Llamas, Wolf Ruvinski, José Carlos Ruiz, Socorro Avelar, Antonio Medellín, Mercedes Pascual, Daniel Villarán, Graciela Doring, María Eugenia Ríos, etc...

De nuevo Eurípides en el teatro Xola, de nuevo bajo la dirección de José Solé y de nuevo con éxito. Uno de los mayores aciertos de José Solé consiste en su forma de manejar el coro. Este director consciente de que en el teatro griego el asunto se maneja en dos niveles distintos, uno el personal y otro el universal, da al coro un doble movimiento, una doble significación, una doble apariencia –una temporal y la otra intemporal. La primera, cuando junto con los personajes entre los que se desenvuelve la tragedia, más que comentar la acción expresa la emoción que tal acción causa. Y la segunda –la intemporal– cuando hace que el coro extienda la repercusión de tal acción en el tiempo y en el espacio, obteniendo con él una proyección de infinito humano.

Al ver esta Medea, interpretada por Ofelia Guilmain, no pude dejar de asociar la visión de María Douglas, aun cuando la Medea que María interpretó fue la de Anouilh, pero era el mismo personaje, con sus mismas pasiones, su misma ira y mismo deseo de venganza. Ambas actrices representan dos épocas en nuestro teatro. Y no hay duda que hoy por hoy el teatro vivo de México se halla bajo el imperio de Ofelia, tal como en otros años se encontrara bajo el de María. Ofelia irrumpe en la escena toda ella desbordada, como río que no respeta el cauce, inundándolo todo. Ella con su presencia va impregnando la escena con su furor, su odio, al punto de lograr que el auditorio se olvide de sí mismo y penetre en esa atmósfera en la que el grito, el llanto y la violencia toman carta de naturaleza y el crimen más infame se explica y se comprende. La Medea de Ofelia no repugna, provoca compasión. Si un orgullo ofendido no justifica su crimen, la fuerza de su pasión obliga a respeto. Ofelia ha encarnado a una mujer, no a un monstruo; a una mujer primitiva, dominada por la ley del talión, y al hacernos presenciar su venganza, nos deja adivinar la fuerza de su amor, si apasionada la una, también apasionado y arrebatador debió haber sido el otro. Amor que la llevara a traicionar patria, padre, hermano y amigos. Ofelia con esa fuerza de proyección extraordinaria conmueve hasta lo más profundo ya que no muestra de su Medea sólo los sentimientos malvados que hicieron cuna en ella, sino que los expresa como una resultante lógica de su poderosa fuerza emotiva, de su amor que fue total entrega.

Wolf Ruvinski, encarnando a Jasón, como otrora en la Medea de Anouilh, se advierte un tanto descentrado. Su deficiente dicción, que nunca ha sido perfecta, se vuelve contra él como un adversario temible al que tiene que enfrentarse durante el transcurso de todas sus escenas. Su sinceridad logra sofocar en ciertos momentos al adversario, pero pronto vuelve a sucumbir ante él. Hay papeles como el Stanley Kowalsky de Un tranvía llamado deseo –que tanta fama le diera– que pueden ajustarse a su defectuosa pronunciación y a su marcado acento sudamericano, pero otros no admiten tales distracciones.

Todos los personajes, así como el coro de mujeres, estuvieron interpretados en forma excelente por un elenco capaz, responsable y eficaz. Socorro Avelar en el papel de la nodriza; Rafael Llamas, en el de Creón, rey de Corinto; José Carlos Ruiz, en el de un mensajero; Antonio Medellín en el de Egeo, rey de Atenas, y Daniel Villaránen el de ayo de los hijos de Medea; todos estuvieron a la altura de las circunstancias, siendo éstas de óptima calidad en la interpretación y de sinceridad en las emociones.

El director no pretendió representar la obra al “estilo griego”, sino con una visión moderna y actual, visión a la cual se ajustaron todos los actores, así como el coro, formado por Lupe Andrade, Irma D’ Elías, Graciela Doring, Alicia Echevarría, Teresa Grobois, Lilia Juárez, Clara Osollo, María Eugenia Ríos, Alma Rodríguez, María Stain y Mercedes Pascual que fue un brillante corifeo, ella llevó sobre sus hombros el mejor peso del coro. Una muy bella escena es aquella en la que las .mujeres del coro, después de escuchar cómo Medea da muerte a sus hijos, se retuercen por la desesperación y caen sobre la escalinata como manchas inorgánicas sobre el piso. Hay en esta escena un hálito que recuerda a las monjas posesas de aquel filme Sor Juana de los Ángeles en el momento del exorcismo.

La traducción del doctor Ángel María Garibay es magnífica; pureza de lenguaje sin nada superfluo o confuso. La escenografía y el vestuario de Julio Prieto estuvieron matizados entre el gris y el morado, pasando por los azules, sin discordancias. Las máscaras del coro, no fijas a los rostros, sino montadas en una vara, permitían un juego plástico más amplio. Sencillez y belleza fue el marco que dio Prieto a la obra de Eurípides. Los efectos musicales de Leonardo Velázquez son un buen complemento aunque un tanto cinematográficos.

En resumen, no sólo es digno de encomio el afán del IMSS por dar a conocer las grandes obras de la literatura dramática griega –como un aledaño a su labor social, en la que lo educativo no es secundario– sino también el hecho de que tales obras sean llevadas a la escena sin escatimar ningún esfuerzo. Y si en ocasiones tales esfuerzos no han rendido el fruto debido, en esta ocasión el fruto se saborea maduro. José Solé ha sabido conjugar las virtudes propias con las de sus colaboradores.