FICHA TÉCNICA



Título obra Celos del aire

Autoría José López Rubio

Notas de autoría Manuel Sánchez Navarro / adaptación

Dirección Xavier Rojas

Elenco Jesús Salinas Ortega (Chucho), Luz María Aguilar, Adriana Roel, Joaquín Cordero, Fanny Schiller, José Mora, Jorge Fegan

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Sala Chopin

Productores Manolo Fábregas

Notas Manolo Fábregas es Manuel Sánchez Navarro

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 9 agosto 1964, p. 2.




Título obra Trampa para cuatro

Autoría Ricardo Rentería L.

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Magda Guzmán, Enrique Agullar, Pilar Sen, Felipe Santander

Escenografía Guillermo Segoviano

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 9 agosto 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Celos del aire, Trampa para cuatro]

Mara Reyes

Celos del aire. Sala Chopin. Autor, José López Rubio. Adaptación, M. Sánchez Navarro. Dirección, Xavier Rojas. Escenografía, David Antón. Reparto: Chucho Salinas, Luz María Aguilar, Adriana Roel, Joaquín Cordero, Fanny Schiller, José Mora y Jorge Fegan.

Algo en común tienen las obras que presenta Manolo Fábregas, aunque él no participe en ellas ni como director, ni como actor. Esta unidad proviene especialmente del género de comedias que elige para representar, además de la gran propiedad con que son escenificadas. Celos del aire fue una de las comedias que llevó a su gira por Sudamérica y se advierte en la puesta en escena esa soltura de cosa ya sabida.

Se trata de una obra con sus ingredientes picarescos, sus momentos sentimentales y su final moralista. El doble juego escénico de las dos entidades que habitan la casa en la que se desarrolla la acción da agilidad a la comedia y crea situaciones contrapuntísticas de fino humor.

La dirección escénica corrió a cargo de Xavier Rojas quien eventualmente sale de su habitual “teatro círculo” para ofrecer un ingenioso movimiento escénico que, a pesar de desenvolverse dentro del marco unilateral del escenario convencional, logra dar dos niveles y dos ángulos al juego escénico de sus actores. La comedia se presta para darle el ritmo de un péndulo de reloj y Xavier Rojas aprovecha al máximo esa situación.

La obra remozada sin embargo, no deja de mirarse como cosa perteneciente en muchas de sus partes al pasado, por lo que Xavier Rojas puso especial empeño en ponerle un barniz de novedad.

Chucho Salinas, que ha recorrido un curioso camino dentro del arte –músico, cómico y por fin actor– tiene un ángel especial y cada día su oficio se hace más sólido. Su interpretación del comediógrafo ególatra es correctísima. Excelente también la actuación de las dos jóvenes actrices: Luz María Aguilar y Adriana Roel. Bien igualmente Joaquín Cordero. Aunque las actuaciones son inobjetables se advierte fundamentalmente en Joaquín Cordero una tendencia a repetirse, tendencia que se va convirtiendo en peculiaridad en casi todos los actores profesionales –antes de volverse vicio– y que se deriva de la costumbre de interpretarse a sí mismos. El afán de ser “naturales” y “espontáneos” los ha ido llevando a la anulación de la facultad de transformación que debe ser inherente al actor. Hoy día aquellos que estimulan esa facultad son una minoría y los que la inhiben en cambio son una inmensa mayoría.

En contraste con los actores de media horneada, están los de la antigua: Fanny Schiller, Jorge Fegan y José Mora, quienes a pesar de pertenecer a una escuela menos espontánea de actuación obtienen una mayor identificación con los personajes que interpretan.

De la escenografía de David Antón sólo puede decirse que es como todas las suyas, apropiada y plástica. Parece mentira que el monopolio se justifique cuando éste proviene del talento.

Trampa para cuatro. Teatro Jesús Urueta. Autor, Ricardo Rentería L. Dirección Óscar Ledesma. Escenografía, Guillermo Segoviano. Reparto: Magda Guzmán Enrique Aguilar, Pilar Sen y Felipe Santander.

Un nuevo autor mexicano se atreve a cruzar la línea de las candilejas: Ricardo Rentería, estudiante de medicina. Antes de entrar a examinar la tesis que plantea en su pieza, sería necesario diseccionarla técnicamente, ya que en ella pueden apreciarse un sinnúmero de deficiencias relativas a la composición dramática. Deficiencia de quien comienza a escribir teatro es dar al espectador la información delos antecedentes de la vida de los personajes y del ambiente en que éstos se desenvuelven sólo a base de relato sobrecargado y dentro de diálogos discursivos, reiterantes y pesados en exceso.

Por otra parte el autor en vez de tomar una sola tesis o idea para su obra, pretende abarcar dos anécdotas a la vez y entonces se pierde entre ellas, se complica y termina por hacer confusa la obra. O enfocar el problema a la necesidad de probar el afecto del novio o bien a la búsqueda de Dios. Pero la más era una tarea demasiado ardua para quien apenas corre su primera aventura teatral. Si desenvolver un conflicto en el teatro ya es una labor difícil, intentar desenvolver dos conflictos a la vez es una meta demasiado alta para quien principia a volar. La primera anécdota –de la joven que desea estar segura del amor de aquél con quien va a compartir su vida– era lo suficientemente eficaz para hacer una buena pieza (desde luego entonces habría sobrado el personaje de Rubén); es una lástima que por querer una mayor trascendencia al problema [sic] haya desperdiciado la anécdota. Si en cambio deseaba el autor llevar a cabo la segunda anécdota, (la de encaminar a un ser hacia la senda de la fe) entonces la acción no necesitaba del personaje de Juan. En el primer caso, la trama está completa, no necesita ningún agregado; en el segundo caso en cambio, sería necesario redondear la anécdota, completarla.

Mucho es el esfuerzo del director y actores por tratar de que la obra no canse al público debido al diálogo en extremo repetido, de parlamentos excesivamente largos. Magda Guzmán se ha habituado ya a salir a flote en todo género de obras y aunque la mayoría de las veces lo logra, no puede evitar en ciertos momentos perder su sinceridad. Los esfuerzos de Pilar Sen son también dignos de mejor causa. Enrique Aguilar con un personaje que nunca aparece como lo pintan –no por su culpa, sino porque las palabras que dice no corresponden al cuadro que los demás personajes hacen de él constantemente– hace también lo más que puede. De Felipe Santander sólo puede decirse que es una lástima que después de haberle visto una interpretación llena de matices como la que realizó en De repente en el verano se presente tan plano, monocorde y liso.

Excelente, eso sí, la escenografía de Guillermo Segoviano. En realidad el título no es correcto, ya que no se trata de una Trampa para cuatro sino de una “trampa para un auditorio”.