FICHA TÉCNICA



Título obra Y todos terminaron ladrando

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Fernando Wagner

Elenco Guillermo Zetina, María Teresa Rivas, Angelines Fernández, Fernando Mendoza, Dolores Tinoco (Lola), Antonio Brillas, Roberto Jarero, Roberto Guzmán, Ángeles Marrufo, Arcelia Chavira, Marina Marín, Mario García González, Aurora Campuzano, Olga Rinzo, Leopoldo Ortín (Polo), Reynaldo Rivera

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Fábregas

Eventos Temporada de Oro de Teatro Mexicano del INBA

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 2 agosto 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Y todos terminaron ladrando]

Mara Reyes

Y todos terminaron ladrando. Teatro Fábregas. Autor, Luis G. Basurto. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, David Antón. Reparto: Guillermo Zetina, María Teresa Rivas, Angelines Fernández, Fernando Mendoza, Lola Tinoco, etc...

La Temporada de Oro del INBA esta vez no repone una obra ya conocida, sino que estrena la última comedia de Luis G. Basurto Y todos terminaron ladrando –título atractivo pero que tiene la desventaja de adelantar al espectador el final de los acontecimientos.

Parece que Basurto utiliza al escribir sus obras teatrales un mecanismo similar al que siguen los autores de historietas dominicales, en aquello de hacer diferentes historias para los mismos personajes. Y no se tome esto en sentido peyorativo, no se considere pecado, ya la Comedia Italiana ponía la muestra al improvisar anécdotas distintas con los mismos personajes. El único requisito en estos casos es que los personajes que participen en la acción sean todos necesarios. En Y todos terminaron ladrando esto último no se cumple. Hay un personaje que no tiene por qué ser inmiscuido en la trama y su aparición constituye como un apéndice que debiera extirparse. Me refiero a la prostituta. ¿Para qué entra a escena?

Quizá el autor opine que ella ayuda a desenmascarar alas personajes masculinos que aparecen en la comedia, sin embargo yo pregunto ¿variaría la impresión que tiene el espectador de los personajes si fuera suprimida la escena? ¿No es suficiente con la conducta que ellos tienen frente a frente, entre ellos mismos, para que sus pocas virtudes queden ampliamente al descubierto? La escena de la prostituta resulta no sólo artificial y ríspida, sino que es como una pústula que en nada beneficia al desarrollo de la anécdota; sus “denuncias” no ocasionan ninguna consecuencia lo que prueba que aquello que ella revela de los personajes no era ningún secreto para nadie o bien a ninguno le importa. En resumen su aparición no tiene justificación real salvo la de hacer reír un poco. Sólo que la risa debe tener siempre una justificación, de otro modo no habría diferencia entre la comedia y el sketch. Esto Basurto lo sabe y sólo se explica el que haya escrito dicha escena por una especie de debilidad suya por este género de personajes. Debilidad parecida a la de hacer que otro de sus personajes se suicide al final de la comedia y que es la que muchas veces lo lleva hacia la truculencia.

Quizá tomando ejemplo de los clásicos –quienes aún en sus tragedias ponían un personaje cómico– en Shakespeare o en Lope de Vega pueden encontrarse los bufones y “chistosos” –como el Osric [sic] en Hamlet o el Mengo en Fuenteovejuna– Basurto ha decidido incluir en sus obras un personaje –o varios– que tomen a su cargo la tarea de divertir al público, pero el resultado de ese intento le ha resultado fallido, probablemente debido a falta de equilibrio. Hay que conocer las dosis de los ingredientes para que el guiso quede en su punto. Demasiada sal puede hacerlo incomible. Es necesario que la proporción sea correcta para que no se pierdan las perspectivas. Si la obra de Basurto es básicamente una comedia ¿a qué esos extremos entre el personaje de Artemio de la Torriente y el de Doña Eufemia, el uno tirando hacia el melodrama y el otro hacia el ridículo? Si Basurto puliera un poco más su obra el resultado sería indudablemente muy satisfactorio. Tomó de las costumbres sureñas de México una anécdota que es en extremo susceptible de ser dramatizada, y salvo algunos lunares (la prostituta, Artemio y Doña Eufemia, además de cierta debilidad en el personaje de la nana Aída) el desarrollo de los acontecimientos es llevado por Basurto con técnica firme; la transformación que por la influencia ambiental va teniendo el personaje protagónico –Don Martín Escalera– se realiza con verosimilitud; hay una progresión bien llevada en la variación de las reacciones de éste, en su trasmutación. Una anécdota que tiene tantas posibilidades para hacer una comedia excelente bien valdría la pena de que el autor la redondeara, puliera las asperezas y abrillantara los prismas; podría muy bien llegar a ser ésta la mejor obra teatral de Basurto.

Sería mejor que Fernando Wagner se decidiera a dirigir sólo obras realistas, cuando entra en juego la farsa, resbala; su técnica se hace endeble. Las escenas realistas de la obra las saca adelante con soltura, pero aquellas en las que interviene un matiz farsístico se pierde, como si su visión se nublara. O conserva ese matiza todo lo largo de la obra, o bien se suprime. Es inadmisible dirigir algunas escenas con un estilo y otras con uno distinto. Para que la escena “fantasmagórica” tenga cabida, la comedia entera debe ser llevada con otro estilo; ésta es sólo una secuencia de diferente color, no un fragmento de otra obra. La escena de los ladridos debía ser una consecuencia lógica de una forma de actuación previa, no un aerolito que brota en el aire y no se sabe de dónde viene, peor aún, que no viene de ninguna parte. Si no puedo entender que el autor clasifique su obra como “farsa” es quizá por culpa de la dirección escénica que sólo en momentos aíslados hace que los actores tomen actitudes caricaturescas, siendo melodramáticos en otros momentos. Muy pocos personajes actúan dentro de la línea de la farsa y por ser sólo unos cuantos la impresión que provocan es grotesca y siempre parece que están fuera de situación.

Se trata indudablemente de una obra que ni mandada a hacer para Guillermo Zetina que tanto gusta de hacer alarde de sus facultades histriónicas. Zetina encarna con positiva maestría el papel del “cultivado” Don Martín Escalera, el hombrecillo mediocre que a fuerza de escuchar que él tiene una gran personalidad, llega en verdad a adquirir ésta, y a sorprender por su real y verdadera transformación sicológica. Un éxito más en su carrera. Discretos: Lola Tinoco –personaje débilmente delineado por el autor y sobre todo fuera del estilo de la comedia– Antonio Brillas, Roberto Jarero y Roberto Guzmán. Pintorescas: Ángeles Marrufo, Angelines Fernández –quien aparte de que se olvida en menos de medio minuto de la trágica muerte de su sobrino dejándose arrastrar por la euforia del triunfo del boticario, hace un trabajo muy correcto– Arcelia Chavira –que entra con el pie derecho al teatro profesional– y Marina Marín. Bien Mario García González. Exageradas sin límite Aurora Campuzano y Olga Rinzo. Grandilocuentes pero en tono de buenos actores, María Teresa Rivas y Fernando Mendoza. Jocoso Polo Ortín e inestable Reynaldo Rivera, en el papel de padre Terencio, personaje ante el que el propio autor se sintió cohibido.

La escenografía de David Antón es un marco excelente para la obra.