FICHA TÉCNICA



Título obra La Nona

Autoría Roberto M. Cossa

Dirección Sergio Corona

Elenco Sergio Corona, Ada Carrasco Manuel Ybáñez (Flaco), Chato Padilla

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Reforma

Notas Entre corchetes frase errada en el original

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La Nona, una comedia simbólica” en El Día, 17 septiembre 1980, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La Nona, una comedia simbólica

Malkah Rabell

Un día un joven profesional me dijo: "Los jóvenes somos relativamente una minoría en el mundo. Y no obstante es sobre nuestras, espaldas que recae el sostén de la sociedad en que vivimos. Es debido a nuestros esfuerzos económicos que marcha esa Sociedad formada en su mayoría por viejos que ya no pueden hacer nada". La obra de Roberto M. Cossa –que algunos aseguran es argentino– La Nona, parece ilustrar semejante tesis. No se trata de una comedia realista, de la historia de una familia destrozada por la voracidad de una "abuelita" centenaria, cuyo apetito no tiene limites, y entre cuyos dientes y estómago van desapareciendo no sólo los pocos bienes materiales de sus hijos y nietos, sino sus vidas que ya no pueden resistir la tensión nerviosa que ese monstruo inconsciente hace pesar sobre cada uno de los instantes de sus existencias. No es una comedia realista, tal como lo presenta la dirección de Sergio Corona, y tal como lo acepta un público dispuesto a divertirse y que se carcajea con la actuación tan "vaciada" (opinión que recorre las filas de la sala) del propio Sergio Corona en el papel de la, "abuelita". Es una comedia en la corriente del "absurdo", que sólo se distingue de éste por un lenguaje mucho más llano y falto de hermetismos. Un "absurdo" renovado que parece brotar un poco en todas partes. Con personajes y situación simbólicos, La Nona, el monstruo voraz, que desde la mañana hasta la noche, y aún en el transcurso de ésta no cesa de comer mejor dicho de tragar, tiene un doble reflejo: el de una sociedad donde la prolongación de las vidas de una parte de la humanidad gravita con sus cargas y obligaciones sobre una minoría: y el de las familias de las clases modestas que han de soportar el peso de los ancianos que sobreviven a los de edad media quienes física y materialmente no soportan la carga. La Nona es como una irónica respuesta a quienes luchan y creen posible prolongar las vidas hasta los 200 años.

Desde luego, Roberto M. Cossa no ofrece soluciones, que por el momento no existen. Sólo presenta una horrenda situación que tras, la risa conlleva una gran tristeza. Se diría que toda su ironía, todo su humor negro es un escape de su propia pesadumbre. El final de esa "comedia", cuando la Nona permanece triunfalmente sola en el escenario, únicamente acompañada por el nieto que más trató y –logró– sacudirse las responsabilidades, el haragán Chucho, que bajo el pretexto de ser "artista" nada hacía para ayudar a los suyos. pero que ante la inmensa soledad en la que lo deja la destrucción. desaparición y dispersión de la familia, desamparado se pone a llorar como un niño, es una verdadera escena trágica. Pero La Nona no es una tragicomedia, es una comedia muy trágica.

Algunas obras del "absurdo" al emplear un lenguaje muy hermético, con verdades subyacentes, piden una dirección más simple, más naturalista, para no ir amontonando las rarezas y complicaciones. Pero aquí, el caso es al revés. Al emplear Roberto A. Cossa un idioma sencillo, muy realista, ante una situación que no lo es, da a la dirección la posibilidad, y casi la exigencia, de usar cierta fantasía, ciertos elementos abstractos. Lo que no fue hecho. La Nona en el escenario del teatro Reforma parecía una comedia común y corriente realizada, escrita y dirigida para divertir al público. A un público no demasiado exigente. Y los espectadores del domingo cuando asistí a la primera función, se divertían, y no obstante algo las aburría, como si se tratara de una diversión que pese a todo no estaba muy dentro de su marco intelectual. Algo no correspondía a las necesidades del auditorio.

En cuanto a Sergio Corona como la "abuelita" centenaria, hacía reír a su público, pero lograba imponerle a su papel bastante medida y no se le podía reprochar ni exageraciones, ni sobractuación. Ada Carrasco era la de siempre no exenta de vulgaridad. Los que destacaron sobre todo fueron: Manuel Flaco Ybañez en su, papel de sinvergüenza "simpático", el Chiocho y Chato Padilla, en su interpretación de la víctima de todos, que pese a su rencor contra la "abuelita" tiene demasiada piedad y sentido humano como para matarla o para abandonarla. Carmelo, el nieto, papel que con un poco esfuerzo podía llegar a un dramatismo más profundo.

Quizá en esta puesta en escena, lo único que creaba un ambiente fuera de un simple realismo, fue la escenografía de David Antón, con sus cajas de mercado amontonándose hasta el techo. Una escenografía que pese a reproducir un ambiente real creaba cierta poesía.