FICHA TÉCNICA



Título obra La corriente

Autoría Reynaldo Carballido

Dirección Mercedes de la Cruz

Elenco Héctor Segura, Martín Soto

Escenografía Mercedes de la Cruz

Coreografía Carlos Gaona

Notas de Música Gabriel Soto / percusiones

Grupos y compañías El Galpón

Espacios teatrales Teatro Ricardo Flores Magón

Eventos Temporada de Nueva Dramaturgia Mexicana auspiciada por la UAM y FONAPAS

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La nueva dramaturgia mexicana La corriente” en El Día, 15 septiembre 1980, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La nueva dramaturgia mexicana: La corriente

Malkah Rabell

La Universidad Autónoma Metropolitana, apoyada por el FONAPAS, continúa su temporada de Nueva Dramaturgia Mexicana. Lamentablemente, después de dos años de esfuerzo por dar a conocer una nueva generación de autores nacionales, aún no se ha podido llegar a una conclusión positiva, ni señalar a auténticos valores, verdaderos talentos, como lo fueron en su tiempo en la época del "boom" del teatro mexicano, Emilio Carballido, Sergio Magaña, Rodolfo Usigli, Salvador Novo, Héctor Mendoza, Federico S. Inclán, y tantos otros. La obra que actualmente la UAM ofrece en el teatro Ricardo Flores Magón, dos veces por semana, el jueves y el viernes: La corriente, pertenece al joven dramaturgo oaxaqueño, maestro en Letras Españolas: Reynaldo Carballido, que pese a su consanguinidad con Emilio Carballido, ni ligeramente logra competir con su célebre tío.

La corriente, de Reynaldo Carballido, que se considera la obra más ambiciosa de ese autor de 28 años –que ya dio a conocer: La señora de gris y Los mandamientos de la ley del hombre– es una pieza en un acto, con duración de 60 minutos, que se parece excesivamente a Amor sin barreras, pero sin música ni Shakespeare. Si en West-side Story un grupo de muchachos de la parte pobre de Nueva York violan a una chica puertorriqueña, en La corriente es un grupo de jóvenes maleantes mexicanos que viola a dos turistas llegadas del vecino país del norte, ante la indiferencia de un policía a quien las muchachas piden a gritos protección... inútilmente. Esta obra la podríamos llamar: Historia de una noche de violencia en un barrio pobre de México. Después de las escenas de múltiples violaciones, el barrio (o el escenario) de pronto se llena de colonos, los habitantes del barrio, quienes, armados de carteles vienen a protestar por las carencias de las que sufre su colonia. Mas, aunque la manifestación sea pacifica, y los manifestantes fuera de su violencia oral carecen de toda arma, la policía encuentra el medio de lanzar contra ellos a los pandilleros que violan a las muchachas turistas. La policía los tiene a su servicio y se hace de la vista gorda ante sus fechorías para emplearlos como a "hombres golpeadores". El choque entre manifestantes y los pandilleros del barrio termina con el asesinato de un joven mexicano enamorado de una de las turistas norteamericanas de, quien es novio. Joven que se encuentra por azar en el lugar de los hechos. La última escena presenta al asesinado y a su novia llorando sobre su cadáver. Lo que vuelve a recordarnos el final de West-side story.

Dirigida por Mercedes de la Cruz, de la Universidad Veracruzana, la puesta en escena da la impresión, en su primera parte, de una permanente coreografía. Hasta el primer diálogo entre dos muchachos mariguanos (Héctor Segura y Martín Soto) parece una coreografía, aunque sea la escena de parlamento más largo. Lo que más llama la atención del espectáculo y nos parece su episodio más brillante, es precisamente una especie de ballet de los pandilleros armados de cadenas, que lo ejecutan al son de percusiones que toca Gabriel Toscano. La coreografía se debe a Carlos Gaona, excelente bailarín en su tiempo, y hoy no menos excelente maestro de danza. La segunda mitad de este único acto, la manifestación, ofrece muy poco texto. Su acción –o falta de acción– se concentra en torno del texto de los carteles y de los gritos de los manifestantes. Episodio que se hace bastante caótico y monótono, por su falta de unidad dramática con todo el resto de la obra. Así que entre la coreografía de la primera parte y lo caótico de la segunda, no le queda mucho de qué hacer gala a la dirección, la que subraya con exceso el realismo y la simpleza del drama, y sobre todo lo soez del lenguaje.

En cuanto al manejo de los intérpretes, hay muy pocas posibilidades de lucimiento para los actores. Los papeles son episódicos, y los 26 personajes que ocupan el escenario son sobre todo parte de un juego colectivo, de una representación de conjunto. También cuenta el espectáculo con una escenografía sugestiva debida igualmente a Mercedes de la Cruz.