FICHA TÉCNICA



Título obra El luto sienta a Electra

Autoría Eugene O´Neill

Dirección Dimitrios Sarras

Elenco Maricruz Olivier, María Teresa Rivas, Carlos Bracho, Sergio Klainer, Jaime Garza, Antonio Miguel, Lupita Lara, Gastón Tusset

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Notas El título El luto sienta a Electra, también es conocido como A Electra le sienta bien el luto o como El luto embellece a Electra

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El luto embellece a Electra” en El Día, 23 junio 1980, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El luto embellece a Electra

Malkah Rabell

Hemos esperado mucho tiempo el estreno, quizá demasiado tiempo. Y por la misma razón tal vez exageramos las esperanzas y las posibilidades que esta obra –una de las más importantes de Eugene O'Neill: El luto sienta a Electra– podía ofrecernos. El resultado no respondió a nuestras ilusiones. Viéndolo en el escenario bajo la dirección de Dimitrios Sarras, el drama se nos antojó muy envejecido. Hace unos 35 ó 40 años, la pieza estaba en pleno auge porque también se hallaban a la orden del día las audaces teorías freudianas acerca de los complejos edipianos. Pero es bien sabido que los modernismos más audaces son los que más pronto envejecen. Hoy, tanto se ha empleado en todos los campos del arte, tanto se ha hablado, ya en el área dramática como en el área literaria, del amor del hijo por la madre, de la hija por su padre –complejo de Edipo– o bien de los sentimientos equívocos entre hermanos de distintos sexos –complejo de Electra–, que todo ello ya se hace muy cotidiano y ha dejado de apasionar.

Para su El luto sienta a Electra, O' Neill se basó en La orestiada, de Esquilo e introdujo en la obra todas las diversas facetas de los complejos edipianos enunciados por Freud. Tampoco la adaptación de la trilogía de Esquilo a una época más moderna se hace muy novedosa. Por este campo ya transitó Sartre con su Las moscas y su existencialismo del hombre libre. Aunque también esta filosofía se nos hace envejecida, en esta época nuestra cuando cada década trae nuevas teorías y soluciones que desplazan a las anteriores. El argumento de La orestiada, O'Neill la trasplantó a la época de 1865, en tiempos de la guerra fratricida en los Estados Unidos. Los átridas se transforman en los Mannon, familia de la alta burguesía en un pueblo del norte. La hija mayor, Lavinea, como la Electra clásica, odia a su madre. Más, en este caso por dobles celos: la madre, Cristina-Clitemnestra le ha quitado el amor tanto del padre como del amante, el capitán Adán Brant. La madre. Cristina Mannon, asesina al esposo, el general Ezra Mannon, para poder casarse libremente con su amante, Adán Brant. Tampoco falta Orestes, bajo los rasgos del más joven de la familia Mannon, Orrin, quien después de amar a la madre, asesina a su amante para vengar a su padre, y termina por amar a su hermana Lavinea.

En cuanto al reparto, en el cual se ha puesto muchas elusiones por la fama que tiene Dimitrios Sarras de ser director de actores, un maestro en esta especialidad, tampoco ha respondido a nuestras esperanzas. Maricruz Olivier en el papel de Lavinea, parece exageradamente dirigida. Hay en ella algo de un autómata al cual el director ha inculcado cada uno de los movimientos que se tornan mecánicos. El personaje de por sí es poco simpático y en la interpretación de Maricruz Olivier se vuelve monótono, de un solo tono. Lo desplaza la figura de la madre, Cristina, papel en el cual María Teresa Rivas es excelente, tanto física como dramáticamente, preciosa voz y preciosa presencia, mucho más natural, como menos dirigida que la hija. En el papel del capitán Brant, Carlos Bracho es también natural, como un soplo de aire fresco. Sergio Klainer, en el seco papel del general Ezra Mannon que vuelve de la guerra, no encontró una interpretación de acuerdo con su capacidad de actor de carácter. En tanto que Jaime Garza como Orrin, se hace demasiado joven, demasiado infantil para este trágico personaje. Pero, en algunas escenas con la madre, logra destacar. Antonio Miguel, como Seth Beckwith, el sirviente de la casa, que narra y comenta los pormenores de la acción, como si fuera el coro griego, tiene una voz demasiado monótona, sin matices, y no logra transmitir las características de su personaje. Lupita Lara y Gastón Tusset, los 2 hermanos Niles, enamorados a su vez de los hermanos Mannon, cumplen correctamente con su cometido en esos papeles secundarios que ofrecen muy poco material de lucimiento.

Hermoso vestuario debido a David Antón, pero la escenografía igualmente de este artista, termina por molestar, al repetir constantemente el mismo movimiento de interior y exterior de la casa de los Mannon. Sobre todo el exterior de la casa que ofrece un aspecto de monumento griego, al mover con frecuencia sus columnas y alzar el telón de fondo para ofrecer el interior, resulta enervante en extremo.

El Teatro de la Nación, bajo cuyos auspicios se ofrece el espectáculo en la sala Hidalgo, parece carecer de suerte últimamente. A pesar de reunir en cada una de sus representaciones lo más granado de los elementos teatrales, como obra, intérpretes, director y escenógrafo, no atrae al público. Ya fue poca la capacidad de interesar al espectador con Gota de agua, ¿cómo responderá el auditorio a este drama de O' Neill? El futuro lo dirá.