FICHA TÉCNICA



Título obra El reencuentro

Autoría Arthur Adamov

Dirección Germán Castillo

Elenco Javier Villegas, Alessandra Colotti, Gabriela Villegas

Música José Antonio Alcaraz / musicalización

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El reencuentro de Arthur Adamov” en El Día, 4 junio 1980, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El reencuentro de Adamov, en el CUT

Malkah Rabell

En este mundo contemporáneo en que vivimos, las cosas pasan de prisa; las modas cambian, las tendencias se suceden con increíble desenfreno, y lo que ayer fue la Biblia, hoy resulta desconocido, olvidado por las nuevas generaciones. Algo así le pasó al teatro del "absurdo" que durante 20 años imponía sus leyes en todo escenario experimental. Del 50 al 70, en el mundo occidental, y del 60 hasta hace pocos años en México, donde los sucesos se presentan con cierto retraso, todos los amantes del teatro se preocupaban por esta corriente. Hoy, casi resulta una originalidad ofrecer una obra de esa escuela. Y aún más curioso resulta observar al público que asiste a una representación de un autor de "el absurdo" y que permanece sorprendido, o indiferente, y ya no teme admitir que nada entiende.

Tal fenómeno lo pudimos presenciar en el CUT –Centro Universitario de Teatro– ante el espectáculo que Germán Castillo realizó con El reencuentro, obra de Arthur Adamov, autor que trataba de demostrar de manera rotunda la soledad humana, partiendo de la idea, según decía Pedro Barceló: "que todos los destinos son equivalentes y que, ante ellos, la aceptación o la renuncia conducen al "inevitable fracaso", a la destrucción total". En la sala, el juvenil espectador no lograba explicarse las cosas raras que sucedían en el escenario. Y sin embargo, todo era fácil de explicar. Durante años nos han hablado de la realidad subyacente, invisible en la superficie, que el dramaturgo "absurdista" y en general el literato de la vanguardia, trataba de expresar. Ni el crítico, ni el espectador se atrevían a dar explicaciones sencillas, apoyadas en la conducta y la condición humanas. "Desde el fondo de este teatro está clamando el acorralado hombre de hoy..." Tal grito surge de todos los teatros y de todas las literaturas a través de la historia. Y el drama que el dramaturgo franco-ruso, Arthur Adamov trató de expresar en El reencuentro a través de la presencia que en el transcurso de toda una vida resulta dominado por la misma, o por las mismas mujeres: la madre, la amante, la novia, la esposa, y hasta la "amiga", novia de la novia, porque en toda relación entre mujeres hay algo de lesbianismo. Todas estas mujeres son una sola: la madre-amante, la que el hombre busca y encuentra, o reencuentra, paso a paso. Y a su vez, el hombre destroza a la mujer que lo ha destrozado, y termina por volver al seno materno, al cochecito del niño, y a la postura prenatal, a su conducta infantil y sumisa del niño frente a la madre.

Siempre he considerado que las verdades "subyacentes", invisibles en la superficie, del arte experimental, eran muy simples, y lo complicado resultaban sus formas exteriores. Cierto es que el teatro del "absurdo" expone verdades eternas, que se relacionan con todas las vidas y todas las conductas humanas, y no sólo con un hombre único: soledad, enfermedad, muerte, etcétera... Pero a su vez podemos describir estas mismas verdades eternas, clásicas, por medio de un determinado especímen humano, de una pareja o de una familia.

Pues bien, El reencuentro dura una hora, tiene un solo acto, es fácil de entender, y su máximo interés reside en la puesta en escena. Un montaje disciplinado, inteligente, reflexivo, que impone al espectáculo una unidad de estilo, como una especie de mecánica, de un mundo encerrado en una caja en la cual todas las paredes, las rectangulares como las cuadradas, así como el techo, se mueven por sistemas misteriosos; un poco como en el sueño, cuando los objetos aparecen y desaparecen, y nosotros mismos ya somos gentes, y ya dejamos de serlo para transformarnos en maniquíes; y hasta cuando volvemos a recuperar la vida activa del ser humano, conservamos todavía el color del maniquí, el rostro verde que el transeúnte observó en el escaparate al pasar.

En esta puesta en escena, la parte más llamativa correspondía tal vez a la escenografía que igualmente se debía a Germán Castillo. Una escenografía que hacía parte única de la obra, ligada al argumento y a la acción como inadmisible, dando mayor unidad a ese Reencuentro de Adamov, y también nuestro reencuentro con Adamov, uno de los representantes más brillantes del anti-teatro, que lamentablemente se va olvidando.

En cuanto a los actores, Javier Villegas, Alessandra Colotti y Gabriela Villegas, actores aún muy jóvenes, sobre todo Alessandra Colotti, que va más allá de la simple corrección. Tanto ellos como la musicalización de José Antonio Alcaraz, hacían parte de esa unidad de la representación que era quizá su máxima virtud. Espectáculo que interesaba, despertaba fibras nostálgicas en nuestros recuerdos y no dejaba de gustar en el transcurso de toda su duración.