FICHA TÉCNICA



Título obra Háblame como la lluvia / La marquesa de Colomel /Retrato de una Madonna

Autoría Tennessee Wiilliams

Dirección Gerald Huillier

Elenco Rosenda Monteros, Manuel Ojeda, Rosa Furman

Escenografía José Luis Garduño

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Una velada con Tennessee Williams” en El Día, 28 febrero 1980, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Una velada con Tennesse Williams

Malkah Rabell

Las 3 obras en un acto de Tennesse Williams que se estrenaron en el Teatro Granero, ya no son nuevas, ni tampoco importantes desde el punto de vista literario, y sólo se puede explicar su puesta en escena debido a un deseo, a una intención especial de lucir a una actriz en 3 papeles distintos, en 3 diversas creaciones. Y para crear con brillantez esos 3 personajes: una muchacha joven y romántica en Háblame como la lluvia; una mujer mitómana y probablemente drogadicta, o por lo menos alcohólica, en La marquesa del Colomel, y por fin, el personaje más difícil de los 3, la señorita Collins en Retrato de una Madonna, una anciana con manías persecutorias; es menester ser una actriz de muchos kilates. Y me atrevo a decir que éste no es el caso, aunque Rosenda Monteros es una intérprete con numerosas posibilidades, y en ciertos casos cuando un papel le va especialmente excelente, sobre todo tiene una personalidad original. Pero precisamente, esta misma originalidad le impide diversificarse, y siempre resulta la misma: Rosenda Monteros. Por fortuna para el espectáculo y para ella, el público en su mayoría juzga no según los kilates del actor, sino según los kilates de los papeles. Un gran papel, hace al gran actor.

Pues, nos encontramos frente a 3 actos excesivamente largos, y sobre todo de ritmo excesivamente lento. Salvó el segundo: La marquesa del Colomel que resulta corto y sobre todo humorístico. Y como suele decirse, lo corto, cuando bueno, doblemente bueno. Creo que fue el trabajo más acertado de la velada, tanto del director, Gerald Hullier, como de los actores que lo interpretaron. Breve historia de 2 mitómanos, entregados a la bebida, que en su mundo de ilusiones se convencen de ser, ella, la marquesa del Colomel, propietaria de unas haciendas en el Brasil, y él, un anónimo aficionado a las letras, el famoso Chéjov. Este último, indudablemente autorretrato de Tennesse Williams, quien, en sus inicios tenía no poco de chejoviano en la creación de sus ambientes y de sus protagonistas. Tanto Rosenda Monteros, en ese personaje ambiguo, extraño, perdido en la bruma de sus sueños de la "marquesa", como Manuel Ojeda como el escritor, y Rosa Furman, en el papel de la temperamental italiana, propietaria del tugurio donde viven los 2 anteriores, estaban excelentes.

En cambio, Háblame como la lluvia tanto por su contenido, por ese largo diálogo entre una joven y su amante, como por el larguísimo monólogo de la primera figura, resultó terriblemente monótono... En cuanto a la última obra: Retrato de una Madonna, seguramente sirvió de boceto para la creación de Un tranvía llamado deseo, que se trata de una escena igual que la última en el famoso drama entre Kowalsky y Blanch Dubois. También aquí el papel de la protagonista es de una extrema complejidad. Se trata de una anciana enferma mental que se siente adolescente, perseguida por invisibles amantes jóvenes que se empeñan en violarla. La constante necesidad de mantener a su personaje en ese doble juego: ancianidad y adolescencia, exige una actuación especialmente soberbia. El acto se hizo muy largo sin llegar a emocionar. Pero tuvimos la oportunidad de constatar las posibilidades histriónicas de Manuel Ojeda, quien en los 3 actos logró sendas caracterización se, muy diferenciadas, tanto en su aspecto físico como en su forma de mantenerse y de actuar. Sobre todo, precisamente en este último acto, como el conserje, se hizo admirar. Lástima que hable en voz muy baja, y no siempre se logra captar sus parlamentos, sobre todo cuando da la espalda al público en determinadas escenas.

La escenografía de José Luis Garduño, resultó muy llamativa y funcional con sus 2 escaleras en los extremos del redondo escenario de El Granero. Escenografía que dio al director la posibilidad de imprimir mayor movimiento a los intérpretes. El director introdujo un muy hermoso detalle, aprovechando un recoveco de los decorados, lo transformó en una especie de camerín que sirve de lazo de unión entre los 3 actos, y donde la protagonista cambia su vestuario y su caracterización en los entreactos, ante la vista del público, como si realmente se hallara en su camerín.