FICHA TÉCNICA



Título obra La tempestad

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Guillermo Macpherson / traducción

Dirección José Solé

Elenco José Gálvez, Miguel Córcega, José Baviera, Tomás Bárcenas, Ricardo Fuentes, Patricia Morán, Mercedes Pascual, Rosa Elena Durgel, Mónica Serna, Antonio Carbajal

Notas de elenco Bailarinas de la Academia Mexicana de la Danza

Escenografía Julio Prieto

Coreografía Guillermina Peñaloza

Música Rocío Sanz

Notas de Música Orquesta del Seguro Social / grabación; Blas Galindo / dirección musical

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Eventos IV Centenario del natalicio de William Shakespeare

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 28 junio 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[La tempestad]

Mara Reyes

La tempestad. Teatro Hidalgo. Autor, William Shakespeare. Traducción de Guillermo Macpherson. Dirección, José Solé. Coreografía, Guillermina Peñaloza. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Música, Rocío Sanz, grabada por la orquesta del Seguro Social, dirigida por Blas Galindo. Reparto: José Gálvez, Miguel Córcega, José Baviera, Tomás Bárcenas, Ricardo Fuentes, Patricia Morán, Mercedes Pascual, Rosa Elena Durgel, etcétera.

El Seguro Social se unió al homenaje que se rinde mundialmente al genio de Stratford. La obra seleccionada fue nada menos que La tempestad en la que el sentido de lo mágico domina sobre toda la acción. Mucho sería lo que podría decirse de la obra, de sus personajes –Ariel y Calibán han alcanzado dimensión de símbolos universales–, pero por ahora me limitaré a hablar específicamente de la representación que se ha realizado en el teatro Hidalgo y que no ha sido todo lo halagadora que se esperaba.

Es increíble que conjugándose los mismos elementos que en otras escenificaciones del IMSS –José Solé, Julio Prieto, José Gálvez en la dirección, escenografía y actuación respectivamente– el resultado no se mantenga en el nivel que en aquéllas. La perenne incógnita del teatro vuelve a plantearse: ¿En qué consiste que una misma persona o un mismo grupo de personas consigan el éxito artístico en una obra y en otra no? ¿De qué depende ese éxito?

Se advierten los esfuerzos por realizar un trabajo serio y a la altura de las circunstancias –¿quién que emprende una tarea de la magnitud de la que este conjunto ha emprendido no desea con toda su energía llegar a óptimas alturas?– no obstante, algo falló en el contrapeso de los ingredientes y la balanza no mantuvo su equilibrio.

Por una parte la escenografía en su afán de ser alucinante procuró a la escena una pesadez excesiva, esta falta de condición etérea suministró una solidez al ambiente que impedía la afluencia de espiritualidad –en una isla habitada por espíritus y genios, diosas, monstruos y hadas, en la que reinaban hechizos y encantamientos–; por la otra quiso Julio Prieto enriquecer tanto la escena que su anhelo imaginativo traspasó los límites de la sencillez lo que dio por resultado que la escena apareciera sobrecargada en extremo y poco adecuada a la diafanidad de la Naturaleza.

Dos lastres pesaron sobre José Solé en su trabajo como director de escena: el ballet y la ejecución de la música. El primero estuvo a cargo de bailarinas de la Academia dela Danza Mexicana, pero más que ser pecado de ellas lo fue de la coreógrafa, Guillermina Peñaloza. Me parecía estar asistiendo a una fiesta escolar de fin de cursos con esos bailes que aprendidos a lo largo de un año entero sólo consiguen hacer sonreír benévolamente a las madres del alumnado. No era ese ballet lo que requería La tempestad de Shakespeare. José Solé probablemente no tuvo más culpa en ello que la de no haber rechazado tan pobre coreografía.

El segundo de los lastres a que me refiero proviene de la pésima ejecución musical de que se sirvió el director para su puesta en escena. Según se indica en el programa, la música fue grabada por la orquesta del Seguro Social bajo la dirección del maestro Blas Galindo, lamentablemente ésta adoleció del mismo defecto de la coreografía: ser demasiado escolar.

Los mismos actores no las tuvieron todas consigo, la forma de decir el verso fue en la mayoría de ellos casi de principiantes. Gálvez se oía inseguro; Miguel Córcega en su afán de transformar el diapasón de su voz para tomar el de un ser monstruoso, perdió claridad al punto de que párrafos enteros eran completamente ininteligibles; Mónica Serna proyectaba una agilidad artificiosa y nunca llegó a ser volátil. Las diferencias marcadas entre los estilos histriónicos tampoco favorecieron la representación y es que resulta difícil conjuntar un grupo tan numeroso de actores que sea homogéneo.

Es de reconocerse el esfuerzo que hicieron muchos de los actores, pero por desgracia el teatro es cruel y no toma en cuenta las semillas, sino sólo los frutos.

El amor, representado por Miranda y Fernando encontró tan superficiales intérpretes en Patricia Morán y Antonio Carbajal que perdió toda su fuerza impulsora y su carácter simbólico de fe en la salvación del hombre por medio de ese sentimiento.

Sería injusto negar que hubo momentos logrados, pero desgraciadamente el teatro –todos lo sabemos–, no es un collar que hilvane piedras finas y corrientes, sino un lago al que afluyen muchos ríos, pero en el que las aguas se confunden dejando de formar parte de ellos para volverse una sola agua: un todo en el que ya no pueden discriminarse las partes.