FICHA TÉCNICA



Título obra Extraño interludio

Autoría Eugene O'Neill

Notas de autoría Xavier Rojas / adaptación

Dirección Xavier Rojas

Elenco Augusto Benedico, Carmen Montejo, Carlos Monden, Ángel Merino, Carlos Bracho, Aurora del Moral, Gloria García, Alfonso Torres, Rodolfo Magaña

Escenografía Armando Gómez de Alba

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 7 junio 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Extraño interludio

Mara Reyes

Teatro Granero. Autor, Eugene O'Neill. Versión para teatro círculo y dirección, Xavier Rojas. Escenografía, Armando Gómez de Alba. Reparto: Augusto Benedico, Carmen Montejo, Carlos Monden, Ángel Merino, Carlos Bracho, Aurora Moral, Gloria García, Alfonso Torres y Rodolfo Magaña.

Cuando O'Neill escribió esta obra corría el año 1928. La escena norteamericana había recibido con diferentes grados de entusiasmo sus obras anteriores, desde sus primeras piezas en un acto, hasta sus grandes dramas, como El deseo bajo los olmos y Anna Christie, pero todavía distaba de llegar a obtener el Premio Nobel (1936). El teatro Guild acababa de estrenarle Marco Polo (Marco Millions) con una gran producción en la que no se escatimó el dinero (misma obra que en México sirviera para inaugurar el Teatro Xola del IMSS, también con gran alarde de producción).

Esta obra, Extraño interludio, que es ante todo un drama sobre la culpa, fue recibida por el público con cierta extrañeza, ya que su duración era poco común, pues a semejanza de los espectáculos orientales comenzaba la representación a las 5:30 de la tarde y al anochecer se hacía un largo intermedio para dar tiempo a que el público cenara antes de proseguir nuevamente la representación. A pesar de esto el éxito fue completo y la obra se mantuvo en el Teatro Guild, de Broadway durante diecisiete meses.

Se ha dicho que O'Neill ensayó con esta obra el género novelístico, aunque dándole forma teatral, pues los personajes, más que sostener diálogos entre sí, exponen sus pensamientos, sus ideas, las razones y sinrazones de su conducta en monólogos extremadamente prolongados que son escuchados por el público, pero no por los otros personajes. En estos largos parlamentos, dichos “aparte” desnudan a cada uno de ellos, dejando libre a su verdadero “yo”.

Xavier Rojas, previendo que la obra, de ser puesta tal como fue escrita por su autor, podría resultar cansada debido a esa exposición demasiado extensa de ideas privadas de acción, decidió cortar casi todos los “apartes” y dejar que la anécdota escueta hablara por sí misma. De esta manera consiguió reducir la obra a su mínima expresión, aunque con ello, además de reducir su tamaño restringió en la misma proporción la profundidad sicológica de los personajes, resultando un melodrama que no llega a provocar siquiera el interés por los caracteres que presenta el autor. Las teorías freudianas sobre el tan traído y llevado “complejo de Edipo” rondan por la obra, señalan pautas, puntos de partida y metas confusas. Aunque es perfectamente comprensible el afán de Xavier Rojas por “aligerar” la obra, ésta quedó mutilada y privada de lo esencial, ya que más que la acción, era la actitud de los personajes frente a los hechos y su devenir lo que más importaba de la pieza.

En cuanto a su labor como director, Xavier Rojas no realiza nada nuevo. Los recursos de que se vale son los mismos de siempre, ya de sobra conocidos. Por otra parte, la música que seleccionó para ser escuchada durante los “oscuros” (que aunque parezca cosa secundaria, no lo es) resulta muy inapropiada. El que la anécdota se desarrolle en una pequeña población universitaria de los Estados Unidos no obliga a servirse del jazz, si este género musical no responde a una situación que lo requiera.

Sorprendente, si cabe la palabra después de haberle visto actuaciones extraordinarias, es el trabajo que realiza Augusto Benedico. Cuando se interpreta un papel no se trata únicamente de hacer un estudio exhaustivo de la sicología del personaje, de sus hábitos, de sus costumbres, manías, vicios y virtudes, sino que se debe asimilar en tal forma todo aquello que configura al personaje, que esas cualidades y defectos broten del actor en forma tal que el espectador sienta que son producto de ese ser de carne y hueso que tiene delante y no de un “estudio de laboratorio”. No es la imitación lo que debe buscar el actor, sino la identificación, pero muy pocos son los actores que obtienen dicha identificación con un personaje. Más aún, lo logran con uno y muchas veces con otro no lo consiguen. Augusto Benedico consiguió plenamente la interpretación de su personaje, logró la identificación y proyectó en cada gesto, en cada actitud, en cada mínimo detalle, la sicología, el carácter, tan difícil de describir, de Charlie. No pretendo decir que Carmen Montejo, Carlos Monden y Ángel Merino no realicen una actuación correcta –cada uno en sus papeles respectivos– sólo que en ellos su interpretación proviene de lo que antes llamara “imitación”; en cambio, el trabajo de Augusto Benedico es verdaderamente notable.

Carmen Montejo, que ha demostrado ser una actriz eminente en otras obras, quizá no pudo llegar a identificarse con su personaje, por lo que “su naturalidad resulta un tanto artificial”. Carlos Monden, con su dicción un tanto “correosa”, logra, no obstante, momentos de gran expresividad. Ángel Merino, correcto. De los otros personajes, incidentales todos ellos, el que se coloca en un mejor plano es Carlos Bracho.

Armando Gómez de Alba pudo resolver con eficacia los problemas escenográficos, especialmente en el cuadro del barco. El vestuario, en cambio, es como un documental del mal gusto... en pantalla panorámica.