FICHA TÉCNICA



Título obra El diario de un loco

Autoría Nikolái V. Gógol

Notas de autoría Eleazar Canale / traducción; Roger Coggio / adaptación teatral

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Carlos Ancira

Escenografía Vlady

Música Raúl Cossío

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 24 mayo 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[El diario de un loco, El gorila]

Mara Reyes

El diario de un loco y El gorila. [Inserción manuscrita de la autora.] Teatro Jesús Urueta. Autor, Nikolái V. Gógol. Adaptación, Roger Coggio. Traducción, Eleazar Canale. Dirección, Alexandro. Escenografía, Vlady. Música, Raúl Cossío. Actor único, Carlos Ancira.

Después de un período de relax, Alexandro vuelve al teatro dirigiendo dos obras que causarán gran impacto en el público: El diario de un loco de Nikolái V. Gógol y El gorila de Kafka. Una obra se representa por las tardes y otra por las noches. Anuncia Alexandro, además, para los lunes, una serie de representaciones de los “Clásicos de vanguardia” que se iniciará con Las sillas de Eugène Ionesco. Un programa de esta magnitud indicaría ya una actividad inusitada, pero si se toma en cuenta el género de teatro de que se trata y la calidad con la que este director acostumbra montar las obras que selecciona, tiene que admitirse que esta temporada será de los acontecimientos de más interés para los teatrófilos.

¡Qué satisfacción produce llegar al teatro y ver una obra en la que todo se conjuga para dar al espectador una emoción plena! Es como una compensación de todas esas noches en las que la asistencia al teatro deviene en una larga decepción. El diario de un loco hace olvidar los dolores pasados en las butacas de muchos de los teatros capitalinos.

La adaptación teatral de Roger Coggio toma la forma monologal original y con ella resuelve todos los problemas.

El autor, de quien dijera Dostoievsky que “todos provenimos de la capa de Gógol” muestra cómo un hombre se va desplomando hacia la locura. Pero no presenta su derrumbe tal como el mundo lo advierte sino que descubre el esqueleto de éste desde dentro, mostrando su locura como algo natural en él, algo lógico. El hombre va llegando a ella a través de un desarrollo emocional inevitable. Vemos la demencia desde el interior y no desde el exterior. La comprendemos, la sabemos necesaria e ineludible.

El espectador va contemplando con ojos asombrados, horrorizados, la creación de un mundo alucinado. Presencia cómo aquel hombre comienza a inventar su propio universo, un universo que lo acoge, que le permite vivir; un universo que no es para él un enemigo. La fantasía del hombre lo hace concebir un mundo que lo recibe con los brazos abiertos y no con agresión o con indiferencia, como su mundo real. Vemos entonces la existencia de la locura como un acto noble de la naturaleza, la admitimos como salvación, como forma piadosa de evasión. Pero lo dramático sobreviene cuando el mundo de esa fantasía se ve invadido por el mundo real; en el momento en que choca un universo con el otro –lo que era inevitable– es cuando el hombre ya no tiene salida posible, se encuentra en la disyuntiva de escoger entré un sufrimiento insoportable, emocional, y un sufrimiento insoportable, físico… ¿cómo escoger? Un mundo le proporciona un género de tortura que su mente no admite y el otro, un género de tortura que su cuerpo no resiste... y viene entonces el grito de angustia, el refugio final y primario en la madre a quien busca mentalmente y le pide que lo salve... El hombre está perdido...

El autor estruja, oprime, desgarra al espectador, pero le advierte que no hay evasión posible, que toda huida termina por enfrentarnos con la realidad.

El trabajo de Carlos Ancira es uno de los más notables de su carrera. –¡Y vaya que tiene en su haber positivas obras maestras de la actuación, y tantas que sería largo enumerarlas!– Va haciendo llegar a su personaje a la enajenación con esa suavidad con que el botón se convierte en rosa y no podría precisarse en qué momento comenzó a ser flor. Escenas como aquélla en que descubre como una verdad que él es el “rey de España” es de una precisión matemática, de un equilibrio perfecto. Lo mismo podría decirse de muchas otras escenas en las que derrocha sus dones expresivos a diestra y siniestra.

¡Qué decir de la dirección de Alexandro! De esa magistral forma de servirse de cada elemento escenográfico, de cada pieza de utilería. ¡Qué manera de hacer viviente un mueble como el “catre” que se convierte en potro de tortura! ¡Qué forma de penetrar en un personaje, hasta el fondo, de desintegrarlo para volverlo a armar! Es un director que ha ido sutilizando [sic] sus medios expresivos. Después de sus experimentos –que han escandalizado a algunos– ha ido recogiendo lo mejor de su cosecha y nos lo presenta ahora como un retoño natural, sin mistificaciones. Detalles como el del cepillo con el que el personaje pretende limpiarlo todo, demuestran además el estudio profundo que hizo del personaje y de este tipo de padecimientos mentales.

Un personaje más de la obra es la música, compuesta por Raúl Cossío, y otro, la escenografía del pintor Vlady. Estos dos “personajes” son los únicos que dialogan con el “loco”. Ellos expresan lo mismo sus sensaciones íntimas, que hablan por todos los hombres cuerdos, por los carceleros de él, por sus compañeros de trabajo. Escuchamos sus voces a través de un acorde, o de una luz, o de una pared. Sin esa música, sin esa escenografía, el espectáculo habría permanecido trunco… y esto es lo mejor que puede decirse en favor de ellas.