FICHA TÉCNICA



Título obra La luna es azul

Autoría Hugh Herbert

Notas de autoría Mara / traducción

Dirección Rafael Banquells

Elenco Irma Lozano, Aldo Monti, Mauricio Garcés

Escenografía David Antón

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Hamlet en Acolman”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 10 mayo 1964, p. 2.




Título obra Hamlet, Príncipe de Dinamarca

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Álvaro Custodio / versión en prosa

Dirección Álvaro Custodio

Elenco Enrique Rocha, Eugenia Ríos, Daniel Villarán, Eduardo MacGregor, Beatriz Aguirre, Ángel Casarín, Sergio Ramos, Rogelio Guerra, Guillermo Romano, Enrique Hidalgo, Jorge Arvizu, Ricardo Mondrágón, José Luis Moreno, Agustín López Zavala, Carlos Pouliot

Escenografía José Reyes Meza / elementos escenográficos

Música Joaquín Guitérrez Heras / música original y selección musical

Vestuario Isabel Richard

Espacios teatrales Ex convento de San Agustín de Acolman

Notas Daniel Villarán puede ser Daniel Villagrán

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Hamlet en Acolman”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 10 mayo 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Hamlet en Acolman

Mara Reyes

Hamlet Príncipe de Dinamarca, presentada en el ex convento de San Agustín de Acolman. Autor, William Shakespeare. Versión en prosa y dirección, Álvaro Custodio. Música original y selección, Joaquín Gutiérrez Heras. Vestuario, Isabel Richard. Elementos escenográficos, José Reyes Meza. Reparto: Enrique Rocha, Eugenia Ríos, Daniel Villarán, Eduardo MacGregor, Beatriz Aguirre, Ángel Casarín, Sergio Ramos, etc.

Hace cuatro siglos (23 de abril de 1564) John Shakespeare, el del apellido que significa “Sacude lanza”, contemplaba el nacimiento de su hijo Guillermo –William–, ignorando que precisamente éste sacudiría al mundo con el estilete de su genio. Según las descripciones que existen, la casa donde William Shakespeare vio la primera luz, era humilde y la alcoba en particular ha llegado a recibir hasta el calificativo de “miserable”. Víctor Hugo nos pinta sus “paredes blanqueadas con cal y negras vigas cruzadas en el techo y en el fondo, una descomunal ventana con pequeños vidrios, en las que aún hoy, entre otros nombres, puede leerse el de Walter Scott”.

Queriendo Álvaro Custodio rendir también –como todo el mundo– homenaje al genio de Stratford en el IV centenario de su nacimiento, ha escogido el ex convento de San Agustín de Acolman para montar ahí la tragedia más apasionante de la producción shakespereana: Hamlet.

Después de un prolongado silencio, Custodio retorna al teatro –al aire libre– que es como decir su propio aire, porque él, amo absoluto de los atrios, patios y plazas, capillas abiertas y pirámides, es un señor del teatro al aire libre y su lugar está ahí, dando nueva dimensión a esas arquitecturas jamás pensadas para espectáculo y que sin embargo, gracias a la visión escénica de Custodio, se convierten por unas horas en el mágico marco de un suceso teatral.

Custodio en su afán de descubrir nuevos valores encomendó el personaje del príncipe de Dinamarca a un joven que hasta ahora únicamente había pisado los escenarios experimentales (ha trabajado con Juan José Gurrola); su nombre es Enrique Rocha y constituye una auténtica revelación. Su Hamlet tiene todos los matices que han sabido encontrar en ellos investigadores y exegetas literarios. Su técnica, en cuanto a dicción, volumen de voz, actitudes, matices, etc., le permite expresarse generosamente y sabe proyectar la ternura con la misma veracidad que la duda o el odio. Su interpretación es la evidencia absoluta de que ha nacido un nuevo valor del arte escénico: no hay en él improvisación; se advierte que su trabajo es fruto de una sólida preparación.

Eugenia Ríos, en el papel de Ofelia, hace una interpretación discreta, sin exageración en las escenas en las que aparece su personaje bajo la presión de un trastorno mental, aunque tampoco posee momentos excepcionales. Su línea es de mesura y equilibrio.

Beatriz Aguirre, a pesar de su historial colmado de prestigio, me dio la impresión de afectación; hay en su actuación una cierta estereotipia, la entonación resulta falsa y poco convincente, carece de esa “verdad escénica” propia de los grandes actores. Parece como si la interrelación con el resto de los actores no hubiera sido establecida; ella –la madre de Hamlet–, se despega del cuadro. Daniel Villarán, un tanto contagiado por la forma de entonación de Beatriz Aguirre, carece de sinceridad, así como de una recia personalidad; no obstante, encuadra bien dentro del conjunto. Rogelio Guerra en su interpretación de Laertes, es una fruta verde, pero el teatro clásico es una buena escuela y después de este trabajo indudablemente madurará con rapidez. Eduardo MacGregor es un actor correcto, discreto, quizá un tanto limitado, pero dentro de su esfera, logra verosimilitud.

Magnífica la voz de Ángel Casarín, experto ya en las lides teatrales y muy especialmente en el teatro al aire libre; su versión de Horacio es sumamente correcta. Otros actores como Sergio Ramos, Guillermo Romano, Enrique Hidalgo, hacen un digno papel, lo mismo que Jorge Arvizu, Ricardo Mondragón, José Luis Moreno, Agustín López Zavala y Carlos Pouliot. Los elementos escenográficos se deben al pincel de José Reyes Meza y la selección musical a Joaquín Gutiérrez Heras. El resultado global, de conjunto, es lo que más importa y puede asegurarse que éste es excelente. La representación es un éxito más de Álvaro Custodio y la infatigable Isabel Richard –encargada del vestuario.

La luna es azul. Autor, Hugh Herbert. Traducción, Mara. Dirección, Rafael Banquells. Escenografía, David Antón. Reparto: Irma Lozano, Aldo Monti, Mauricio Garcés, etc.

La luna es azul es una comedia de esas en que el desenlace se adivina desde la primera escena, sin embargo el autor, Hugh Herbert, crea interés no por lo que suceda en ella, sino por la forma de ese suceder. El tratamiento que dio Herbert a la obra y la forma en que fue interpretada por el director, Rafael Banquells, es el de una comedia musical, sólo que sin música. Pero en muchos momentos se está esperando que comiencen a cantar. Su mayor cualidad: ser divertida.

El acierto del autor consiste en haber creado dentro de una comedia de circunstancias un personaje fuera de toda tipificación, el de Patty, en choque con los hombres, quienes llegan a ella en busca de aventura y se encuentran desconcertados al no hallar en ella a la muchacha “tipo” sino a una personalidad sui géneris que les despierta ternura y una emoción más profunda de la que tenían “planeado” sentir.

A través de este personaje de Patty, el autor hace resaltar los defectos de los demás personajes y hace su crítica de las costumbres y hábitos de una sociedad y de una clase social.

Algunos chistes de los que aderezan la comedia rompen la atmósfera de finura que quiere crear el autor, aunque la traducción de Mara pudo haber limado tales asperezas. No es que se exija un lenguaje pulcro, pero al menos exento de vulgaridad. ¡Qué diferencia entre el “chispas” de “La pelirroja” y el “híjole” del que abusa la traductora, además de otras muchas expresiones corrientes pero sin gracia que pone en labios de Patty.

Por otra parte, Mauricio Garcés, es de aquellos actores que pretenden corregir, al autor, poniendo bromas de su cosecha y morcillas anacrónicas que no corresponden al sitio en donde ocurre la acción. La persona indicada para evitar que se produzcan tales desmanes en el escenario es el director y cabe preguntar ¿por qué no lo hace?

De la actuación de Irma Lozano debe destacarse, en cambio, que para una debutante la calidad de su trabajo merece el encomio debido, ya que su papel no era nada fácil de realizar. Es poco habitual encontrar dentro de una comedia de este género un personaje que llene todos los requisitos de un carácter y cuando uno de estos caracteres con motivaciones internas y propias para su conducta se encuentra rodeado de personajes “tipo”, la labor de darle vida resulta aún más complicada, ya que choca con reacciones standard.

Irma Lozano supo dar a su Patty ese tono de flor silvestre, más sabia que una cultivada por su mismo contacto con la naturaleza. Si el timbre de su voz no la ayuda, hace en cambio todo lo posible por equilibrar el peso de su balanza de la que se seguirá oyendo hablar.

Se advierte que Aldo Monti, preocupado por sus defectos de dicción ha tratado de corregirlos y lo ha logrado en gran parte, por lo demás su actuación es correcta y con evidentes aciertos. Mauricio Garcés tiene “ángel” y no necesitará las morcillas para hacerse “el simpático”.

Está visto que para representar un departamento neoyorquino no se tiene que recurrir siempre, en todas las comedias, a un ventanal que deje ver a lo lejos los rascacielos. David Antón, sin salirse de lo acostumbrado realizó en forma casi naturalista un decorado de buen gusto, como todos los suyos, con tal viso de realidad que poco faltó para que el público sintiera el calor del horno de la cocina y el olor de los licores que en aquella sala se bebían como agua pura y cristalina.