FICHA TÉCNICA



Título obra La historia del zoológico

Autoría Edward Albee

Notas de autoría Mario Castillón Bracho / traducción

Dirección Carlos Barreto

Notas de dirección Rafael López Miarnau / supervisión

Elenco Othoniel Llanas, Felio Eliel

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 12 abril 1964, p. 2.




Título obra Andorra

Autoría Max Frisch

Dirección Fernando Wagner

Elenco Xavier Marc, Farnesio de Bernal, Rosa Maria Caloca, Juan Felipe Preciado, Bernarda Landa, Regina Cardó, Jorge Patiño, Rubén Calderón

Escenografía Rodolfo Montalvo Lezama

Espacios teatrales Teatro Milán

Notas Xavier Marc puede ser Javier Marc

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 12 abril 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[La historia del zoológico, Andorra]

Mara Reyes

La historia del zoológico. Teatro Orientación. Autor, Edward Albee. Traducción, Mario Castillón Bracho. Dirección, Carlos Barreto Supervisión, Rafael López Miarnau. Reparto (por orden de aparición): Othoniel Llanas y Felio Eliel.

A propósito de Zoo story que ha sido traducida como La historia del zoológico, ya había. yo hablado cuando fue representada por la compañía norteamericana New York Repertory Theatre en el Palacio de las Bellas Artes en agosto de 1961. Se trata de una obra estrujante que aprisiona la mente, sacude el espíritu y fomenta la angustia. Hace patente la incomunicación total que el hombre tiene que afrontar y que es irreductible a la voluntad.

La anécdota en sí misma –aparte del tratamiento que de suyo es original– pone al espectador de golpe frente al problema de la soledad y de la indiferencia humana. Es como si cada ser fuera un círculo cerrado, ajeno a los demás círculos, y más que ajeno, repelente a ellos. Cuando uno de estos círculos desea romper su aislamiento o pretende significar “algo” –lo que sea– para los demás círculos, debe retroceder, tomar fuerza, y lanzarse contra ellos, aun a sabiendas de que el golpe lo aniquilará, pero sólo de esta manera podrá herir en alguna forma la corteza de aquellos círculos y dejará de ser indiferente a ellos.

En forma colateral, plantea Albee en su obra, la falsa estabilidad de la clase burguesa, su incomprensión, su superficialidad y su incapacidad para abordar los problemas del ser, en tanto que ente pensante.

¡Vaya mundo este –parece decir el autor– en el que para significar algo en la vida de los otros, debemos obligarlos a que nos asesinen! ¡Sólo con la muerte, podemos obtener algo de vida!...

En cuanto a la representación, salvando las distancias entre los actores del Actor's Studio y estos jóvenes, apenas salidos del horno, puede decirse que su trabajo es inmejorable, sorprendente. Todavía recuerdo que el actor Ben Piazza –que hizo el papel de Jerry en la representación del New York Repertory Theatre– estaba demasiado estereotipado, en cambio Felio Eliel hizo su personificación más natural; quizá menos neoyorquina, pero más humana. El localismo, en una obra cuya finalidad no es tanto la crítica de costumbres, como la crítica universal a una forma viciada de vida, no es indispensable; de ahí que no importe que el personaje no sea calcado de la realidad norteamericana, por lo contrario, el no haber caído en la reproducción localista es un mérito de la interpretación de estos jóvenes que son una promesa para el teatro mexicano.

Cuando la representación se inició, los actores –Othoniel Llanas y Felio Eliel, fruta verde todavía en cuanto a experiencia, pero madura en cuanto a dedicación– dejaban asomar ese nerviosismo que acomete a todo artista –por años de tablas que reúna– pero al poco tiempo su antorcha interior fue canalizándose hacia el trabajo creador hasta apoderarse de la atención y simpatía del público en forma definitiva.

Carlos Barreto logró con su dirección llevar la línea de cada personaje con unidad y en recorrido siempre ascendente. No sé hasta dónde y desde dónde contribuyó la mano de Rafael López Miarnau al éxito de la representación, pero es indudable que marcó con su sello mesurado y de buen gusto la interpretación que estos jóvenes realizaron de esta difícil obra de Edward Albee.

Andorra. Teatro Milán. Autor, Max Frisch. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, R. Montalvo. Reparto: Xavier Marc, Farnesio de Bernal, Rosa Maria Caloca, Juan Felipe Preciado, Bernarda Landa, Regina Cardó, Jorge Patiño, etcétera...

Al ver Andorra no puede dejar de recordarse por analogía, aquella de Priestley: Llega un inspector. En ambas se presenta a un pueblo entero como culpable de un crimen “involuntario”. En la de Max Frisch el crimen ocurre como consecuencia de la discriminación racial, en la de Priestley, por la injusticia social, económica y moral, que incluye la discriminación entre las clases sociales.

Andorra no es una obra más de las que se escriben en contra de la discriminación racial. Su punto de vista va más allá de la crítica, estudia el fenómeno de la discriminación a conciencia y penetra sicológicamente en el individuo que sufre ese relegamiento de la sociedad. El hecho de que Andri, que resulta no ser judío, actúe como perseguido y no quiera admitir que él no es judío, cuando ha sido educado toda su vida en la creencia de que sí lo es, es un hecho significativo. Y el mismo autor se asombra “¿Cómo pueden ser más fuertes que la verdad?” –exclama uno de sus personajes. Cuando el padre de Andri se niega a que éste se case con Barblin, ya que sabe que ellos son hermanos, al escuchar la protesta de Andri, quien cree que la oposición se debe al hecho de que él es judío, vocifera el autor a través de otro de sus personajes: “Ustedes atribuyen todo lo que les pasa en la vida al hecho de ser judíos”; pero al mismo tiempo justifica esa actitud perenne de perseguido, presentando en forma evidente que la persecución es real y que ella es la que conforma el miedo, el odio, la desesperación.

La anécdota es ingeniosa y con ese retorcimiento paradojal que caracteriza tanto a Frischcomo a Dürrenmatt –los máximos exponentes contemporáneos de la dramaturgia suizo alemana del momento. Pero a mi juicio, Max Frisch, se excedió en sucesos, derramó demasiadas desgracias sobre el protagonista, acumuló un número excesivo de acontecimientos en una sola obra, de suerte que en ocasiones llega a temerse de que sea sólo un melodrama más, de los que abundan en la literatura dramática. Si quería narrar Frisch tal número de circunstancias, pudo haber hecho una trilogía como los antiguos griegos, de modo que la anécdota respirara sin dificultad. La diversidad de situaciones acaba por restar fuerza a la acción primordial.

Labor del director, Fernando Wagner, debió haber sido la de tratar de circunscribir la acción a lo esencial privándola de lo accesorio. Y también la de aligerarle la pesantez a base de una interpretación que acentuara lo sugerente, lo simbólico, lo “distanciado” –a lo Brecht­– para que la visión fuera más amplia. Wagner en cambio, trató la obra como si fuera costumbrista, cuando que Max Frisch sitúa la acción en una población imaginaria –Andorra– precisamente para establecer el problema como algo universal y no local. Y Wagner pecó especialmente de falta de imaginación. Una puesta en escena menos realista y más alegórica, habría resaltado los méritos de la obra y disimulando sus defectos. Por lo contrario, la dirección de Wagner, en esta ocasión, puso en relieve sus deformidades y encubrió sus bellezas. Su dirección no tuvo los hallazgos que aquella que realizara de otra obra de este tutor: Los incendiarios, sino que puso un sello escolar en la representación.

Los actores, respondiendo a los requerimientos del director y marcados con ese sello de escolaridad, obtienen momentos vigorosos, pero nunca una secuencia sólidamente construida. Los personajes, con altibajos, llegan con frecuencia a la tipificación o al exageramiento.

Los mejores trabajos fueron sin duda los de Bernarda Landa –en la personificación muda de un retrasado mental–; la de Juan Felipe Preciado –en el soldado que piensa que “a dónde iríamos a parar si las órdenes no se cumplieran” y que con su actitud discriminatoria colabora más que otros en el crimen colectivo–; de Xavier Marc –en el personaje protagónico de la obra–; la de Jorge Patiño –en un papel poco atractivo: el de “inspector racial”, también mudo como el del idiota–; la de Regina Cardó y Rubén Calderón –quien no desentona a pesar de ser esta su primera aparición en escena.

Rosa María Caloca sumamente dispareja. Falsa en muchos momentos, especialmente en su escena de la locura –a lo Ofelia– y en las escenas de amor. Farnesio de Bernal debe procurar no repetirse, le he visto otras interpretaciones mucho más afortunadas.

La escenografía que plasma en un pincelazo en blanco y negro a todo un pueblo, es un acierto de R. Montalvo.