FICHA TÉCNICA



Título obra María Tudor

Autoría Víctor Hugo

Notas de autoría J. P. Calderón / traducción

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Raúl Ramírez, Virginia Gutiérrez, Rolando de Castro, José Baviera, Rubén Rojo, Alberto Galán

Escenografía Julio Prieto

Música Oberturas de Rossini

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 29 marzo 1964, p. 2.




Título obra Hasta que la suerte nos separe

Autoría Fernando Josseau

Dirección Fernando Josseau

Elenco Jana Kleinburg, Guillermo Zetina

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Sullivan

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 29 marzo 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[María Tudor, Hasta que la suerte los separe]

Mara Reyes

María Tudor. Teatro Xola. Autor, Víctor Hugo. Traducción, J. P. Calderón. Dirección, José Solé. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Música, Oberturas de Rossini. Reparto: Ofelia Guilmaín, Raúl Ramírez, Virginia Gutiérrez, Rolando de Castro, José Baviera, Rubén Rojo, etc.

Es importante conocer una obra como María Tudor, expresión neta de la época romántica en que vivió su autor. Es interesante también comprobar cómo hay obras que pierden su vigencia, así como hay otras –las de los clásicos griegos– por ejemplo, que al tomar cuerpo vivo en la escena, al revivir un mundo, vuelven a producir en el espectador esa catarsis que buscaron sus autores.

María Tudor desgraciadamente forma parte del primer grupo de obras, y no del segundo. Aunque Víctor Hugo fue un revolucionario en su época, hoy su obra no pasa de ser una curiosidad histórica privada de la flama que se enciende con la comunión entre artista y el público. Es en estos casos en los que se impone la reflexión de que no son los nombres los inmortales, sino las obras.

Las formas pueden caducar, las ideas y los conceptos modificarse. Pero lo que no puede pasar de moda es el contenido de la obra de arte que debe siempre poder despertar la emoción íntima y profunda de aquél que la contempla.

Las formas de María Tudor son caducas, su diálogo, el más adusto, produce la sonrisa. Las situaciones que presenta tienen todo el rebuscamiento del melodrama, pero salpicado de esa cierta ingenuidad que muchas veces aparece en el romanticismo.

Es indudable que José Solé, al dirigir algunas escenas aun las más dramáticas, se sonreía junto con sus actores. ¡La burla se adivina!, aunque para no utilizar esa palabra con ribetes de aspereza diría yo: ¡el regocijo!

¡Qué podía hacer Ofelia Guilmaín para personificar a esa reina de opereta! Raúl Ramírez sí, al menos, podía haberse maquillado más adecuadamente.

Un actor insoportable, que invita al público a abandonar la sala, es Rubén Rojo. Su voz es un reto para los espectadores. Por fortuna la aparición de otro actor, Alberto Galán, es breve ¡cómo será su actuación que resulta anticuada hasta para esta obra!

Julio Prieto resolvió esmero los detalles de la escenografía y del vestuario, por cierto que en la realización de este último –cosa que hay que aplaudir– se suprimieron los cierres automáticos que tan a menudo han hecho anacrónicos los trajes de época, en otras obras del IMSS.

Hasta que la suerte los separe. Teatro Sullivan. Autor y director, Fernando Josseau. Escenografía, David Antón. Reparto: Jana Kleinburg, Guillermo Zetina.

No es de extrañar que haya quien se atreva a escribir teatro sin tener la idea más remota de lo que eso significa. Pero lo que sí es de llamar la atención es que haya empresarios y actores que acepten la responsabilidad de llevar a escena obras como la que ahora presenta el teatro Sullivan.

Se trata de una obra que no es ni melodrama, ni comedia, ni tragedia, en una palabra, que no puede encasillarse en género alguno por la simple y sencilla razón que no es una obra teatral, sino un conjunto de disparates sin unidad ni concierto. ¡Quisiera llamarle por lo menos “monólogo” a la primera parte o “diálogo” a la segunda... pero no es ni una, ni otra cosa. He ahí un problema para quien se proponga clasificar tal engendro.

Es inexplicable que Guillermo Zetina, que ya debiera cuidar su prestigio, haya cometido el delito de aceptar interpretar los dos papeles masculinos principales (¡!) de la obra (¿?).

¿Vanidad del actor que ve ante sí la perspectiva de hacer dos interpretaciones en una misma noche? ¡Quizá! Pero después de haberle visto interpretaciones tan magnificas como la de ¿Conoce usted la Vía Láctea? y otras no debiera exponerse en tal forma con un autor que no puede respaldar a ningún actor, dado que se trata de un remedo teatral sin anécdota, sin diálogo, sin tema, sin planteamiento, conflicto ni desenlace... o sea que sus cualidades son sólo negativas.

Ni Jana Kleinburg, ni Zetina se evaden del naufragio a que tal obra (¿?) conduce. No hay tabla de salvación. Todos los caminos finalizan en el desastre, irremisiblemente.

La escenografía de David Antón es lo único soportable de esas dos horas robadas lamentablemente a la vida delos espectadores de Hasta que la suerte nos separe.