FICHA TÉCNICA



Título obra El mercader de Venecia

Autoría William Shakespeare

Dirección David William

Elenco Julian Glover, Ralph Richardson, Barbara Jefford, Terence Lodge, Alan Macnaughtan, Patsy Byrne, Alan Howard, Valerle Sarruf / elenco de la compañía británica

Escenografía Carl Toms / decorado

Iluminación Joe Davis / efectos de luces

Vestuario David Walker

Grupos y compañías The Shakespeare Festival Company

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos IV Centenario del natalicio de William Shakespeare

Notas Aunque en el título de la nota aparece Juan Pérez Jolote, ésta no se reseña en el cuerpo de texto

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. The Shakespeare Festival Company. Juan Pérez Jolote”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 15 marzo 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

The Shakespeare Festival Company
Juan Pérez Jolote

Mara Reyes

El mercader de Venecia. Palacio de Bellas Artes. Autor, William Shakespeare. Dirección, David William. Decorado, Carl Toms. Vestuario, David Walker. Efectos de luces, Joe Davis. Elenco de la compañía británica, de The Shakespeare Festival Company: Julian Glover, Ralph Richardson, Barbara Jefford, Terence Lodge, Alan Macnaughtan, etc.

El Consejo Británico, para las celebraciones del cuarto centenario del nacimiento del genio de Stratford organizó varias compañías teatrales las que realizan giras por distintos rumbos. La que hoy nos visita partió de Inglaterra hacia México para continuar después hacia Caracas, Bogotá, Quito, Lima, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Sao Paulo, y de retorno a Europa se presentara en Lisboa, Madrid, París, Atenas y tal vez Roma.

Encabeza la compañía sir Ralph Richardson, a quien hemos podido admirar en El mercader de Venecia en una creación de Shylock positivamente extraordinaria. Su dominio sobre cada uno de los músculos del cuerpo, hace que pueda expresarse más vigorosamente que muchos de los más famosos actores. Actúa hasta con el dedo meñique, con la espalda o con los pies. Por sus gestos se adivinan todas las vejaciones de que ha sido víctima su personaje; se proyectan las mofas que ha recibido de los cristianos. Personifica al judío de la Edad Media, malvado por rencor, que no puede hacer otra cosa que reaccionar violentamente a las infamias que con él se han cometido. Encarna al judío al que importa más la venganza que el dinero, al judío cuya carne está dolorida ante tanto oprobio, ante tanto desprecio.

No respalda en cambio la dirección de escena esta concepción de Richardson. David William el director, deja velado en cierta forma el otro lado de la medalla presentada por Shakespeare en su pintura increíble, o sea el otro lado del odio, el que los cristianos sienten por el judío. Tal odio debería estar a la altura del despecho de Shylock. Pero el director presenta a los cristianos más benévolos, de tal manera que no se justifica el rencor de Shylock, ya que de haber sido ellos generosos no habría engendrado en el judío un deseo de venganza de la magnitud que Shakespeare pinta. No hay que olvidar que la acción de El mercader tiene un cierto parentesco con Romeo y Julieta, en cuanto al odio entre dos familias –aquí se trata de dos razas. En vez de ser entre Montescos y Capuletos, son cristianos y judíos, pero ambas partes viven alimentadas por odios y rencores correspondidos. No es sino al final, cuando Jessica y Lorenzo se abrazan, cuando se reconcilia –por medio de los hijos– la querella entre las dos razas. Sólo que en Romeo y Julieta ambos mueren víctimas de ese abrazo, en cambio en El mercader de Venecia la pareja goza la bienaventuranza de ver premiado su amor.

El concepto del director sobre la obra deja pues un tanto mal parado a Shakespeare mismo, pues debería haber recalcado más el desprecio hacia Shylock desde el principio de la obra, sólo en esta forma se justifica el odio que el judío siente por los cristianos… de otro modo podría creerse que Shakespeare se hubiera dejado influir por una corriente antisemita.

Pero si el director fue débil en este aspecto de la concepción interpretativa, en cambio en lo formal tiene aciertos magníficos. Los desplazamientos de los actores, así como los gestos y actitudes de ellos son un halago para los ojos. Hay escenas que –apoyadas en la bella y funcional escenografía– parecen cuadros pictóricos por su plasticidad. Aciertos como el de hacer que un objeto inanimado cobre vida, como la ventana –los oídos de la casa– que con su balanceo y tenue chirriar, habla por sí misma, son dignos del aplauso más entusiasta.

El director también demostró su dominio de la escena en la forma de presentar las tres historias fundamentales que se entrelazan. Dirigir a Shakespeare requiere siempre este arte, ya que el poeta nunca se conformó con la presentación de una sola acción –a diferencia de los clásicos– siempre hay en sus obras, sean tragedias o comedias, una mezcla de dos o más historias, algunas veces –la mayoría– la segunda de las historias es una reproducción en pequeño de la historia mayor, como la señalara Víctor Hugo “Al lado de la tempestad en el Atlántico, la tempestad dentro del vaso de agua”... Estas dobles acciones –añade– son además uno de los signos del siglo XVI.

Saber llevar de la mano al espectador por la vereda de cada historia, (como aquel que interpreta a Bach debe llevar al auditor por cada una de las veredas del contrapunto) es un arte que si se domina merece todo respeto.

Además de Richardson, sobresale por su impecable sobriedad, por su categoría como actor: Julian Glover en su personificación del Príncipe de Marruecos. ¡Qué perfección en el manejo de las manos! ¡Qué dignidad para encarnar al hombre que sabe perder!

La actuación de Terence Lodge, llena de gracia a la italiana refresca la escena. Correctos Alan Macnaughtan y Patsy Byrne, pero nunca a la altura de Glover, ni menos de Richardson. Por lo demás, el resto de los actores defraudan. Se esperaba más de ellos. A Barbara Jefford le falta personalidad. Alan Howard con una voz poco agradable. Bernard Hopkins más femenino que Valerie Sarruf y ella, demasiado falsa.

Aunque he dicho en otras ocasiones que traer estas compañías extranjeras es beneficioso, es preciso recalcarlo pues nos dan la medida para juzgar el trabajo que se realiza en nuestro país. La posibilidad de comparación es siempre fructífera, no sólo en relación con nuestro propio teatro, sino con el que se hace en otros países, por ejemplo la compañía del Old-Vic que vino a México el año pasado, puso la escena en la que se enjuicia a Shylock.

Por cierto que en aquella ocasión quien imperaba era Vivien Leigh, y en la actual nunca deja de predominar Richardson. Pero lo importante es que de la representación de ambas compañías se puede inferir la multitud de concepciones que los “especialistas en Shakespeare” pueden tener de una misma obra.