FICHA TÉCNICA



Título obra Los secuestrados de Altona

Autoría Jean Paul Sartre

Notas de autoría Rafael López Miarnau / traducción

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Beatriz Sheridan, Emma Teresa Armendáriz, Carlos Bracho, Augusto Benedico, Rafael Llamas, Juan Félix Guilmain, Alicia Castro Leal, Alberto Catani

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Teatro Club

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Los secuestrados de Altona”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 16 febrero 1964, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Los secuestrados de Altona

Mara Reyes

Los secuestrados de Altona. Teatro Orientación. Autor, Jean Paul Sartre. Traducción y dirección, Rafael López Miarnau. Escenografía, Julio Prieto. Reparto: (por orden de aparición) Beatriz Sheridan, Emma Teresa Armendáriz, Carlos Bracho, Augusto Benedico, Rafael Llamas, Juan Félix Guilmain, Alicia Castro Leal, Alberto Catani.

¡A escena la última obra de Sartre! Dar a conocer cualquiera de las obras de este escritor siempre se convierte en acontecimiento, especialmente si la interpretación que de ella se hace es extraordinaria. Y tal es el caso de la actual puesta en escena de Los secuestrados de Altona llevada a cabo por el grupo Teatro Club, bajo la dirección de Rafael López Miarnau y con un reparto que ha dado prueba de excelencia en más de una ocasión; sobre todo en ésta.

Sartre siempre ha tenido la preocupación de que el hombre es a la vez víctima y verdugo de los otros hombres, como lo hizo patente en A puerta cerrada, pero mucha es la diferencia que se advierte entre aquella pieza y la presente tragedia. En aquélla, el hombre no tenía salida, en ésta, la salida ya se vislumbra a través de la “responsabilidad”. En Los secuestrados de Altona sitúa al ser humano como responsable de los actos de toda la Humanidad. El hombre se convierte en fiscal y defensor, en culpable e inocente.

Cada individuo es responsable de “su” futuro y del de sus semejantes. Al hacer que Lenidiga que para Franz “los inocentes tenían entonces veinte años, eran soldados; los culpables tenían cincuenta, eran sus padres” está dando responsabilidad a nuestro siglo por el futuro de la Humanidad; de lo que ocurra en los siglos venideros, “nosotros” somos responsables. No cabe la transacción. Pero su “yo acuso” es más complejo ya que nuestro siglo a su vez está pagando culpas ancestrales.

Ya no es el Sartre de El diablo y el buen Dios que afirmaba que independientemente de lo que el hombre se propusiera el mal siempre resultaba de sus acciones, hoy el escritor es menos pesimista, ha evolucionado. Pinta las relaciones del hombre con el mundo con un dualismo de objeto-sujeto y sujeto-objeto intercambiable y simultáneo. De ahí su conflicto, de ahí que a la vez que “rectifica a la naturaleza”, él es a su vez modificado por ella.

Y presenta al poder mismo como impotente, como lo hace ver el parlamento del padre que dice a su hijo:

“Yo quería que tú dirigieras la Gran Empresa después de mi muerte. Pero es la Gran Empresa la que dirige. La que elige a sus hombres. A mí ella me ha eliminado, yo la poseo, pero ya no mando. A ti, principito, a ti ella te ha rechazado desde el primer instante ¿acaso ella necesitaba un príncipe? Para actuar corriste los mayores riesgos y ya ves, ella transformaba tus actos en simples gestos.”

Estas palabras hacen ineficaz la rebeldía de Franz en contra de la supuesta omnipotencia de su padre y por medio de ellas se demuestra que la omnipotencia no existe. Pero al quitarle el padre al hijo la carga de su culpa, al decirle: “Yo te había hecho, un monarca, hoy día eso quiere decir un inútil... Dile a tu Tribunal de Cangrejos que el único culpable soy yo, culpable de todo”, a Franz ya no le queda otra cosa que morir, que destruirse –o lo que es peor, dejarse destruir– definitivamente... ante la dialéctica existencial, de que “el que gana pierde” al ganar la inocencia, tiene que perderla, al dejar de sentirse culpable, tiene que acusar.

La tragedia de Sartre es como un manifiesto que él lanzara a la Humanidad para que ésta realice una toma de conciencia para que se percate de su responsabilidad. ¿Cómo van a erigirse en jueces del pueblo alemán los que lanzaron la bomba en Hiroshima? –exclama Franz– “Sólo los vencedores pueden hacerse cargo de la historia. Ellos (los de la Primera Guerra Mundial) se la apropiaron y nos dieron a Hitler”... Las culpas de Hitler caen pues sobre los Aliados que después lo condenan, así como caen sobre el pueblo que lo obedeció. “Hay dos maneras de destruir a un pueblo: condenarlo en bloque u obligarlo a renegar de los conductores que se ha dado. De las dos, la segunda es la peor”.

Esta es la más dura acusación que Sartre podía lanzar. Y concluye: No se puede vivir indiferente a lo que ocurre a nuestro alrededor: tan culpable es el padre “que le proporcionó barcos” a Hitler y Franz que le proporcionó “cadáveres y obedeció las órdenes”, como los países vencedores de la Primera Guerra Mundial que le proporcionaron un dictador asesino al pueblo alemán y que después asesinaron a los japoneses.

Cada individuo es una partícula de ese ser monstruoso que es la Humanidad y por tanto es responsable de los actos que dicho ser realice, ya que es una sola entidad. Y de ese juicio, en el que Franz, se atribuye el papel de “testigo de descargo” ¿cuál es el veredicto? Sartre deja a la conciencia de cada uno de nosotros la respuesta.

Por supuesto son muchos los aspectos que toca Sartre en su tragedia y hablar sobre cada uno de ellos requeriría un ensayo que traspasaría los límites del comentario periodístico. Cada personaje es digno de un estudio especial.

El padre, representado por Augusto Benedico, gran burgués que ha transigido con los nazis disimulando su remordimiento ante la excusa de que, de no haberlo hecho él, otros habrían transigido en lugar suyo y era preferible que las ganancias fueran a parar a sus propias manos en vez de a otras. Benedico realizó una creación de increíble fuerza; cada gesto, cada actitud se advierten firmemente en el cimiento de una total comprensión y de una gran sensibilidad.

Otro personaje: Franz, interpretado por Rafael Llamas, representa un reto que Sartre lanza al actor. Su multitud de facetas, de reacciones, su laberinto interior que va de la demencia a la cordura y viceversa, sin que podamos definir cuál es una y cuál es otra; cuando el hombre parece más falto de razón es cuando más verdades avienta a la cara. Cuando asevera que si en el siglo XXX llega a existir un hombre, los “cangrejos” lo conservarán en un museo, no dan ganas de reír. Rafael Llamas al interpretar a este personaje supo, como Sartre, hacer que las ideas fueran vividas como emociones por el espectador. Hay magnetismo en su actuación. ¡Sea bienvenido nuevamente en nuestros escenarios!

Johanna, Leni y Werner son caracteres, los tres, plagados de entrelíneas y laberintos. Cada uno con su mundo interno inexpugnable. Sus relaciones entre sí y con los otros componentes del drama –el padre y Franz, Alemania y la guerra, la culpa y el poder, la vida y la muerte– harían necesario un estudio exhaustivo para poder dilucidarlas en forma más o menos detallada.

La interpretación de ellos estuvo a cargo de Emma Teresa Armendáriz, Beatriz Sheridan y Carlos Bracho respectivamente. Tres actores de verdad. Emma Teresa Armendáriz dio matices magníficos e increíbles a su Johanna. Segura de sí misma va encaminando al espectador a través de sus palabras que a veces suenan a contradicción, pero que al fin resultan de una lógica aplastante. Ella logra una creación de este papel positivamente insuperable. Beatriz Sheridan interpreta la lucha infructuosa de Leni por salvar su amor incestuoso en forma que podría calificarse de solemne. ¡Qué vigor despiden sus frases y sus gestos! Llevó una línea de actuación pura, de una pieza, como un hilván limpio que conduce de punta a punta, sin un nudo, sin un corte. Las reacciones de Werner, el débil, el incapaz de ejercer el mando, de tomar decisiones propias, de rebelarse contra el padre de quien no ha recibido afecto, pero al que no puede ver sufrir, fueron realizadas en forma más que excelente por Carlos Bracho.

Los papeles incidentales, fueron bien interpretados por Juan Félix Guilmaín, Alicia Castro Leal y Alberto Catani. Aunque Alicia Castro Leal podría procurar ser un poco más natural; su dicción resulta un tanto artificial.

Extraordinariamente resuelto el problema escenográfico, Julio Prieto demuestra que no sólo en los grandes teatros sabe cómo hacer las cosas.

En suma Rafael López Miarnau, logra con su magnífica dirección de esta difícil tragedia, proporcionar al espectador una noche electrizante. Si bien hasta ahora Rafael López ha cosechado solamente triunfos, y con obras nada fáciles, en esta ocasión ha obtenido el mayor de todos. Su trabajo merece el más grande de los elogios y la felicitación más respetuosa.