FICHA TÉCNICA



Título obra Una vez al año

Autoría Rafael Solana

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Marilú Elízaga, Raúl Farrel, Marina Marín, Miguel Suárez, Tito Junco, Rafael del Río, Rosa María Vázquez, Graciela Doring, Blanca Fauce

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 octubre 1963, p. 3.




Título obra Vivir... y dejar vivir

Notas de Título Every Body Loves Opal (título en el idioma original)

Autoría John Patrick

Notas de autoría José María Dávila Jr. / traducción

Dirección Rafael Banquells

Elenco Sara García, Guillermo Rivas, Ramón Bugarini, María Eugenia San Martín, Leopoldo Ortín (Polo), Jorge Russek

Escenografía Arthur Brisha

Espacios teatrales Teatro 5 de Diciembre

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 octubre 1963, p. 3.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Una vez al año, Vivir... y dejar vivir]

Mara Reyes

Una vez al año. Sala Chopin. Autor, Rafael Solana. Dirección, Manolo Fábregas. Escenografía, Antonio López Mancera. Reparto: Marilú Elízaga, Raúl Farell, Marina Marín, Miguel Suárez, Tito Junco, Rafael del Río, Rosa María Vázquez, Graciela Doring, Blanca Fauce.

Después de Debiera haber obispas, la obra de más éxito de Solana que se repuso recientemente en el teatro Fábregas, el autor nos presenta su comedia Una vez al año. En ella se advierte una crítica a la poca trascendencia que la sociedad actual da al matrimonio, como institución, para convertirlo en un juego con características grotescas. Recalca también la falsedad que encierran las frases de “armonía matrimonial”, “paz familiar”, “tranquilidad hogareña”, etc... La agresividad entre los cónyuges, en cambio, se pone de manifiesto a cada paso.

Solana tiene una facilidad tal para el diálogo, que no necesitó poner a su obra una acción de grandes alcances, simplemente tomó una situación y la describió a base de hacer hablar a sus personajes. Su destreza y su ingenio hacen que la comedia cumpla su cometido de divertir al público, presentándole una de las fallas de la convivencia humana, de una manera sencilla, ágil y sin pretensiones.

Manolo Fábregas, en su calidad de director, no tuvo ante sí grandes problemas; la comedia se desenvuelve sin mayores obstáculos. El director creó la atmósfera navideña sin exageraciones, haciendo que el ambiente pareciera simplemente cosmopolita.

Las distintas parejas de divorciados, casados, viudos, fueron personificados muy correctamente por cada uno de los actores. Marilú Elízaga supo dar a su personaje las distintas fases que el papel requería: de madre sentimental para con sus hijos; de viuda nostálgica para con el padre de sus hijos; de mujer rebelde para con su ex marido y de novia enamorada para con el hombre que desea casarse con ella. Su personalidad y aplomo no están a discusión, pero desde luego, Marilú sigue siendo ella misma en cualquier papel que represente.

Raúl Farell y Marina Marín conjuntan la pareja más pintoresca de esa reunión.

La actuación de ambos es ágil, brillante y llena de colorido. Siendo estos personajes, Alberto e Isabel, en los que el autor pone la mayor dosis de desavenencia conyugal, en tiempo presente, resultan con su ingenio agridulce, como la sal y la pimienta de la comedia.

Enrique y Luis –Miguel Suárez y Tito Junco– representan el pasado y el futuro en la vida de Aurora –Marilú Elízaga–; son como los dos platillos de una balanza en la que se sopesaran el fracaso y la ilusión. Y cada uno de estos actores matiza perfectamente su respectivo personaje de acuerdo con esta idea.

La pareja de Bernardo y Clara –Rafael del Río y Rosa María Vázquez– interceptada por Mercedes (Graciela Doring) –ex mujer de Bernardo–, aparece como retratando el futuro de la pareja de Alberto e Isabel, ya que todos los personajes dan la impresión de ir caminando por una misma vereda, sólo que cada uno se encuentra a distinta distancia del punto de partida. De estos tres últimos actores, Graciela Doring es quien da mayor veracidad a su interpretación; su cualidad mayor es la naturalidad; lo que no quiere decir que Rafael del Río y Rosa María Vázquez estén incorrectos, por lo contrario, desempeñan sus papeles con desenvoltura.

El punto negro de la representación, como el pelo en la sopa, es Blanca Fauce, cuya voz destemplada llega a ser tan insoportable que no dudo que alguien del auditorio se tape los oídos para no escucharla (aquí entre nos, vi a una persona que lo hizo). Por otra parte, su forma de actuar es tan falsa, tan insincera que no encaja con el resto de los actores.

Por la forma de vestir de los personajes –los hombres llevan traje de etiqueta– y por el hecho de saberse que la dueña de la casa lo es también de una considerable fortuna, la escenografía debiera haber ubicado la acción en un ambiente de mayores posibilidades económicas; la sala que aparece hace pensar más bien en una casa de la clase media, por lo que después sorprende el diálogo en que se nos informa que los recursos económicos de Aurora, son mayores de lo que la escenografía sugiere.

Vivir... y dejar vivir (Every body loves Opal). Teatro Cinco de Diciembre. Autor, John Patrick. Traducción, José María Dávila Jr. Dirección, Rafael Banquells. Escenografía, Arthur Brisha. Reparto: Sara García, Guillermo Rivas, Ramón Bugarini, María Eugenia San Martín, Polo Ortín, Jorge Russek.

Hace muy poco se presentó en el Teatro del Granero otra obra de John Patrick: Corazón ardiente, cuya acción tiene lugar en un sanatorio para heridos de guerra. Aun cuando el tema de Vivir… y dejar vivir y el de aquella obra son totalmente distintos, la tesis de ambas obras tiene algo en común: la necesidad de la amistad. En Corazón ardiente, un hombre que está condenado a morir, a consecuencia de una lesión sufrida en el frente de batalla, rehúye las amistades que se le ofrecen porque no tiene fe en el ser humano. Las pruebas de amistad son de tal magnitud que por fin siente esa fe y la necesidad de no estar solo. En Vivir... y dejar vivir, por otros caminos, con otros recursos, con personajes de características totalmente diferentes, el autor deriva hacia la misma conclusión y nuevamente pone de manifiesto su fe en la fraternidad humana.

Si Corazón ardiente tiene un tratamiento neta y profundamente dramático, Vivir... y dejar vivir es en cambio una comedia que despierta la hilaridad del espectador. Se advierte la facilidad del autor para combinar sus enredos y sostener la atención de su público.

El diálogo es fluido, y sería mejor que Polo Ortín se abstuviera de querer componer lo que el autor escribió, pues las morcillas vulgares rompen la finura de las situaciones creadas por el autor. Aun cuando no se trata de una obra de caracteres sino de tipos, el personaje de Ópalo sí constituye todo un carácter, pintado hasta en sus menores rasgos. La acción se lleva en dos planos: el exterior, anecdótico, y el interior, sicológico; y salvo el personaje del policía que está situado exclusivamente en el nivel anecdótico, todos los demás están sujetos a esta doble acción.

El segundo cuadro del primer acto, es decir, la escena que se desarrolla entre Ópalo –Sara García– y el doctor –Guillermo Rivas– podría muy bien ser una pequeña obra en un acto, lo cual no significa que salga sobrando en el engranaje de toda la comedia, pero tiene todo el desarrollo de una pequeña obra maestra. En esta escena los aciertos de todos los que intervienen son innumerables. Rafael Banquells la dirigió con verdadera maestría. Las reacciones de los personajes, sus gestos, movimientos, matices y los muchos detalles con que está bordada hacen de ella una muestra de buen teatro. Sara García se advierte como una actriz de comedia, de gran alcance, mientras Guillermo Rivas, que tiene a su cargo la parte pasiva, da la réplica con una comicidad a la altura de las circunstancias.

No hay duda de que Rafael Banquells se anota con la dirección de esta obra, un merecido triunfo. Es imposible enumerar todos los pequeños detalles, muy ingeniosos por lo demás, con que confeccionó su dirección. La escenografía de Arthur Brisha fue para él un gran apoyo, y supo aprovecharla en forma magistral.

Aun cuando Sara García es quien se luce a todo lo largo de la obra, tanto por lo que es intrínseco de su actuación como por la recia personalidad de Ópalo, como personaje, los demás actores tienen también su parte de lucimiento.

Ramón Bugarini y María Eugenia San Martín están discretos, aunque quizá demasiado bien vestidos para los escasos recursos económicos de sus personajes.

Polo Ortín, a pesar de ser un buen actor, parece que se siente inseguro y trata de suplir sus supuestas deficiencias con exageraciones y payasadas, que no vienen al caso y vulgarizan su actuación, lo que es una lástima.

El personaje de Joe, el policía, realmente es incidental y Jorge Russek lo desempeña discretamente.

La traducción de José María Dávila Jr., tiene la virtud de haber respetado el estilo del autor sin caer en el error de muchos traductores actuales de querer hacer una “versión” adaptable a nuestro ambiente; por lo contrario, captó la finura de los diálogos y se limitó a trasladarla a nuestro idioma. El resultado de todos estos elementos es que la representación ha sido afortunada y digna de elogio.