FICHA TÉCNICA



Título obra El guardián

Autoría Harold Pinter

Notas de autoría Jesús Cárdenas / traducción

Dirección Xavier Rojas

Elenco José Baviera, Carlos Bracho, Aldo Monti

Escenografía Armando Gómez de Alba

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 19 mayo 1963, pp. 4 y 8.




Título obra Invitación al castillo

Autoría Jean Anouilh

Dirección Daniel Gallegos Troyo y Fernando Wagner

Elenco Xavier Marc, Mario Castillón, Magda Donato, Farnesio de Bernal, Rosa Caloca, Aracelia Chavira, Leticia José

Escenografía John Zinser

Coreografía Farnesio de Bernal

Grupos y compañías Teatro Contemporáneo Independiente

Espacios teatrales Teatro de los Compositores

Notas John Zinser puede ser Joan Zinser. Xavier Marc puede ser Javier Marc

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 19 mayo 1963, pp. 4 y 8.




Título obra Mi mujer es un gran hombre

Autoría Louis Verneuil y Jacques Berr

Notas de autoría José Baviera / versión española

Dirección José Baviera

Elenco Sonia Furió, Antonio Raxel, Luis Jimeno,Alejandro Ciangherotti Jr.

Escenografía Arcadi Artis Gener

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 19 mayo 1963, pp. 4 y 8.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[El guardián, Invitación al castillo, Mi mujer es un gran hombre]

Mara Reyes

El guardián. Teatro del Granero. Autor, Harold Pinter. Traducción, Jesús Cárdenas. Dirección, Xavier Rojas. Escenografía, Armando Gómez de Alba. Reparto: José Baviera, Carlos Bracho y Aldo Monti.

Miseria, desolación, soledad, es el ambiente que priva en El guardián, y que quizá vivió Harold Pinter en su niñez en Londres –fue hijo de un sastre– y posteriormente, en las épocas de desempleo teatral –era actor– al trabajar como mesero, como portero en un salón de baile, como lavaplatos en un restaurante, etcétera...

En El guardián, Pinter presenta tres personajes; el viejo Yennins, cuyo verdadero nombre es Davies, un ser privado de todo y que cuando le es ofrecido algo, se atreve a exigir que ese “algo”, sea de la calidad que él necesita. Astor es otro personaje que tampoco tiene nada, salvo el amparo de su hermano, y ha perdido inclusive la comunicación con el exterior de sí mismo –ha estado en un manicomio– y es el guardián de la casa de su hermano: Mick, un hombre al que le adorna su frívolo sadismo, que trabaja –tiene un camión de acarreo–, que quiere reconstruir la vieja casona y no encuentra nunca la persona adecuada para redecorarla, más que por ineficiencia, porque no quiere encontrarla, porque en realidad, la casa no le importa, ni le importa el viejo –al que también quiere hacer “guardián”– ni siquiera parece importarle mucho el hermano al que pretende querer ayudar.

Con estos tres personajes, situados en la gran casona, que es como el símbolo del mundo en que vivimos, pretende Harold Pinter mostrar la miseria de ese mundo. Por una parte trata de hacer ver cómo la Humanidad vive en universos separados, y a pesar de todos los esfuerzos que hace cada ser por inmiscuir a los demás en su propio microscópico universo, no lo logran. Para el viejo su mundo gira alrededor de unos documentos que le devolverán su verdadero nombre, y por tanto su verdadero ser, y alrededor de unos zapatos. Para Astor, su mundo es la vieja casona derruida, sin pisos en la planta baja, en la que él construirá un cobertizo; para Mick, el mundo es supuestamente su trabajo, aunque nadie sabe en realidad cuál es su mundo y está tan alejado de los otros, tan inconexo, como los otros dos entre sí.

Cada uno de los personajes tiene su pobre esperanza. Mick desea restaurar la vieja casa, el viejo obtener sus documentos, Astor construir el cobertizo. Ninguno obtiene lo que desea, pero mantiene su esperanza.

Es una obra, en la que no sucede nada, no hay acción y termina todo exactamente donde comienza, hay un estatismo que simula un movimiento, o quizá un movimiento que simula estatismo, o quizá ambas cosas.

Pero viene la pregunta inevitable: ¿qué quiso decir el autor con su obra? Quizá deseó mostrar cómo la Humanidad está en manos de un loco y de un parásito de la sociedad, que ni siquiera es quien aparenta ser, pues viaja con un nombre supuesto.

Quizá pretendió mostrar la ineptitud del hombre para la vida, pero entonces cometió el error de ponernos frente a un enfermo mental, lo que hace un caso patológico de algo que el pretendía que fuera simbólico. O quizá pretendió señalar que la debilidad del hombre frente al mundo actual, sólo puede llevarlo a la demencia.

El autor presenta sólo hilos, pistas para seguir, pero como si fueran pistas falsas, el espectador se encuentra en cada camino con una pared que impide el paso, como un laberinto. De pronto una frase que despunta como si nos encontráramos frente a una crítica a la discriminación racial, y la frase se pierde en un manantial de palabras que nada vuelven a tener que ver con esa crítica, de pronto otra que habla de la incomunicación del hombre con el hombre; como otra que se queja de que el hombre siempre se queda en la superficie de los problemas, y otra que parece que va a provocar una acción –interior o exterior, cualquiera es buena–, pero todo queda trunco. Quizá esa forma de presentar hilos sin resolver sea una forma de hacer ver que todos los días, a cada momento, se nos ofrecen nuevas perspectivas a seguir, que rechazamos porque ya nos hemos aferrado a un camino, a una esperanza, pequeña, deleznable, quizá, pero esperanza al fin.

La obra se antoja a veces descriptiva, con un realismo angustiado, pero realismo únicamente, no tiene la fuerza de un Beckett, de un Ionesco de un Schehadé, de un Adamov, de un Arrabal. Le falta aún mucho para llegar a esas alturas, aunque es bueno saber que Pinter tiene apenas treinta y tres años, y El guardián, es un buen ensayo, en lo que se refiere a buscar formas nuevas de “vanguardismo”.

Da la sensación de que el autor buscara un medio tono, como tratando de ocupar dentro del teatro de vanguardia, el sitio que ocupara Chejov, dentro del realismo. O sea, el teatro de movimiento interno, en el que parece que no pasara nada, ojalá pronto llegue hasta nosotros una obra, en la que Pinter logre de manera absoluta aquello que busca, sea cual sea lo que busque.

En lo que se refiere a la puesta en escena, lo más sobresaliente, lo asombroso, es la actuación de José Baviera, ésta sobrepasa los límites de cualquier elogio viciado por el uso que a diario se hace de los elogios. Desde La carroza del Santísimo –que le valió un premio– no habíamos visto a Baviera crear un personaje con la altura con que ha creado el viejo Davies, es más: superó aquella actuación enriqueciendo su voz con mil matices, enriqueciendo su gesto, su ademán y en general toda su fuerza expresiva.

La dirección de Rojas es correcta, y aunque no peca de imaginativa, da el ambiente angustioso que requiere la obra. El teatro círculo, definitivamente es su mejor medio de expresión. Bien seleccionados los fondos musicales. La escenografía de Armando Gómez de Alba no pudo ser mejor.

Una revelación es Carlos Bracho, un actor que con un gesto, sin una palabra, con sólo una mirada, da a conocer a todo un personaje, es indudable que Carlos Bracho tiene un gran porvenir en el teatro. Aldo Monti de sobra conocido en el medio teatral, es un actor que siempre proyecta energía, que trasmite sensación al público, pero lo que parece que no se le corregirá nunca es su dicción, su hablar atropellado, no obstante esto logra una interpretación excelente.

Invitación al castillo. Teatro de Compositores. Autor, Jean Anouilh. Dirección, [p. 8] Daniel Gallegos Troyo y Fernando Wagner. Escenografía, John Zinser. Coreografía, Farnesio de Bernal. Reparto: Teatro Contemporáneo Independiente.

Farsa de Jean Anouilh llevada a cabo con todo el decoro por la compañía de Teatro Contemporáneo Independiente. En ella sobresale Xavier Marc, en la interpretación de dos hermanos gemelos, dando a la perfección los dos caracteres, opuestos, en mutaciones instantáneas.

Mario Castellón se perfila como un magnífico actor cómico. Magda Donato hace con sutileza su papel. Farnesio de Bernal y Rosa María Caloca realizan juntos su mejor escena, en la que rompen los billetes de banco. Aracelia Chavira actúa con sobriedad, pero corre el peligro de repetirse. Leticia José prueba su desenvoltura y aun con la edad del personaje en contra, logra una interpretación justísima.

La dirección de Gallegos Troyo y Fernando Wagner, muy ágil.

Teatro Contemporáneo Independiente, es un grupo que progresa y denota amor por el teatro.

Mi mujer es un gran hombre. Teatro Ofelia. Autores, Louis Verneuil y Jacques Berr. Versión española y dirección de José Baviera. Escenografía, ArcadiArtis. Reparto: Sonia Furió, Antonio Raxel, Luis Jimeno.

Hay autores que pretenden ser moralistas y sólo resultan ingenuos; que pretenden hacer una crítica y sólo consiguen quedar en ridículo; que pretenden divertir y resultan soporíferos. Tal es el caso de Louis Verneuil y Jacques Berren su comedia Mi mujer es un gran hombre; podría definirse esta situación como un fracaso absoluto de objetivos.

Sonia Furió quiere ahora ser actriz y consigue en bastante medida su propósito.

Antonio Raxel después de larga ausencia en los escenarios capitalinos, vuelve exactamente igual de estático y frío.

Ciangherotti, Jr., todavía verde, presenta al público su buena madera, si es que no se vicia antes de comenzar. Alejandra Meyer, sabe provocar risas en el público. Pero quien se roba a todos es Luis Jimeno, sea porque su papel se presta, por lo chusco, sea por el calor que supo infundirle a su personaje, demuestra un gran sentido cómico.

Desgraciadamente la comedia no vale la pena de ser vista.