FICHA TÉCNICA



Título obra Un hombre contra el tiempo

Autoría Robert Bolt

Notas de autoría Salvador Novo / traducción

Dirección Seki Sano

Elenco Ignacio López Tarso, Óscar Morelli, Antonio Gama, Narciso Busquets, Ana María Blanch (Anita), Luz María Aguilar, Francisco Jambrina, Alfredo W. Barrón, Roberto Araya, Amado Zumaya

Escenografía Julio Prieto

Notas de coreografía Guillermo Keys Arenas / asesoría coreográfica

Vestuario Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 12 mayo 1963, p. 8.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Un hombre contra el tiempo]

Mara Reyes

Un hombre contra el tiempo. Teatro Hidalgo. Autor, Robert Bolt. Traducción, Salvador Novo. Dirección, Seki Sano. Escenografía, Julio Prieto. Vestuario, Guillermo Barclay. Asesor coreográfico, Guillermo Keys Arenas. Reparto: Ignacio López Tarso, Óscar Morelli, Antonio, Narciso Busquets, Anita Blanch, Luz María Aguilar, Francisco Jambrina, etcétera...

Las dos máximas realizaciones que pueden apreciarse, hoy por hoy, en nuestros escenarios, son: Las troyanas, que está presentando el IMSS en el Teatro Xola, y Un hombre contra el tiempo, que acaba de estrenar en el Teatro Hidalgo, y cuyo título en inglés es A man for all seasons (que fue traducida en España como La cabeza de un traidor).

Parecería curioso que el autor de Flowering cherry y The tiger and the horse quien a sí mismo no se considera un hombre de fe, haya escogido como protagonista heroico de su obra a un santo: Tomás Moro, no obstante esto es muy explicable dado que lo presenta más que como un defensor de los intereses de la Iglesia, como un defensor de la actitud crítica de la razón, del derecho humano de SER y sobre todo de la libertad de conciencia.

Robert Bolt, finca el mérito de Moro en el hecho de que defiende la libertad de su pensamiento y no actúa de manera distinta a lo que su conciencia le dicta, lo que pone de manifiesto cuando el Duque de Norfolk pide a Moro que acceda, por compañerismo, a lo que el Rey le exige, que es el reconocimiento de su supremacía y acepte por tanto la legalidad de su divorcio con Catalina de Aragón y de su matrimonio con Ana Bolena, y Moro responde: “Cuando comparezcamos ante Dios, y vos seáis enviado al Paraíso por obrar conforme a vuestra conciencia, y yo condenado por no obrar conforme a la mía… ¿vendréis conmigo por compañerismo ?”

A través de este personaje, limpio, claro, capaz de aceptar la muerte, si el evitarla le obliga a claudicar de sus principios, Bolt, hace crítica no sólo de la forma dictatorial de ejercer el poder, sino también del oportunismo de aquellos que por obtener una mejor posición se traicionan a sí mismos. Cuando dice “No cederé, porque yo me opongo... no mi orgullo, ni mi displicencia, ni ningún otro de mis apetitos, sino yo. ¡Yo!”, está salvando su dignidad, está anteponiendo el derecho humano de SER a cualquier clase de poder, sea temporal, sea espiritual.

Lo que importa no es tanto lo que Tomás Moro piensa, sino su forma [de] defender ese pensamiento; esto queda muy claro cuando después que su esposa le pregunta si renunciará a todo cuanto es de su pertenencia, incluso al respeto de su pueblo por una teoría: “no puede verse, no puede tocarse; es una teoría. Pero lo que a mí me importa no es que sea o no cierta, sino que yo crea que es cierta, o más bien, no que yo CREA en ella, sino que YO crea en ella...” He aquí adelantada la posición posterior de toda una clase social, que antepondrá el individuo, como hombre pensante, a los dogmas. (¿Por qué está también suprimido del texto este parlamento de tan gran importancia para la comprensión de la tesis del autor?)

Y para evitar que pudiera confundirse en algún momento esa insistencia de Moro en su silencio, con un pecado de orgullo, Robert Bolt da al personaje no la actitud exaltada del que procura llegar al heroísmo, sino la serena de aquél que pretende escapar del martirio a través del refugio que da la ley de la sociedad humana. Moro siempre tratará de ocultarse en ese refugio, tratará de adaptar su conciencia a su medio ambiente, hasta tanto no se le exija lo más preciado para él: “esa pequeña área... en donde soy dueño de mí mismo...”. Moro no quiere ser un héroe y si llega a serlo es porque lo obligan a ello las circunstancias, por eso dice que “si viviéramos en un Estado en que la virtud fuera provechosa, el sentido común nos haría buenos, y la codicia nos haría santos. Y viviríamos como animales o ángeles en la tierra feliz que no necesita héroes. Pero puesto que de hecho vemos que la avaricia, la ira, la envidia, el orgullo, la pereza, la lujuria y la estupidez prosperan comúnmente mucho más allá de la humildad, la castidad, la fortaleza, la justicia y el pensamiento, hemos de escoger, de ser en fin humanos... pues entonces, quizá debemos ayunar un poco... aún a riesgo de ser héroes”.

Toda la tragedia de Tomás Moro, es anunciada desde la primera escena, cuando el mayordomo –un hombre ordinario– al hablar de su amo, dice: “Tomás Moro le da a cualquiera cualquier cosa. Algunos dicen que es bueno, y otros que es malo, pero yo digo que no lo puede evitar y eso es malo, porque algún día alguien va a pedirle algo que quiera conservar; y estará fuera de práctica. Debe haber algo que él quiera conservar...”

¿Qué es lo que Tomás Moro, quería conservar? La dignidad de su conciencia... Cuando ésta le fue pedida, cuando se le exigió que la depusiera, él tuvo que renunciar a vivir. Y así Tomás Moro, cuya carrera política fue tan brillante, que ascendió a canciller de Inglaterra, sin mancillar su nombre –cosa bien difícil de lograr– tuvo que ser decapitado –por un rey que lo respetaba por ser un hombre honrado– el 6 de julio de 1535, después de decir en la obra de Bolt: “Soy leal súbdito del Rey, y rezo por él y por todo el reino... A nadie hago mal, de nadie digo mal, de nadie pienso mal. Y si esto no basta a mantener vivo a un hombre, a fe que no anhelo vivir”.

El tratamiento que Robert Bolt dio a la obra es en cierta forma épica, como una especie de derivación brechtiana. Se sirve, para dar el efecto de “distanciamiento” entre el espectador y la acción, de un personaje: el hombre ordinario, que va cambiando de trajes según lo requiere la acción, la cual él va comentando en su transcurso, incluso narrando hechos futuros. Este personaje, lamentablemente fue interpretado muy pobremente por Alfredo W. Barrón, quien tuvo escasos momentos afortunados, haciendo que se distorsionara la función de dicho personaje.

Como el autor confiesa en el Prefacio a Un hombre contra el tiempo, se sirvió de una serie de metáforas e imágenes que procuran hacer referencia a lo sobrehumano, para lo cual como él dice tomó “lo más grande, extraño e indescriptible: el mar y el agua. Las referencias que hago a barcos, ríos, corrientes, mareas, navegación... tienen ese propósito. La sociedad, por el contrario, tiene como figura la tierra seca”. Aun cuando como dice el propio autor “esto nadie lo notó”, es de advertir que logra un cometido en lo que se refiere a dar una atmósfera a los hechos y quizá lo que hizo que ese cometido no se cumpliera en su totalidad, fue que no marcó el autor para su escenografía ningún detalle que hablara de esos mares, de esos ríos y de esa agua, que él da como trasfondo a sus diálogos. Julio Prieto, creador de la escenografía, no hizo sino seguir los lineamientos dados por el autor y por ello no es culpable, ni de esa monumentalidad en la escenografía (aunque un poco, sí, de la escalera que resultó demasiado grande) ni de esas galerías aéreas, que en ningún momento hablan de agua. Si bien es correcto el deseo del autor de no hacer una escenografía naturalista, ni un vestuario estrictamente apegado al de la época (cosa bien interpretada por Guillermo Barclay) el no llevar hasta sus últimas consecuencias ese no realismo, fue en detrimento de la idea del propio autor. El suprimir la escena de la barca que se desliza por el río y del barquero que se queja de que aquellos que fijan las tarifas y hacen los reglamentos nunca han sido barqueros, hizo que la única visualización de esas metáforas acuáticas, no se llevara al cabo, lo que trajo como consecuencia que pasaran inadvertidas.

La interpretación que hace López Tarso, de Tomás Moro, presentándolo más como frío analítico –lo que no quita el apasionamiento de ciertos momentos– que como ardiente defensor de la ley –ya que la defendía con aplomo y serenidad–; más como hombre que gusta de la vida, que como héroe en busca de la muerte; más como ser que comprende a su sociedad y la acepta así –a pesar de sus errores– que como víctima de ella; más como hombre que perdona con benevolencia en vez de hacerlo con sacrificio; da por resultado que la personificación sea de factura extraordinaria.

La dirección de Seki Sano, da muestra clara de una perfecta comprensión de la obra, siendo consciente de que la posición de Tomás Moro, era en verdad delicada, ya que podría tomarse únicamente como un abogado del poder papal atacado en aquellos momentos por los reformistas y por el poder real, no siendo ésta la tesis que sustenta el autor. Supo dar a cada actitud su valor positivo, a cada gesto su adecuado objetivo, haciendo que el subtexto aflorara merced a un matiz, a un movimiento, a un desplazamiento escénico. Magnífico es el manejo de las áreas del escenario, con composiciones plásticas que parecen verdaderas estampas –estampas son en verdad algunos de los cuadros de que consta la obra, aunque no naturalistas, y quizá por ello más trascendentes. Y a sabiendas de que en una tragedia como ésta, lo fundamental es la idea que se lanza al espectador como un dardo a su conciencia, Seki Sano, esgrimió todos los recursos legítimos, para dar en el blanco, y acertó.

Antonio Gama, lo mismo que Óscar Morelli, realizaron sus respectivos papeles –de Ricardo Rich y Guillermo Roper– con riqueza en los matices y sobriedad en sus actitudes. Luz María Aguilar y Anita Blanch también interpretaron con altura esos personajes, aparentemente sin influencia en la vida de Moro, que son hija y esposa. Roberto Araya, en un papel de gran importancia, lamentablemente no estuvo a la altura de los requerimientos de su personaje, sonaba artificioso. Francisco Jambrina, aun cuando su personificación no puede calificarse de errónea, no tiene esa fuerza de caracterización que debe tener un actor que se precie de convertirse por unas horas en otro ser distinto del que es. Narciso Busquets, con una sola escena a su cargo, sale más que airoso de su empeño, no así Amado Zumaya, que en su única aparición se antoja totalmente falso, sin veracidad en cuanto dice, como alguien que no comprende lo que está representando, ni quiere identificarse con aquel que está interpretando.

El resto de los actores, sin pena ni gloria, pasan por la escena.

Buena experiencia ha sido para Seki Sano dirigir esta obra tan alejada de la técnica stanislavskiana y ni qué decir que la traducción de Salvador Novo, es una muestra más de su talento y de su dominio del lenguaje.

Robert Bolt se sitúa en la primera fila de los autores modernos con esta obra extraordinaria.