FICHA TÉCNICA



Título obra Las paredes oyen

Autoría Juan Ruiz de Alarcón

Dirección Jebert Darién y Martín Arena

Elenco Carlos Ancira, Carlos Bribiesca, Elda Peralta, Mario Delmar, Lourdes Canale, Regina Cardo, Farnesio de Bernal, Alberto Goya, Juan Allende, Humberto Huerta

Escenografía Manuel Felguérez

Vestuario Lilia Carrillo

Grupos y compañías Taller Teatral Mexicano

Espacios teatrales Teatro 5 de Diciembre

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 17 marzo 1963, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Las paredes oyen]

Mara Reyes

Las paredes oyen. Sala 5 de Diciembre. Autor, Juan Ruiz de Alarcón. Dirección, Jebert Darién y Martín Arena. Escenografía, Manuel Felguérez. Vestuario, Lilia Carrillo. Reparto: Carlos Ancira, Carlos Bribiesca, Elda Peralta, Mario Delmar, Lourdes Canale, Regina Cardo, Farnesio de Bernal, Alberto Goya, Juan Allende y Humberto Huerta.

Un nuevo grupo: el Taller Teatral Mexicano, inicia sus labores probando suerte con la puesta en escena de una obra clásica: Las paredes oyen, del dramaturgo mexicano Juan Ruiz de Alarcón, al que en nuestro país tanto se admira, no sé a ciencia cierta si por sus calidades propias y verdaderas de escritor, o si por haber vivido en España, hecho que le reportó el reconocimiento de los españoles (pues por buen escritor que haya sido, si no hubiera vivido en la “madre patria”, era difícil que los españoles lo incluyeran entre sus clásicos y que hubiera adquirido la fama que adquirió en la España de los Felipes). ¿Y no será que el reconocimiento de los extraños, trajo por añadidura el de los propios?

Si bien es verdad que los españoles lo consideran como un continuador de la escuela de Lope, no se debe olvidar que Juan Ruiz fue varias veces atacado por el Fénix de los Ingenios, y él mismo fue agresor más de una vez, con su pluma, de su antecesor, a quien frecuentemente lanzaba pullas como aquella de que Lope de Vega era un “envidioso universal de los aplausos ajenos”, llegando a grado tal, que Lope de Vega llegó a ser aprehendido por suponerse que había sido él quien lanzara en el teatro una redoma de “olor tan infernal que desmayó a muchos que no pudieron salirse tan aprisa”, según contara Góngora al hacer referencia a la representación de El Anticristo de Alarcón.

Muchos son los ataques que recibió Alarcón en su carácter de escritor, y como el punto vulnerable era su deformidad física –ya que era corcovado– a ella se enfilaban las agujas, firmadas lo mismo por Quevedo, que por Góngora, por Vélez de Guevara, que por Salas Barbadillo, por Lope de Vega, que por Pérez de Montalbán y muchos otros.

Sus comedias tienen reminiscencias de Menandro, por cuanto busca hacer de sus personajes no meros tipos que se dejan llevar de las circunstancias, sino caracteres, con una sicología definida que se ven envueltos en conflictos, o que los suscitan ellos mismos, pero siempre encuadrados en una realidad humana. Hay en las comedias de Alarcón, como dice don Antonio Castro Leal, “un orden que trata siempre de justificar el desarrollo de la acción y las ondulaciones de la conducta, y, en las mejores, un equilibrio entre la intriga y el carácter de los personajes”.

En Las paredes oyen, la anécdota, si bien es suscitada por un hecho circunstancial no se atiene, sin embargo, a los cánones de la comedia de circunstancias, sino más bien a la de enredo, ya que de aquella situación nace un juego de ingenio y no de azar. No es una situación anómala que se aclara por un hecho fortuito, sino un bien trazado enredo, conscientemente elaborado, el que nace en la trama, y que tiene como objetivo primordial hacer una crítica de caracteres, para escarmiento del vicio y triunfo del amor verdadero.

El resorte, pues, es el amor, como en casi todas las comedias de la época, pero visto más como una necesidad vital, que como un juego de salón. Ha querido verse en la comedia rasgos autobiográficos, ya que el personaje de don Juan tiene ciertas coincidencias con el autor, más bien desgarbado, si no jorobado, retraído a causa de su condición física, si bien alegre, inquieto y buen conversador, cortés y festivo, ¿pero no podría también pensarse en que esta obra haya sido para Ruiz de Alarcón una interpretación muy personal –nacida de su propia experiencia– del don Juan seductor? También aquí aparece una doña Ana y también una especie de celestina, que es Celia, y gana el amor de la viuda por medios no muy lícitos, como el de fingirse colaborador de un rival. Y si hay algo en la obra de autobiografía, ¿no es bien sabido que Alarcón gustaba de las damas y que las seducía a pesar de su deformidad, o quizá precisamente por ella? De lo que se infiere que él tuviera un concepto del donjuanismo bien diferente del tradicional.

Y es precisamente don Mendo, que viene a representar al clásico donjuanismo, con sus amores fingidos, con sus devaneos, con sus fórmulas y técnicas en aquello de conquistar mujeres, el que se ve frustrado, ridiculizado y vencido por el nuevo don Juan, virtuoso y sincero en su amor, de mal talle pero dueño de un ingenio y osadía muy particulares.

El montaje de la obra ha sido con un mínimo de elementos escenográficos, los indispensables para precisar la época y un ambiente determinado, complementado con carteles que anuncian el lugar en que se sitúa la acción, y por el vestuario.

La dirección de escena de Jebert Darién y Martín Arena, se advierte coja, como si en algo se hubiera querido corregir alguna falla inicial, lo que da a la dirección un cierto desequilibrio. El verso fue sobre todo muy bien dicho por Carlos Bribiesca y Carlos Ancira. La comicidad encontró en Farnesio de Bernal un buen trasmisor. A Elda Peralta le falta desenvoltura, aunque le sobra buena voluntad; Lourdes Canale, Regina Cardo y Mario Delmar, discretos, y en Alberto Goya se advierte un buen motor: su mímica, pero le falta una buena voz que lo respalde.

En todos los intérpretes se advierte un gran amor a su trabajo. Ha sido un loable esfuerzo el del Taller Teatral Mexicano el de poner esta obra del clásico español y mexicano: Juan Ruiz de Alarcón.