FICHA TÉCNICA



Título obra Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores

Autoría Federico García Lorca

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Magda Guzmán, Micaela Castejón, Miguel Maciá, Mercedes Ferriz, María Wagner, María Estela Abreu, Clementina Lacayo, Margarita Galván, Carmen Abreu, Aurora Alonso, Margot Wagner, Luis de León, Sandra Castañeda, Irma Lozano, Manuel Lozano, Luis Duval

Escenografía David Antón

Vestuario Tirzzo Fuentes

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 10 marzo 1963, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Doña Rosita la soltera]

Mara Reyes

Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores. Teatro Milán. Autor, Federico García Lorca. Dirección, Luis G. Basurto. Escenografía, David Antón. Vestuario, Tirzzo Fuentes. Reparto: Magda Guzmán, Micaela Castejón, Miguel Maciá, etc...

Siempre que se tiene la oportunidad de ver bien representada una obra de Federico García Lorca, los sentidos se ponen de fiesta y la emoción se altera, porque nadie como el granadino, truncando en su plenitud, para hurgar dentro del espíritu humano, con toda la fuerza dramática de un trágico y toda la ternura de un poeta.

Si para García Lorca el teatro era literatura, no era sin embargo una literatura estática, fría, o sólo lírica, sino como él mismo decía, para él, el teatro era “la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse, habla y grita, llora y se desespera”. ¿Contradicción o paradoja que un dramaturgo de la garra de Lorca y de su enorme sentido dramático hable de que el teatro es literatura? No, lo que ocurre es que estaba tan arraigado en él lo dramático que le parecía cosa natural de poseer.

Doña Rosita la soltera, o El Lenguaje de las flores, comenzó a germinar en la mente del poeta desde el año de 1924 cuando Moreno Villa, gran amigo de Lorca le contó la historia de una flor: “la rosa mutabile” de un libro de rosas del siglo dieciocho: “Y cuando acabó el cuento maravilloso de la rosa, yo tenía hecha mi comedia” –dijo Lorca–, no obstante no la escribió sino hasta 1935, terminándola definitivamente en 1936. La obra fue estrenada por Margarita Xirgu, en Barcelona, y en ella aparece con una fuerza plena de solidez la angustia de la espera. Lo mismo que en La casa de Bernarda Alba, la figura masculina está presente en todo momento aun cuando el hombre esté ausente de cuerpo, su presencia espiritual es mayor que la corporal. Sólo que en Doña Rosita... el problema central es otro, aunque deriva de las mismas condiciones deprimentes de vida; para describir el conflicto de esta obra nada mejor que las propias palabras de Federico García Lorca: “Doña Rosita es la vida mansa por fuera y requemada por dentro de una doncella granadina, que poco a poco se va convirtiendo en esa cosa grotesca y conmovedora que es una solterona en España”. Pero Lorca nunca ataca un problema en abstracto, sin situarlo en la época y en las circunstancias concretas que originan los problemas íntimos, de ahí que añada: “Transcurre el primer tiempo en los años almidonados y relamidos de mil ochocientos ochenta y cinco. Polisón, cabellos complicados, muchas lanas y sedas sobre las carnes, sombrillas de colores...Doña Rosita tiene en ese momento veinte años. Toda la esperanza del mundo está en ella. El segundo acto pasa en mil novecientos. Talles de avispa, faldas de campánula, Exposición de París, modernismo, primeros automóviles... Doña Rosita alcanza la plena madurez de su carne. Si me apuras un poco casi te diría que un punto de marchitez asoma a sus encantos. Tercera jornada: mil novecientos once. Falda entravée, aeroplano. Un paso más, la guerra. Digiérase que el esencial trastorno que produce en el mundo la conflagración se presiente ya en almas y cosas”. Y más adelante al hacer la síntesis agrega: “(es) el drama de la cursilería española, de la mojigatería española, del ansia de gozar que las mujeres han de reprimir por fuerza en lo más hondo de su entraña enfebrecida”. Para terminar inquiriendo: “¿Hasta cuándo seguirán así todas las doñas Rositas de España?”.

Al dirigir Basurto esta obra tenía que tener pues en cuenta toda esa cursilería, esa mojigatería a la que hace referencia Lorca, sin dejar en ningún momento de hacer sentir esa atmósfera de poética belleza que da este autor con su pluma a todo lo que toca. Y esto lo logró Basurto ampliamente. Pasajes como el de las Manolas del primer acto, en que va entreverado el aliento de finura poética con la pintura de un ambiente corroído por la cursilería o como el del segundo acto, de las solteronas, en que se entrelaza lo lírico con lo ridículo, lo jocoso con lo dramático, fueron logradas con verdadera maestría, tanto por Basurto, como por las actrices que toman parte en esas escenas.

A dar esa atmósfera contribuyó en buena parte David Antón, cuya escenografía va siendo como el hilván que une todos los elementos dispersos de una época (1885 a 1910) y junto con la escenografía el vestuario de Tirzzo Fuentes y la selección musical.

La creación que hace Magda Guzmán del personaje de Rosita, es digna de hacer historia. ¡Qué forma de combinar el matiz dramático y doloroso de quien es víctima de una época de prejuicios con la ternura de quien busca la ilusión, pero conoce su realidad y se resigna a fingir que ha encontrado esa ilusión y que la vive! ¡Cómo sabe traslucir en esa espera resignada –a sabiendas que no hay nada que esperar– la angustia del ser que sabe su destino y se dispone a cumplirlo matando todo lo que de vital pudiera tener encerrado en sí misma! Magda Guzmán con esta interpretación está llamando a las puertas de la gloria.

Micaela Castejón, está pintada en el papel del Ama, uno de esos seres que estaban destinados a vivir de una vida ajena, de aflicciones y alegrías prestadas; su personificación está llena de gracia, a la española.

Miguel Maciá, sobrio, en su papel del Tío, saca adelante su escena del primer acto –que es el pivote de la obra– con toda la limpieza emotiva que exige el verso lorquiano. Maciá sabe decir el verso –lo demostró ampliamente al desempeñar el papel del Comendador en Fuenteovejuna– y sabe proyectar la dulzura que pide el poeta y dramaturgo creador de Doña Rosita...

Mercedes Ferriz, con esa mala costumbre de ver al público, rompía en momentos la interrelación de los personajes; por otra parte su actuación es bastante plana, falta de matiz.

El resto de los papeles, todos breves, fueron interpretados con colorido, lo mismo las Manolas –María Wagner, María Estela Abreu y Clementina Lacayo– que las Solteronas –Margarita Galván, Carmen Abreu, Aurora Alonso– que la madre de las solteronas: Margot Wagner; que el catedrático: Luis de León; que las dos Ayola: Sandra Castañeda e Irma Lozano; y que los dos galanes: Manuel Lozano y Luis Duval.

En todos estos personajes, bordados con mil detalles, se adivina la mano de Basurto, que supo trabajarlos con todo acierto.