FICHA TÉCNICA



Título obra La bella del anzuelo

Elenco Wang Fu-Yung, Chung Fu-Wen

Eventos Presentación de la Ópera China en México

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 20 enero 1963, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Ópera china]

Mara Reyes

Un acontecimiento ha sido la presentación de la Ópera China, espectáculo con el que se abrió el año 1963. Al ver este género de teatro no puede uno desprenderse de su punto de vista de espectador occidental: buscamos lo que estamos acostumbrados a encontrar en nuestra dramaturgia y al no encontrarlo nos quedamos desconcertados, como el niño que descubre un nuevo mundo en cada cosa que ve. Al mismo tiempo somos incapaces de percibir toda la profundidad de ese mundo; nos quedamos apenas mirando la superficie, ya que nuestra tradición es otra, y otro nuestro lenguaje –no idioma, que ese es traducible. Para nosotros la significación de cada movimiento y de cada gesto es sólo estética, no así para el chino que encuentra en cada uno de ellos un símbolo, además del goce emotivo que para él pueda representar.

Se dice que la ópera china debió su nacimiento por un lado a rituales de carácter religioso y por el otro a la necesidad de diversión de los palacios cortesanos. Algo definitivo en el nacimiento de este teatro fue el culto a los muertos, pues en este culto (de los penantes) una persona se disfrazaba de aquel pariente querido que había muerto, imitaba su voz, sus gestos y poco a poco comenzó a representar las situaciones más vitales de su existencia para de este modo tratar de mantener vivo el recuerdo de aquél, creándose y añadiéndose paulatinamente los elementos que después formarían el conglomerado que es el espectáculo como tal.

Lo curioso es que la tradición ha sido cuidadosamente conservada a través de los siglos. Desde el siglo VII a. C. ya aparecen documentos sobre la vida de Confucio relativos a la existencia de teatros y lo extraño es que muchos de los dramas clásicos que se representan hoy en día fueron vistos –casi exactamente iguales– hace trescientos o más años. Sin embargo no es, como en el teatro occidental, el poeta o dramaturgo el pivote sobre el que descansa el espectáculo, no, éste no depende de la trama y de las ideas que se expresan, sino del cómo se realiza la trama y cómo se dicen esas ideas. De ahí que sea un arte vivo. El mayor atractivo para el espectador de la ópera china es pues: el actor.

Otra característica de este teatro es que da margen a que el espectador chino utilice ampliamente su imaginación; no lo circunscribe a un espacio ni a un tiempo limitados sino que por medio de un lenguaje simbólico le señala qué es lo que el espectador debe imaginar. Se sabe por ejemplo que dos banderas con una rueda dibujada en ellas es un carro y que un abanico junto al rostro del actor significa que se da un paseo bajo el Sol; las máscaras y toda la indumentaria –y maquillaje–, de una belleza y riqueza increíbles, tienen también significaciones especiales, los colores con que va pintado o vestido un personaje dan a conocer su rango social –o cargo que ocupa–, y además su carácter. Y como éstos hay cientos de convencionalismos en la ópera china, los cuales forman un verdadero código que se transmite de generación en generación y que es respetado por los actores que tienen en el público a un juez intransigente.

¿A qué se debe esta cantidad de simbolismos? cabe preguntarse. Hay tantos convencionalismos que es indudable que un chino podría comprender el espectáculo con sólo su atención visual y entonces se ocurre una posible explicación: es sabido que en China hay tantos dialectos que es imposible para un habitante de una ciudad ir a otra sin encontrarse con las dificultades de comunicación que da el no comprender lo que se habla. Así pues fue quizá por medio de los símbolos y convenciones que la ópera china encontró la fórmula para hacer que ella fuera comprendida por los habitantes de todas las regiones de la China.

No obstante, esto no quiere decir que el aspecto plástico –aun cuando predomina–, reste importancia a los demás aspectos, pues este teatro es un espectáculo en el que se amalgama la acrobacia con la música, el canto con la palabra, la pintura con la danza.

Muchos son los lazos de unión de este teatro con el teatro clásico griego: lo mismo los convencionalismos de la indumentaria, que la precaria escenografía que sólo sirve para abrir las puertas de la imaginación y viene a ser más un recurso para sugerir que para ambientar; el coturno inclusive que puede verse en los actores de la ópera china, lo mismo que se veía en los del teatro griego. Un rasgo peculiar es el que los papeles femeninos, en el teatro griego eran realizados por hombres, y en la ópera china este fenómeno ocurrió durante siglos y no ha sido sino hasta últimas fechas que la mujer ha entrado a formar parte del espectáculo realizando los papeles y “coreografías” que antes fueron perfeccionados por hombres. Estas similitudes se refieren sólo a la parte externa del espectáculo.

La música de la ópera china es fundamentalmente melódica y rítmica y algo que llama la atención es la tendencia tanto por el timbre de los instrumentos, como por la propia voz de los intérpretes, a utilizar el registro agudo. De admirar es el entrenamiento extraordinario de estos actores, músicos y danzantes, que realizan sus trabajos con una precisión y justeza que revela un dominio absoluto de su oficio.

Por supuesto nosotros hemos visto un espectáculo semiadaptado a nuestras costumbres, de dos horas de duración, pero en China, según noticias, éste comprende en una misma función: un ballet (pantomima, canto y baile); un drama de amor cantado; un drama histórico con bailes guerreros, otro drama cantado y una farsa con canciones cómicas. Así pues los espectadores se pasan todo un día en el teatro, donde comen alrededor de sus mesas, mientras escuchan y ven.

Pero como no se trata aquí de hablar de lo que dicen los libros sobre la ópera china, pues no hay arte que pueda comprenderse leyendo lo que de él se dice, sino viendo cómo es, cómo se plasma y sintiéndolo directamente, es mejor atenerse a lo que nuestra visión de occidentales puede captar. Para gustar cualquier arte hace falta una educación y el contemplar un arte desconocido aunque tenga siglos de tradición, es algo nuevo para quien lo ve por vez primera y no puede sino sorprenderle. Podemos gustar de sus aspectos estéticos –sobre todo de aquellos que estamos acostumbrados a ver en nuestro teatro o en nuestra música o ballet–, pero no podemos mudar nuestra percepción y gustar íntegramente de un arte para el que no estamos educados. De tal modo sorprende la magnificencia de su vestuario, sorprende la belleza maravillosa de sus danzas, la precisión de sus acrobacias; sorprenden las calidades de su música y la riqueza extraordinaria de sus máscaras, pero nunca tendrá para nosotros este arte la significación íntima profunda que puede tener para un espectador chino.