FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 1962 con un apartado sobre la censura de la Oficina de Espectáculos

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Contemplando 1962 - I”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 30 diciembre 1962, p. 7.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Contemplando 1962 – I

Mara Reyes

Revisar la actividad teatral de un año se hace obligatorio, es como hacer la contabilidad de cuánto hemos recibido y cuánto hemos gastado. ¿El saldo? En mi opinión, no es nada favorable. Especialmente si aceptamos la premisa de que lo más importante de la actividad teatral es la producción nacional, se llega a la conclusión de que la línea de nuestro teatro ha ido en un franco descenso en relación al año 1961.

Es casi bochornoso el hecho de que las siete decenas, aproximadamente, de obras que se han montado en el año, sólo el diez por ciento o sea siete, sean estrenos de autores mexicanos.

Si sólo catorce obras mexicanas fueron las que se dieron a conocer el año pasado (además de tres bodrios que no pueden siquiera considerarse obras teatrales), este año el número se redujo a la mitad, y así, los únicos autores que estrenaron obra fueron: Anselmo Castillo Mena, que se dio a conocer como autor con El roce quemante de la ortiga; Miko Viya, que también se dio a conocer con La alcoba de las reinas; José María Camps, estrenó Cacería de un hombre; Carballido, Teseo; Luis G. Basurto, Íntimas enemigas; Salvador Novo, Cuauhtémoc, y Wilberto Cantón, Nosotros somos Dios.

Y si la cantidad es exigua, en calidad es mejor no sacar un porcentaje, pues apenas se salvan Teseo y Cuauhtémoc que son buenos intentos, fuera de ellas, alguna como La alcoba de las reinas, el tomarla en cuenta resulta una vergüenza para el teatro mexicano; El roce quemante de la ortiga es de una mediocridad abrumadora; Íntimas enemigas es una pieza falsa y rebuscada; Cacería de un hombre y Nosotros somos Dios, son dos obras débiles.

En resumen, si lo más sobresaliente son las dos obras que presentó el teatro Xola: Teseo y Cuauhtémoc por tratarse de obras en un acto ¿llenarán los requisitos para ser consideradas como las mejores de 1962?

Dentro de las temporadas de teatro experimental montose una obra mexicana, que es la última escrita por Luisa Josefina Hernández: Escándalo en Puerto Santo, que constituyó un éxito para esta autora, ya que es una pieza viva, bien construida, didáctica y resuelta con medios técnicos del tipo brechtiano, bien asimilados.

Es evidente, pues, que el año fue excesivamente precario en cuanto a producción nacional ¿cuál puede ser el motivo? ¿La falta de estímulo que tienen los dramaturgos? ¿Los obstáculos económicos? Es bien sabido que las instituciones como la ANDA y la Federación Teatral no paran mientes jamás en las diferencias que hay entre el teatro “comercial” y el “cultural” –por llamarlo de alguna manera– y que tienen las mismas exigencias para uno que para el otro, con lo cual limitan las posibilidades de aquellos que desean montar buen teatro profesionalmente, y esto, como es natural, repercute directamente en el teatro escrito, ya que los autores que quieren ver representadas sus obras se ven obligados o a hacer concesiones con el teatro comercial o a resignarse a guardar sus obras en el cajón.

Reposiciones

La actitud de la organización oficial –el INBA–, si bien quiso dar un estímulo a los autores mexicanos al montar su Temporada de Oro del Teatro Mexicano –temporada que afortunadamente tuvo gran éxito popular– al haberse limitado a montar piezas ya estrenadas anteriormente –con la salvedad de Cacería de un hombre, de Camps–, dio poco margen a los autores a estrenar nuevas obras.

Es de todas formas loable la labor continua que realizó el INBA en esta temporada, en la cual se repusieron: Los signos del Zodiaco, de Sergio Magaña; Los desarraigados, de Humberto Robles Arenas; Rosalba y los llaveros, de Emilio Carballido; El color de nuestra piel, de Celestino Gorostiza; Despedida de soltera, de Alfonso Anaya; El niño y la niebla, de Rodolfo Usigli; Hoy invita la Güera, de Federico S. Inclán, y Atentado al pudor, de Carlos Prieto.

Fuera de esta temporada hubo una sola reposición de obra mexicana que fue la que se hizo de La danza que sueña la tortuga (que en su estreno llevó el nombre de Palabras cruzadas) de Emilio Carballido. Y dentro de las temporadas experimentales, se montaron tres reposiciones, se trata de los autos profanos de Xavier Villaurrutia: El ausente, En qué piensas y Ha llegado el momento, autor cuyo teatro, para estas fechas se siente anticuado y poco vigente, con un diálogo discursivo y si bien quiere ser ingenioso, peca de superficialidad.

Censura

Este año, como es ya costumbre, la Oficina de Espectáculos también dio que hablar. ¿No sería hora ya de que la gente de teatro, y en general, todos los artistas, hicieran algo para evitar que el teatro continúe teniendo sobre sí esta espada de Damocles? ¿Cómo va a evolucionar nuestro teatro si sobre él se yergue siempre la amenaza de una censura vergonzosa?, porque vergonzoso es que en los tiempos que corren, de supuesta democracia, aún exista esta especie de inquisición que prohíbe a los hombres ser adultos y que trata de convertirlos en niños.

Porque ¿qué es la censura? “Dictamen acerca de una obra. –Corrección o reprobación de algo. Murmuración.” Así reza el diccionario. En México, como en muchos países, esta definición debería modificarse por acepciones más cercanas a la realidad, como por ejemplo: “Prohibición de una obra por abuso de autoridad”, o “Privación absoluta de la libertad de expresión” o “Castigo que se impone a un artista cuando quiere hacer arte”, etc. Y es que estamos viviendo una situación en la que el arte no puede ejercerse libremente sin arriesgarse a que sea considerado como un acto delictivo, cuando debería respetarse como uno de los derechos del hombre.

En el teatro cada vez que ocurre una de esas prohibiciones, de lesa libertad, sobreviene la sorpresa, la incredulidad de que en México, país al que se aplica en todos los tonos el calificativo de “democrático” (ya se ve que al artista no se le toma como parte de esa democracia), puedan suceder actos de censura, prohibiciones que se llevan a cabo por todos los medios, no sólo por la ya tan desprestigiada Oficina de Espectáculos, sino por conductos menos obvios, pero más coercitivos.

El teatro no es sino una rama del arte y si esta “ley” de represión rige para quienes hacen arte, están amenazados y corren iguales riesgos todos aquellos individuos que tienen algo que ver con el pensamiento: escritores, pintores, escultores, músicos, etc... porque actualmente está prohibido pensar, tener ideas y, sobre todo, expresarlas, por cualquier medio que éste sea.

Estamos en la época en que en el teatro se pueden ver vodeviles, con los eternos triángulos (muy morales), obras de crímenes (el crimen siempre ha estado permitido) o comedias cuyo lenguaje es una colección de chistes (de doble sentido, y no siempre muy decente); siempre y cuando dichas obras no presenten ningún problema de fondo, ninguna idea profunda.

Son las formas y los temas predilectos de nuestras autoridades. Que no se dé una idea, que no se haga ninguna crítica al orden social, o moral de nuestra excelsa sociedad, que no se pretenda hacer arte, porque entonces éste es prohibido o exorcizado. No hemos pasado, aún, la época de la quema de brujas.

En cuanto a eso de salvaguardar la “moral” pública, los censores se contradicen, puesto que si una obra que ataca y critica los vicios y lacras de una sociedad les parece “inmoral”, quiere decir que para que una obra sea “moral”, ésta debe alabar esos vicios o al menos no criticarlos.

Si los actos de la censura hubieran sido aislados, se podrían mirar como el fruto de la casualidad, pero cuando un hecho se repite sistemáticamente y siempre por los mismos motivos, se llega a la conclusión de que se trata de un síntoma. ¿Y qué es el síntoma, sino la representación concreta con que se hace patente una enfermedad?

Todos aquellos artistas que en épocas pasadas han padecido la censura que prohíbe, que persigue, que se impone con violencia, han sido víctimas de la enfermedad de su época. ¿Cuál es la enfermedad de nuestra época? Hay que recordar que así como las infecciones producen calenturas y forman anticuerpos, como medios defensivos del organismo, las enfermedades relativas a los sistemas que rigen a las sociedades también producen en los pueblos reacciones cuando estos quieren salvaguardar su integridad.

Es necesario, pues, que aquellos que ponen en práctica cualquier género de censura, se percaten que no puede actuarse en forma violatoria impunemente, especialmente cuando se viola el mayor atributo del hombre: el pensamiento. Esta es una enfermedad de la que el hombre deberá curarse si no quiere que esta le prive un día de su condición humana.