FICHA TÉCNICA



Título obra La heredera

Notas de autoría Henry James / autor de la novela Washington square; Ruth y Augustus Goetz / adaptación teatral; José Méndez Herrera y José Luis Alonso / traducción

Dirección Hugo Macías

Elenco Eva Muñoz (Chachita), Francisco Jambrina, Germán Robles, Virginia Manzano, Gloria Silva

Escenografía Enrique Reyes

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 9 septiembre 1962, p. 7.




Título obra Los derechos de la mujer

Autoría Alfonso Paso

Dirección Enrique Rambal

Elenco Lucy Gallardo, Enrique Rambal, Guillermo Rivas, Guadalupe Andrade (Lupe), Ada Carrasco, Queta Lavat, Jorge Lavat

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro del Músico

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 9 septiembre 1962, p. 7.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[La heredera, Los derechos de la mujer]

Mara Reyes

La heredera. Teatro del Bosque. Autor, Henry James. Adaptación, Ruth y Augustus Goetz. Traducción, José Méndez Herrera y José Luis Alonso. Diseños y coordinación, Enrique Reyes. Reparto: Eva Muñoz, Francisco Jambrina, Germán Robles, Virginia Manzano, etcétera... Dirección, Hugo Macías.

De la novela Washington Square, del autor británico –aunque de origen norteamericano– Henry James, hicieron una adaptación teatral en Alemania: Ruth y Augustus Goetz (también la cinematografía se interesó en el tema haciendo igual una adaptación). La pieza teatral fue presentada en México hace varios años y hoy es repuesta por un director que se inicia con esta obra en el arte de dirigir, arte que muchos creen fácil de improvisar.

Aunque desconozco la lengua alemana, cabe la sospecha de que los traductores no se limitaron a traducir, sino que quisieron colaborar con los adaptadores, de tal manera inconsistente es la obra en su construcción teatral: los finales de cuadro son totalmente inadecuados y los caracteres de los personajes aparecen desvirtuados de su original en la novela.

Pero lo que colma el vaso es la dirección de escena; Hugo Macías parece no tener idea de las épocas. ¿Cómo es posible que en 1880 al regresar a Nueva York de un viaje por Europa Hellen lleve un paquete con ropa, envuelto con papel de china y pegado con durex? ¿Cómo es posible que saquen en escena un retrato de la madre de Hellen, vestida con una ropa por lo menos un siglo anterior? ¿Cómo es posible que haya permitido a Gloria Silva entrar a escena y subir la escalera con un paraguas, colocado bajo el brazo como la espada de Artagnan?

La pésima dirección no sólo es notoria en este tipo de detalles en los cuales abunda, sino en la disparidad de movimientos y gestos de los actores. Jambrina, natural, con esa naturalidad que a veces se pasa de la raya, y Virginia Manzano afectada, caminando como si fuera sobre patines, nada espontánea, tratando de dar a sus gestos un refinamiento que si bien podía decirse que era propio de la época, ninguno de los demás actores lo tiene. Y esto no es todo, si por lo menos hubiera cuidado que el carácter de los personajes estuviera apegado al original, pero a Morris lo dirigió de manera que su interés pecuniario fuera tan obvio que jamás habría engañado a la propia Hellen, por inferior que ella se sintiera ante el mundo. Y el padre, el doctor Sloper, tan falto de vigor y justificando tanto su actitud que en ningún momento puede explicarse que tuviera tan increíblemente apocada a la hija. Si al padre le falta fuerza, ¿de dónde iba Helen a sacar la suya en el momento decisivo? ¿Cómo iba a provocarse una reacción tan violenta en ella? ¿Cómo justificar la dura increpación que ella le hace al padre en el momento en que éste está en vísperas de su muerte?

En lo que se refiere a la actuación, Evita Muñoz, a la que en teatro no se le había brindado una oportunidad como esta, realiza un trabajo magnífico, especialmente tomando en cuenta que en el director no pudo tener siquiera un guía; no se puede decir que haya sido una revelación por cuanto sus dotes son bien conocidas desde su infancia, pero sí que sorprendió la propiedad de su interpretación.

El personaje que sufrió una alteración mayor al ser dirigido fue el que desempeñó Germán Robles, así pues, a este actor no puede culpársele de haberlo desvirtuado, pero sí de la poca fuerza dramática de su llamado, que debe ser desesperado, al final de la obra.

La escenografía, que parece ser de Enrique Reyes, no mostró de ninguna manera que la casa del Doctor Sloper fuera la de una familia más que adinerada (es precisamente el dinero lo que suscita el conflicto dramático) por el contrario parecía más bien la casa de una familia modesta de la clase media. Cuando la escenografía no sabe encuadrar los problemas teatrales en su correcto ambiente, la obra cae por tierra. El teatro es un arte de conjunto en que no puede fallar ninguna de sus partes.

Los derechos de la mujer. Teatro del Músico. Autor, Alfonso Paso. Dirección, Enrique Rambal. Escenografía, Julio Prieto. Reparto: Lucy Gallardo, Enrique Rambal, Guillermo Rivas, Lupe Andrade, Ada Carrasco, Queta Lavat, [Jorge] Lavat, etcétera...

Después de un descanso, Rambal vuelve a la escena con una obra de Alfonso Paso: Los derechos de la mujer. En ella el autor hace una crítica a la forma actual del matrimonio, en el que la mujer descuida las labores domésticas para dedicarse, a profesiones que antes eran del dominio del hombre. Paso, siempre se ha caracterizado en sus obras por el tono jocoso que tienen tanto sus argumentos como la forma en que están éstos escritos, y aunque casi siempre velado, hay en sus obras una llamada de atención e los problemas de índole moral o social.

En esta obra su propósito moralizante es indudable, pero está realizado en tal forma que resulta un juego malabar de gran destreza, es una especie de El mancebo que casó con mujer brava, sólo que el hombre en vez de usar la violencia para domeñar a la mujer emplea la Pasividad. Es una típica comedia para divertir, con moraleja y de excelente factura –aunque la moraleja, para la mujer de hoy, resulta bastante deprimente.

De Rambal y de Lucy Gallardo no es necesario decir que el trabajo de ambos es como siempre: simpáticos, con más “tablas” que un camión de acarreo, Lucy tiene momentos de gran lucimiento como el de su borrachera y Rambal otros igualmente buenos, pero sobre todo su dirección de escena es de esas que por llenas de detalles son poco frecuentes: la comedia está materialmente bordada con esos detalles. La iniciación del segundo acto en que los tres personajes callados permanecen cosiendo mientras ponen el radio para oír una comedia, es uno de los logros mayores que una de este género puede aportar.

Muy bien Guillermo Rivas y Queta Lavat. Correctos Lupe Andrade –en un papel difícil–, Ada Carrasco lo mismo que el resto del reparto.

La escenografía de Julio Prieto, sin pena ni gloria, se atiene a las necesidades, y esto ya es un mérito.