FICHA TÉCNICA



Título obra La jaula de oro

Notas de Título Portrait in black

Autoría Ivan Goff y Ben Roberts

Notas de autoría Othón Gómez / adaptación

Dirección Jesús Valero

Elenco Yolanda Mérida, Fedora Capdevila, Nicolás Rodríguez, Joaquín Cordero, Mario Garciés, Fernando Mendoza

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Nuevo Teatro Virginia Fábregas

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de La jaula de oro de Goff y Roberts en el nuevo teatro Fábregas”, en Novedades, 29 enero 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de La jaula de oro de Goff y Roberts en el nuevo teatro Fábregas

Armando de Maria y Campos

Es indudable que el teatro ejerce cierta extraña, misteriosa y fascinadora influencia sobre los que para él escriben, fascinación a la cual es posible que no cedan desde el primer momento, pero ante la que sucumben, al fin y a la postre, convirtiéndose en sus más sumisos esclavos. Tanto sus dificultades como sus oportunidades tienen algo de hechizo. El novelista puede sugerir cuanto a menudo debe el dramaturgo describir y precisar, mientras que en arte del teatro los pensamientos más íntimos de un personaje son dificilísimos de indicar sin el empleo de ese expediente monótono llamado el aparte. El realismo del teatro moderno ha matado casi el aparte, consecuencia natural de que se haya abusado tanto de él. Podemos tolerar y aun precisar el soliloquio cuando viene de un autor clásico, pero parece extraordinariamente fuera de lugar cuando la escena representa un aposento moderno con teléfono. Existe evidentemente algo a lo que pudiera llamarse el agotamiento del ingenio. En su afán de ser originales muchos autores sin ingenio –menos con genio– o con el ingenio cansado, recurren a procedimientos en extremo forzados o a recursos corroídos por la polilla, y nos los dan, envueltos en técnicas que pretenden ser modernas porque se emplean con frecuencia, pongamos por caso en la televisión, más propiamente en el teatro por televisión que es una mixtura de cine antiguo y de teatro fotografiado.

La pieza La jaula de oroPortrait in black– de los autores Ivan Goff y Ben Roberts, al parecer ingleses y desconocidos en México, es un ejemplo de teatro que exhibe un caso de agotamiento de ingenio envuelto en recursos caídos en desuso. La propaganda que previamente se hizo al estreno de esta pieza, y que no ha sido rectificada, asegura que alcanzó "siete años de éxito incomparable en el teatro Ascot, de Londres". Creo que en esto hay pérfida exageración. O que la versión que nos han dado en el nuevo teatro Fábregas se aleja mucho del original. No se explica de otra manera lo infantil y pueril del argumento de esta pieza que se da como ejemplo de escalofriante suspense, dentro del muy rico llamado teatro de misterio, y que a la postre se resuelve como un cuento de miedo para los niños, o para auditorio párvulo.

Los autores Goff y Roberts, muy señores nuestros, no lograron construir una pieza original, como parece ser que se lo propusieron cuando se decidieron a presentarla en cuadros incompletos ligados por oscuros –o instantáneos apagones– que no justifican el corte arbitrario o a capricho. Lejos de provocar con este método el suspenso anhelado, desorientan y fatigan al público, ya desconcertado previamente por esa absurda manía de algunos autores nuevos de usar fondos musicales para ayudar a la imaginación de los espectadores. El fondo musical como comentario de una situación dramática, o paralelo al desarrollo de la acción, es tolerable a veces en el cine por razones obvias. Pero en el teatro el espectador no precisa de sugerencias para identificarse con la acción externa de la obra e interna en el carácter de los personajes, porque en el verdadero teatro el autor lo debe de decir todo por la boca de los actores.

Una acción dramática que precisa para caminar de las muletas musicales, no puede llegar muy lejos, porque revela que está coja, baldada; en fin, que no puede caminar sola. Los autores de La jaula de oro, abusan de los fondos musicales hasta provocar la jaqueca de los intérpretes, única explicación que el público encuentra a las múltiples incoherencias en que abunda el diálogo. Finalmente, los señores Goff y Roberts tampoco aciertan a crear personajes de esa carne y de ese hueso de que son los protagonistas de las novelas policíacas que leen millares de hombres ocupados para despreocuparse. Es tan desconcertante la pieza de los señores Goff y Roberts, y tan ilógico el triunfo que nos dicen alcanzó en Londres, que a veces sospechamos si no será un infundio sus representaciones londinenses durante siete años, y, naturalmente una entelequia sus autores. De confirmarse la sospecha habrá que confesar que está muy bien urdido el infundio. En este caso se trataría de una hábil mixtificación. Pero no creemos que sea llegado el momento el recordar a Tenorio cuando dice: Si es broma, puede pasar... Verdad o ficción, la idea de los autores, quienes sean, de incluir escenas de ballet simbólico es de evidente mal gusto y manifiesta inoportunidad.

El autor mexicano Othón Gómez, ahora especializado en adaptaciones de novelas policíacas para la televisión, realizó –ecco il problema– la de esta pieza, pero como no conozco la original, no me atrevo a cargarle las indicadas deficiencias. Evidentemente el adaptador hace hablar a los personajes un castellano fácil, demasiado fácil. Los actores encargados de interpretar La jaula de oro ponen su mejor empeño en salir airosos de esta prueba de teatro de mal gusto. La responsabilidad del resultado corresponde entera al director, Jesús Valero, veterano actor de origen español, entregado ahora en cuerpo y alma a dirigir teatro para televisión usando y abusando de los recursos de que usan, y también abusan, los autores Goff y Roberts y Gómez. ¿Se habrán propuesto aquellos y éste experimentar en el proscenio material recursos que está probando el teleteatro? Es de justicia reconocer el estudio, la abnegación y el sentido de responsabilidad de los principales intérpretes, Yolanda Mérida y Fedora Capdevila, de Nicolás Rodríguez y Joaquín Cordero (o Mario Garcés), de Fernando Mendoza también, al interpretar en serio personajes que no inspiran –o inspiran poca– seriedad. Cuando el personaje es falso de pe a pa, el mejor actor pone a prueba la capacidad de sus talentos. La escenografía, que como es natural nada tiene que ver con el desconcertante suspenso de La jaula de oro, tiene la excelencia característica de las creaciones de Julio Prieto. La iluminación es a ratos excelente y en otros tan loca como esta pieza de ambición dramática y... tan divertida.