FICHA TÉCNICA



Notas Citas del ensayo de Marcel Thiébaut sobre la misión de la crítica en el teatro contemporáneo

Referencia Armando de Maria y Campos, “La misión de la crítica en el teatro contemporáneo. I”, en Novedades, 5 enero 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La misión de la crítica en el teatro contemporáneo. I

Armando de Maria y Campos

Marcel Thiébaut, notable escritor francés contemporáneo, ha escrito un excelente ensayo sobre la misión de la crítica de teatro en nuestros días. Ahora que la Agrupación de Críticos de Teatro de México ha vuelto a dar anual señal de vida, con motivo de haber concedido premios o distinciones a quienes más se distinguieron en México durante el último año, creo oportuno hacer llegar a los lectores de esta columna los pensamientos de Marcel Thiébaut.

Por otra parte, la ausencia de espectáculos que mantiene cerradas casi todas las salas de teatro con que cuenta la metrópoli, permite que sin desaire manifiesto a la actualidad teatral, dediquemos atención a temas que interesan a todos los que se encuentran conectados con el viejo arte de Tepsis y Talía.

"Si interrogáseis a los autores dramáticos parisienses y si les preguntáseis: '¿Qué piensa usted de la crítica teatral francesa de hoy?', creo poder anticipar que en la proporción de nueve por cada diez responderían 'mal', y añadirían, con un arranque de sentimiento: '¡Ah, qué tiempo el de...!' ¿El tiempo de quién? Sobre este punto no estarían todos de acuerdo, y unos dirían Lemaitre o Sarcey; los otros, Bidou o Pierre Brisson. Pero en realidad, cuando Lemaitre o Sarcey o Bidou oficiaban, los dramaturgos contemporáneos suyos discutían la solidez de su crítica, Henri Bataille enviaba una de sus piezas a Sarcey con esta dedicatoria: 'A Francisque Sarcey, con la expresión de mi profundo desprecio'. Y Henri Bidou gustaba sobre todo a los escritores porque analizaba las piezas (con mucho talento) más bien que juzgarlas; lo que por el contrario, no gustaba al público, que desea, a pesar de todo, recibir del periodista una indicación o un consejo.

"¿Entonces? Entonces hay que sentar en principio que los autores nunca estarán contentos, y que preguntándoles no se hará avanzar mucho la cuestión. Es preciso, pues, atacar la ciudadela por otra puerta. Escojamos la del sentido común. Es muy cierto que cuando cincuenta o sesenta críticos dramáticos lanzan sus juicios en la prensa parisiense es imposible que todos sean juicios valederos. Es tan difícil ser un gran crítico como un gran creador, y no hay, en verdad, muchos grandes creadores. Se dirá que, a falta de grandes críticos, nos contentaríamos con gente de gusto; pero su mismo reclutamiento no es fácil. No todo es rosa en el oficio de crítico dramático: está, generalmente, mal pagado, y en una ciudad donde se representan muchas obras nuevas, es oficio a menudo abrumador, pues hay que sufrir la audición de obras muy mediocres. Así, por estas diversas razones (para no decir nada del nepotismo que hace estragos en los diarios, como en otras partes), no hay en la tropa de críticos sino un número muy reducido de personalidades valederas. Siempre ha sido así, por lo demás, y cuando un autor contemporáneo de Lemaitre se revelaba contra Lemaitre, hubiera debido añadir con toda honradez: 'Sin embargo, comparado con los demás, es un gigante'. ¿Gigantes de esta clase se encuentran en la prensa parisiense actual? Cada cual juzgará según su humor: Robert Kemp, en Le Monde, escribe artículos sólidos, plenos de buen sentido y de amenidad; de benevolencia también, lo que es muy simpático. Philippe Heriat, que no se aventura ya en la crítica más que muy raramente, conoce bien el teatro y lo ama; es quizá el único que, habiendo sido a la vez actor y autor dramático, puede desprenderse del velo de la interpretación; es decir, adivinar, llegado el caso, que una pieza mal representada es en realidad buena, y que otra no nos parece agradable sino porque tiene muy buenos intérpretes. Thierry Maulnier es un espíritu fino y no se puede leer uno de sus artículos sin encontrar puntos de vista originales. Gerard Bauer ha llevado a la crítica teatral las gracias de la buena crónica; es uno de los últimos representantes del espíritu de París, en lo que tiene de más fino, de más matizable e irónicamente indulgente.

"He ahí, sin duda, críticos dignos de estima: a sus nombres se podrían añadir algunos otros, pero todos estos escritores, por dotados que sean (y quedando entendido que se equivocan, a veces, como los otros hombres), y son víctimas de una dificultad material que les estorba mucho en el ejercicio de su función: les falta la posibilidad de desarrollar sus ideas o impresiones en folletones extensos, análogos a los que escribían en tiempos de Sarcey o Brisson. El sitio está medido hoy en los periódicos, y la crítica teatral no dispone más que de espacios pequeños, donde es difícil matizar el pensamiento. Un diario como Le Figaro, es decir, el más importante de Francia, que tenga 'tono', ya no tiene folletón dramático, no encontramos en él más que los breves artículos de J.J. Gautier, billetes escritos a vuela pluma la noche misma del estreno en el pico de una mesa. En estas cortas críticas, digámoslo francamente, es muy raro que los puntos importantes, esenciales, sean tratados, J.J. Gautier es muy inteligente; su deseo de ser imparcial no puede ponerse en duda, pero es de humor caprichoso. Personalmente, no he conseguido aún descubrir lo que le gusta en el teatro ni cuál es su tabla de valores".

En la próxima crónica continuaré dando a conocer estas justas y curiosas consideraciones del crítico francés Marcel Thiébaut, en tanto los empresarios que aguardan el paso del temido mes de enero empiezan el tiroteo de novedades teatrales que vienen preparando desde fines de noviembre.