FICHA TÉCNICA



Título obra El gato sobre el tejado caliente

Autoría Tennessee Williams

Dirección Francisco Petrone

Elenco Francisco Petrone, Consuelo Monteagudo, Rosa Elena Durgel, Ángel Merino, Elvira Salcedo, Arturo Corona, Luis Mario Jarero, Reinaldo Rivera

Escenografía Miguel Prieto

Espacios teatrales Teatro Moderno, en Marsella No. 23

Notas Obra inaugural del Teatro Moderno

Referencia Armando de Maria y Campos, “Tennessee Williams y su drama El gato sobre el tejado caliente”, en Novedades, 26 noviembre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Tennessee Williams y su drama El gato sobre el tejado caliente

Armando de Maria y Campos

En el panorama del teatro norteamericano actual Tennessee Williams ha destacado con insistencia el tema de la frustración amorosa. Sus protagonistas, siempre mujeres, pagan al precio de su propia felicidad las inhibiciones sexuales. La fuga del amor que han realizado en alguna época de sus vidas las lleva inevitablemente a la destrucción de sus más caros sueños. Así la hija lisiada de Glass menagerie, Blanche de A street car named Desire y Alma de Summer and smoke. Con ello, el dramaturgo se ciñe a la lógica de una sociedad de tradición puritana.

Aunque con mayor ternura y con mayor emoción poética, Williams sólo repite el tema que O'Neill abordara despiadadamente en Mourning becomes Electra. A través de las fronteras teatrales estas mujeres frustradas de Williams tienen también puntos de contacto con las mujeres de La casa de Bernarda Alba de García Lorca, y con Ester Coq, la atormentada solterona de Frenesí. Este carácter universal del drama de las represiones ha sido sin duda una de las razones de que Tennessee Williams haya logrado mayor comprensión en el extranjero que ningún otro autor dramático norteamericano del momento.

Pero Williams, el dramaturgo de la frustración, abandona por una temporada el ambiente protestante, industrial y mecanizado de los Estados Unidos y sus ojos se deslumbran con el azul intenso del Mediterráneo.

Es un hecho conocido a saciedad por aquéllos que no tuvieron la fortuna de nacer con el sello de made in USA, que el norteamericano típico se desconcierta al salir de su país y descubrir la cosa absurda, insólita, de que en el mundo existen gentes que viven y mueren dentro de normas que no son las norteamericanas. Para encubrir su desconcierto y el sentimiento de inseguridad que el descubrimiento le produce, el hijo del Tío Sam acostumbra adoptar un aire de superioridad desdeñosa hacia las cosas y gentes que no les son familiares. Williams no es, por supuesto, un norteamericano típico en este sentido. Su visita a Italia, y especialmente a Sicilia, le revela sí un mundo y unas gentes para él desconocidas. Pero el choque con estas cosas extrañas en vez de provocar la característica impermeabilidad norteamericana provoca en Williams un desbordamiento de gozo intenso y sincero. El hombre se satura de la belleza y la sensualidad mediterránea. El dramaturgo encuentra en la raza latina una respuesta al problema que ha planteado en sus obras anteriores. La tortura de la represión protestante puritana se torna en frenesí de alegría dionisíaca. El drama de la frustación se convierte, por la magia del contacto con la cultura latina, en elegía desbordante de la realización amorosa. Y de ese momentum vital en la trayectoria dramática del poeta surge, después de La rosa tatuada, la pieza con el título de El gato sobre el tejado caliente, ha provocado en México comentarios y discusiones antes de ser conocida, porque el Departamento de Espectáculos del Distrito Federal manifestó su inconformidad para que fuera representada en la inauguración del teatro Moderno –Marsella número 23, colonia Juárez– por considerarla inmoral, o amoral, no obstante que a la fecha constituye uno de los mejores éxitos teatrales en Broadway y haber alcanzado el premio Pulitzer correspondiente a 1955 y el gran premio de los críticos teatrales de la Unión Americana. Hasta donde alcanzan mis informes, por una consideración sentimental de Williams será México el país donde se estrene como originalmente fue escrito el tercer acto, que, es superior al que se puso en el teatro Morrocco, de Nueva York, según la dirección de Elia Kazán.

La inauguración del teatro Moderno –una salita que puede albergar con relativa comodidad hasta trescientos espectadores, un foro amplio y cómodo para los actores y los servicios indispensables para el público– estuvo desairada. Nadie creía en que se celebraría la anunciada función inaugural, y la concurrencia fue escasa, pero tan interesada en la comedia como agradecida al final por la excelente dirección de Francisco Petrone, la aún mejor interpretación de éste del personaje llamado "papá grande" –un abuelito entre nosotros–, y la empeñosa en general del resto de los actores entre los que hay de todo, desde la característica con probado y útil oficio –Consuelo Monteagudo– hasta la actriz bella, más bella y joven que actriz –Rosa Elena Durgel– que cumple por estudio y obediencia al director, pasando por el galán incipiente que toma para sí el primer personaje –Ángel Merino– y actúa con decoro, responsabilidad e inteligencia. Otros intérpretes son ya veteranos en el oficio, aunque algunos trabajan poco –Elvira Salcedo, Arturo Corona, Luis Mario Jarero–, y alguno que empieza con bríos (Reinaldo Rivera). Todos, bajo la dirección de Petrone, se portaron seguros, empeñosos y dijeron sus partes con buena memoria. Petrone dirigió esta interesante pieza con indudable pericia, cuidando en particular de los movimientos de Maggie (señora Durgel) y de Brick (señor Merino) y de los suyos también, y por eso el segundo acto resulta tan animado, impresionante y conmovedor (escenas entre Papá Grande y Brick), y en menor calidad (largo, tempestuoso diálogo cargado de insultos y reproches entre Maggie y Brick). El tercero –que nos dicen es distinto al que se presenta en Nueva York– es puro artificio y muy convencional, y por la índole de sórdida de lo que en él se dice, no admite audacia en los movimientos de los actores ni mayor barullo en la escena. La acción de la comedia se desarrolla dentro de un escenario con ambiciones surrealistas, sin puertas ni ventanas a pesar de la claridad con que las marca el autor y aun indispensables para justificar muchas situaciones, de dudosa belleza y evidente inutilidad. El mobiliario, también surrealista, horroroso. Menos una cama matrimonial realista, personaje indispensable en la acción, porque sin ella la escena última se vendría abajo, como carecen de potencia las alusiones a este importante trasto conyugal durante el primer acto, que deben ser directas y que por pudibundez –o por falta de permiso superior– resultan ingenuas; en vez de mencionar "la cama", la actriz se limita a... señalarla tímidamente con el dedo índice...

De la obra en sí se hablará en crónica próxima, y con la claridad que debo y estoy obligado a emplear con mis –supuestos, por supuesto– lectores. Es excepcional en cuanto al tema que trata: la amistad equívoca de dos muchachos deportistas, que sorprende la mujer de uno de ellos y comprueba como evidente en ambos casos. Anticipo con lealtad, que se trata de una comedia ambiciosa, artificial y, desde luego, mal hablada a pesar del obligado, por impuesto, propósito de las traductoras de atemperar un poco el brutal realismo del argumento.