FICHA TÉCNICA



Título obra Los justos

Autoría Albert Camus

Notas de autoría Guillermo de la Torre / traducción

Dirección André Moreau

Elenco Ofelia Guilmain, Beatriz San Martín, Luis Lomelí, Mario Orea, Carlos Bribiesca, Carlos Fernández, Mario Delmar, Jorge de la Cueva, Carlos Rodríguez

Escenografía Miguel Prieto

Espacios teatrales Teatro El Caballito

Productores Teatro Universitario

Notas de productores Carlos Solórzano / director artístico

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Los justos de Albert Camus en el teatro El Caballito”, en Novedades, 24 noviembre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Los justos de Albert Camus en el teatro El Caballito

Armando de Maria y Campos

A partir de la noche del 18 del actual corre –como se dice ahora en la jerga teatral–, la representación del drama Los justos de Albert Camus, presentada por el Teatro Universitario. En crónica anterior ya me referí a los antecedentes de esta pieza, que a la fecha constituye el mejor y más digno espectáculo teatral en la ciudad de México.

El director artístico del Teatro Universitario, doctor en letras Carlos Solórzano, llamó para dirigir esta pieza al reputado regisseur André Moreau, de reconocida ejecutoria y seguramente de los más responsables que han pasado, y se han quedado, por México. André Moreau ha sabido expresar el ritmo patético y arrebatado de esta pieza melodramática, así como el equilibrio poético que la enriquece durante uno de sus cuadros –el cuarto, primero del segundo acto–, y ha logrado una versión que prende el interés del público desde la primera impresionante escena entre los terroristas conjurados para sacrificar a un alto representante del poder despótico hasta la última, delirante, en la que los terroristas convencidos de que la continuidad de los atentados minará la soberbia de los déspotas, deciden continuar su trágica misión, citándose con los iluminados que los han precedido en el sacrificio de sus vidas en un más allá que iguala a los poderosos con los débiles.

Moreau ha contado con un magnífico material humano, y los jóvenes principiantes dirigidos por él revelan al salir de sus manos una madurez tan honda como profunda, y en verdad insospechada. Tuvo la fortuna de hallar al joven actor ambicioso para cada personaje, y ha sabido encauzar el encabritado carácter escénico de Ofelia Guilmain (Dora), cuya sostenida exaltación temperamental, ayudada por su voz rica en matices graves, acababa por parecer normal. También ha sabido mostrar al público el dulce y exquisito temperamento dramático de Beatriz San Martín, que en la gran duquesa, viuda del aristócrata sacrificado, debe llevar al auditorio una ráfaga de poesía cristiana, prueba de la que sale airosa por la íntima comprensión del personaje que actúa y matiza con impresionante humanidad. ¿Quién si no un director tan eficaz y acucioso como Moreau podría responsabilizarse al confiar la interpretación del difícil protagonista –el terrorista Iván Kaliayev– a incipiente comediante como es Luis Lomelí? El joven actor también salva la prueba de fuego de una difícil interpretación por su gallarda figura, bella voz y clara inteligencia. Para otros tres personajes tan importantes como los anteriores, se valió de Mario Orea, el más cuajado como actor y que está muy justo en el terrorista Stepan Fedorov, de Carlos Bribiesca, muy en tipo como Boris Annenkov, el jefe del grupo, y de Carlos Fernández, que da un paso en firme en su corta carrera humanizando el miedo natural de un convencido terrorista. Mario Delmar, también cuajado actor, tiene una excelente intervención como jefe de la policía zarista y Jorge de la Cueva y Carlos Rodríguez completan el conjunto, uno de los mejores, si no el mejor, que se ha visto este año en nuestros escenarios.

La dramática sensibilidad que como escenógrafo posee Miguel Prieto, encuentra una feliz oportunidad para crear con dos sencillas decoraciones el ambiente de este estrujante melodrama, y como maneja con habilidad las luces, éstas significan importante personaje, que no figura en el reparto, en la acción interna de la pieza de Camus.

Como ya anticipé en anterior crónica, la acción de Los justos se desarrolla en Moscú en 1905. Un grupo de terroristas afiliados al Partido Socialista Revolucionario, organiza un atentado con una bomba contra el gran duque Sergio, tío del zar. Es Kaliayev (Lomelí), que ama a Dora (Guilmain) el que ha sido designado para arrojar la bomba. Después de una primera tentativa, Kaliayev ha vacilado y no ha podido realizar su misión. Por segunda vez sale a cumplir su cometido, lanzar la bomba sobre el gran duque. Dora y su hermano Annankov esperan, angustiados, el paso del automóvil. Por fin una detonación les advierte que el atentado se ha llevado a cabo.

Kaliayev, ha sido detenido y está en la cárcel. El jefe de la Policía, Skouratov, le promete el indulto si denuncia a sus camaradas. Para convencerle del todo, le arregla una entrevista con la viuda del gran duque. Pero él permanece sordo a cualquier compromiso. Al alba del día de la ejecución, Voinov anuncia a sus camaradas que Kaliayev no ha sido indultado y acaban de ahorcarlo. No ha traicionado. Dora deja correr sus lágrimas y da rienda suelta a su dolor. Es ella la que lanzará la próxima bomba y será ahorcada una noche fría en la misma soga.

"Esos hombres y esas mujeres –nos dice Camus–, en el más cruel de los trabajos, no han podido desprenderse de su corazón. Se han hecho progresos desde entonces y el odio que pesaba sobre estas almas excepcionales, como un intolerable sufrimiento, se ha convertido en un sistema confortable".

A raíz del estreno de Los justos, en París, muchos críticos atacaron duramente el ambiente oscuro, el acento de desesperación y de dimisión humana de esta pieza. Al contrario, Los justos están imbuidos de la leche de la ternura humana. "Es un debate perpetuo entre el antiguo hombre que no sacrifica sin dolor vidas inocentes a sus abstracciones, pero que no deja de aplicar su justicia a esos que se hacen merecedores de la acción de la justicia".

Los justos ha sido representada con éxito en los principales teatros de Europa, pero estoy cierto de que la representación que ahora puede admirarse en México es tan excelente, salvadas las distancias naturales entre el profesionalismo de algunos actores extranjeros con la extraordinaria intuición de los nuestros, como las dirigidas a los públicos más exigentes. Para quienes gusten de la información documental, quiero recordar los nombres de los actores franceses y la protagonista española que crearon Los justos, en París, en 1950: María Cazares, Serge Reggiani, Yves Brainville, Paul Cettly, Michele Lahaye, Jean Pommier...