FICHA TÉCNICA



Título obra El deseo

Autoría Jesús Cárdenas

Dirección Xavier Rojas

Elenco María Douglas, Miguel Aceves Castañeda, Héctor Andremar, Ricardo Moreno, Carlos Castaño, Hilda Aguilar, Sonia del Bosque, Sergio Yamor

Escenografía Jorge Contreras

Iluminación Humberto Buentello

Espacios teatrales Teatro Círculo de la Sociedad de Arquitectos Mexicanos

Referencia Armando de Maria y Campos, “El deseo de Jesús Cárdenas, en el teatro Círculo, por María Douglas y Miguel Aceves Castañeda”, en Novedades, 6 noviembre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El deseo de Jesús Cárdenas, en el teatro Círculo, por María Douglas y Miguel Aceves Castañeda

Armando de Maria y Campos

De intento y con justicia señalo en el título de este comentario a Jesús Cárdenas Gavilán como autor del drama El deseo, que se representa en el teatro Círculo de la Sociedad de Arquitectos Mexicanos. Es público y notorio, porque así se hizo saber con tanta anticipación como claridad, que se trata de una adaptación al ambiente mexicano, inspirada –así se declara terminatemente– en la obra de Eugenio O'Neill, Desire under the elms, ya conocida en México como El deseo bajo los olmos, en sobria traducción de María Luisa Ocampo, interpretada por nuestra gran trágica María Tereza Montoya, en unión de Ricardo Mondragón y Luis Beristáin (teatro de las Bellas Artes, 1945).

El deseo, con todos sus aciertos, que son múltiples, y con sus errores, que es difícil hallarlos, debe acreditarse como obra de Jesús Cárdenas –muy conocido y reputado argumentista de cine, novelista, autor de Los treinta dineros, novela sobre la histórica huelga de Río Blanco–, que antes de ahora, que yo sepa, no había escrito teatro. Cárdenas leyó, estudió, asimiló hasta la médula la tremenda, bella y fundamental pieza de O'Neill, la encerró en un cajón bajo siete llaves y escribió, recreándola, nueva pieza, claro que con el mismo asunto, las mejores situaciones y los mismos personajes, situándola en el rancho de Efraín Terrazas, en el corazón de la zona desértica del estado de Coahuila, durante 1800. Y resultó –le salió, como decimos los mexicanos– un gran drama, que puede pasar, y habrá de pasar en justicia, como una gran pieza de nuestro teatro, justa compensación a tantas obras francesas, italianas, inglesas, que son una recreación de La verdad sospechosa, de nuestro Juan Ruiz de Alarcón.

El diálogo, que en toda obra de teatro es la columna vertebral, cargada de médula, es nuestro, sin un anglicismo o sospecha de neologismo; claro que situándolo en Coahuila, en la zona desértica, en el año casi bárbaro para aquellas regiones de mil ochocientos y tantos. El giro –los giros– de la conversación, del pensamiento, de la réplica preñada de instinto o de rencor, nos suenan mexicanos. El clima –paisaje, pasiones, ignorancia– lo sentimos nuestro, y vemos a sus personajes vestidos a la usanza decimonona del norte del país. Claro que en su origen la pieza, el hallazgo de las pasiones en juego y choque, es de O'Neill, pero todo el resto es de Cárdenas, modesto, retraído, difícil en una palabra, autor de teatro, y antes excelente escritor y notable novelista. Por mucho menos, figuran como buenos autores del país tantos y tantos...

Se ha dicho con motivo del estreno de El deseo, que O'Neill envejece, y que esta pieza está ya fuera de tiempo. Es una herejía. O'Neill está vivo y bien vivo como autor, y la mejor prueba es que de su Under the elms ha podido nacer El deseo de Jesús Cárdenas. El deseo bajo los olmos –que data de 1924, como quien dice ayer–, es, posiblemente, el drama más estremecedor escrito nunca por O'Neill. Pasa, para muchos críticos, por ser el drama por excelencia, el drama del amor, porque es sin disputa el drama angustioso de la posesión. El conflicto pasional rebasa los límites de lo natural. La posesión de la tierra, la posesión de la hembra, y el fruto de una y otra, que puede malograrse, perderse para siempre. La codicia, el deseo, la ambición, son pretexto externo aparente. El deseo de la tierra y el deseo sexual, compenetrándose, mezclándose en el eterno juego de la especie para realizarse. El deseo bajo los olmos es la pieza más directa, sobria y apasionada del gran dramaturgo norteamericano; maciza como tallada en un solo bloque, recreación de lo que antaño acostumbraba llamarse teatro de pasiones. Y el teatro de pasiones no envejece, porque el mundo sigue su marcha preñado siempre de pasiones.

No voy a traer a este párrafo el argumento de la pieza de O'Neill, que reescribió Cárdenas. Todo lector enterado sabe que se trata de un poema a la pasión carnal, con adulterio y filicidio. Quienes sean afectos a hurgar en los meandros de la creación teatral, recordarán El poder de las tinieblas de Tolstoi, que O'Neill no ignoraría al escribir El deseo bajo los olmos. Lo cierto es que El deseo de Jesús Cárdenas Gavilán, no nos lleva a pensar en el drama de O'Neill, ni menos en el de Tolstoi, a pesar de que los tres se desarrollan en un ambiente semejante. La misma mezquindad, idéntica sordidez, paralela codicia y ausencia total de freno moral. Estrujante atmósfera de odios y deseos, de apetitos y rencores; y la tierra, y la mujer, y otra vez la tierra, hembra fecunda.

El director Xavier Rojas prueba su dominio sobre esta rara escena que llama en círculo y en verdad es cuadrada como un "ring" de pugilato. El llamado "teatro círculo" se caracteriza porque se puede hecer en cualquier parte, pero en esta facilidad halla su peligro, que Rojas ha sabido evadir y vencer.

La interpretación por parte de María Douglas es de gran categoría. Hace una mujer ambiciosa, desenfrenada sexualmente, seductora y maternal, de una pieza. Su temperamento recorre toda la gama de las pasiones femeninas al rojo vivo, desde el alarde sinuoso y seductor de la serpiente al brutal del insulto. Revela que está en lo mejor de su carrera. No le he visto interpretación mejor, más justa en lo dramático, más humana en lo femenino, más segura en el dominio de la voz, el gesto y el ademán, tríada indispensable en todo comediante que de verdad lo es. Miguel Aceves Castañeda, en el padre setentón, revela indudables aptitudes de gran actor, y como tal está en toda la obra. Su línea de trabajo, tan necesaria en el teatro, le abre con esta interpretación rutas de alcance ilimitado, sobre todo en nuestro medio, que carece de este tipo de actores. El joven galán Héctor Andremar está discreto, y realiza una labor tan honesta como empeñosa. Ricardo Moreno, Carlos Castaño, Hilda Aguilar, Sonia del Bosque y Sergio Yamor, completan con eficacia el conjunto de la interpretación. Una escueta escenografía –del arquitecto Jorge Contreras– y una iluminación manejada con sobriedad por Humberto Buentello, hacen de este espectáculo uno de los más interesantes de la temporada.