FICHA TÉCNICA



Notas Sondeo que el autor realizó sobre el Sindicato de Artistas de Teatro en 1922

Referencia Armando de Maria y Campos, “Recuerdos de un cronista. Orígenes de nuestro sindicalismo teatral”, en Novedades, 6 octubre 1955.




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Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Recuerdos de un cronista. Orígenes de nuestro sindicalismo teatral

Armando de Maria y Campos

En febrero de 1922 había en el mundillo teatral metropolitano una agitación de colmenar. En los pórticos de los teatros, en las tertulias que noche con noche se improvisaban en los camarines, en los corrillos de los cafés y frente al mostrador de la cantina El Río de la Plata, esquina frente al Lírico, no se hablaba de otra cosa que de sindicalismo entre los actores. Algunos nombraban audazmente la palabra comunismo, y los viejos cómicos, generalmente sin contrato, callaban o meneaban dubitativamente la cabeza. ¡Habían soñado tanto, habían sufrido tanto, que no creían en tan bella realidad! Se acababa de fundar el Sindicato de Artistas de Teatro y se estudiaban los medios de garantizar a las empresas el cumplimiento del deber y del contrato, casi siempre en el aire, con los cómicos que solicitaban. Yo reporteaba para El Universal, y una mañana me encontré con la "orden" de entrevistar a cómicos y empresarios. En general, había pesimismo, duda, temor.

Al primer cómico que me encontré ensayando, en el Colón, fue a Miguel Wimer. Le pregunté, de zopetón:

–¿Qué opinas del sindicato?

–Que es una bella idea que hace tiempo pretendimos realizar y fracasamos. Actualmente, como entonces acaeció, será obstruccionada por las empresas. Pero tengo fe que con el tiempo quedará afirmado y ya los artistas no estaremos a merced de las empresas. Y ¡qué caray! ¿acaso los cómicos no tenemos derecho a vivir como todo el mundo? ¿Por qué, entonces, en su afán de lucro hay quien nos quite los medios de vivir? Existe en México una empresa cinematográfica que entre teatros propios y alquilados tiene trabajando diecinueve diariamente y veinticinco los días festivos y domingos. Y en ninguno de estos salones se contrata a un artista. Ojalá que el sindicato que ahora se está constituyendo, se haga fuerte y triunfe. Tengo esperanza de que así suceda...

Era empresario del Colón don Luis Castro, que después se consagró a construir y regentear cines. Le pregunté en el pórtico de su teatro:

–¿Qué opina usted del Sindicato de Artistas?

Ni un gesto descompuso la serenidad de su cara, redonda y satisfecha:

–Todos los sindicatos, cuando se forman para construir, me parecen excelentes... Si son para destruir, me parecen desastrosos.

Me pareció inútil ahondar más.

Igual pregunta le hice al inquieto actor mexicano Valentín Asperó:

–No creo que se realice.

–¿Pesimista? –interrogué.

–No, sencillamente escarmentado. Nuestros caracteres son el primer obstáculo. No llegaremos a ningún acuerdo. Para librarnos de las miserias y de los sufrimientos que nos origina nuestra carrera, hace falta únicamente dinero.

–Para eso es el sindicato.

–En ese caso, me parece encantador, enormemente encantador. Me parece muy bien.

Recorriendo la avenida Bolívar, al mediodía, de Medinas (ahora República de Cuba), 16 de Septiembre, se encontraba uno aquellos días a medio centenar de cómicos. De ida o de regreso, era descanso obligado El Río de la Plata; para encontrar a algunos cómicos que estarían "tomando la mañana", entré un segundo. Había cómicos en las mesillas y frente al mostrador. Discutía con calor un grupo de artistas de zarzuela a las orillas de este río, en el que siempre naufraga la endeble embarcación de los cinco sentidos.

Me acerqué al coro.

–Se puede saber de qué se habla? –pregunté ceremoniosamente.

–De "nuestro sindicato" –se me contestó con orgullo y con satisfacción no reprimida.

–¡Ah! ¿sí? Bueno. Y ¿qué se dice de nuevo?

–Que ahora sí va de veras. ¡Ya era hora!

–¿Las empresas que dicen? –inquirí.

–¡Quién sabe! No tendrán más remedio que aceptarlo, pues es tan beneficioso para ellas como para nosotros. No tratamos de rebelarnos y de imponer condiciones insuperables. Buscamos sencillamente la manera de defendernos contra la vida presente o futura.

–Siquiera los viejos tendremos asegurada la tranquilidad de nuestra impotencia para luchar y se suavizará nuestra agonía.

–Eso es, eso es –corearon los demás, no sé si por la fuerza de costumbre.

–¡Vaya, hasta luego! me alegraría infinito que triunfaran.

Y estreché la mano a Horcasitas, Lombardini, al apuntador Gaona y a José Moreno.

Saldría Alfonso Parra, gran primer actor mexicano entonces, de un ensayo en el Fábregas, porque me lo encontré frente a El Submarino, esquina Factor y Donceles. Parra juzgaba que los sindicatos debían tener como lema "todos para uno y uno para todos". Si los pasos de artistas de teatro van encaminados a este fin, "me uniré a la caravana idealista con mi mayor fervor y más enérgico entusiasmo", dijo.

–Pero –agregó– en las juntas preliminares, a las cuales asistí, se trató con ahínco de la cuestión de los racionistas y coristas, últimos grados del eslabón teatral. ¿Por qué ocuparse únicamente de las garantías de los de abajo? Y a nosotros ¿quién nos garantiza? Repito, todos para uno y uno para todos.

Llegué al Lírico, otra estación obligada antes de emprender la caminata hasta el María Guerrero, entonces cerrado. Regenteaban al Lírico, como empresa, tres autores mexicanos: Pablo Prida, Carlos M. Ortega y Manuel Castro Padilla, tres personas distintas y siempre una revista mexicana.

En el pórtico hallé a Pablo Prida.

–¿Cuál va a ser la actitud de ustedes con respecto al sindicato?

–¿Nuestra actitud? Acogeremos con gusto su formación. Es para las empresas que quieran obrar de buena fe, una garantía inapreciable. El sindicato acarreará la depuración del gremio, depuración que tendrá por efecto un cúmulo de seguridades para los empresarios. Así ya no se nos irán los elencos artísticos debiéndonos dinero y ni faltando, sin causa justificada, a los ensayos ni a las funciones. Tres calamidades que hemos sufrido con aterradora frecuencia. Así, pues, nosotros, reconoceremos al Sindicato de Artistas de Teatro, por considerarlo provechoso en todos los sentidos.

¡Así nació el sindicalismo entre los actores mexicanos! Treinta y tantos años después, alcanzaría realidades insospechadas entonces.