FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre el orden de improtancia y el papel de el director de escena en el teatro

Referencia Armando de Maria y Campos, “¿No es usted director de... algo?”, en Novedades, 30 septiembre 1955.




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Novedades

Columna El Teatro

¿No es usted director de... algo?

Armando de Maria y Campos

Si una persona no tiene nada que hacer ni en que ocuparse, profesión, oficio ni beneficio seguro, no tiene por qué apurarse. Se hace director de cine, de teatro o de televisión, y resuelve su modus vivendi. De todas las carreras cortas, la más larga puede ser, si se tiene maña, picardía o malicia, la de director cinematográfico, teatral o de televisión. Con el tiempo y la práctica –como los sabios sin estudio–, se puede vivir bien de ella, y aun dominarla. Los ejemplos abundan, y no hace falta citar nombres, porque muchos son de cuño corriente y fácil circulación.

¿Es fácil ser director de cine, de teatro o de televisión? ¿Qué hace falta para serlo? Respondo a la primera pregunta: No es fácil ser buen director en cualquiera de esas tres ramas del espectáculo. La segunda pregunta es menos difícil de responder, si la respuesta es concienzuda. Ser director de teatro –o de cine, hijo del teatro; o de televisión, nieta del teatro– es difícil, o tan fácil, que se nace para ello, como ser actor o autor, tres personas distintas y una realidad verdadera. Porque tres son las personas del teatro (y seguimos considerando al cinematógrafo y a la televisión como teatro más o menos). La primera persona en el teatro es el actor. El autor, la segunda y la tercera el director. Las tres personas son necesarias, aunque, tal vez, no en este orden tajante.

Creo que la primera es el actor, por cronología. Para muchos la primera persona será el autor, por aquello de que el principio es el verbo, y sin verbo, sin obra, ¿qué teatro puede haber?

Pero la realidad desmiente a la teoría. Verdad que durante tres siglos la hegemonía del teatro ha pertenecido al actor sin mezcla de autor ninguno. Basta recordar las compañías italianas de la Comedia del Arte, que recorrieron el mundo conocido de su tiempo sin otras obras que unos toscos cañamazos sobre los que los actores bordaban toda suerte de improvisaciones. Sin embargo, un actor es el que inventa el teatro. Tepsis se valió de los coros que entonaban una especie de salmodia en las fiestas de Dionisios, para representar con ellos una historia en la que él, actor único, llevaba la voz cantante, y el coro le daba la necesaria réplica. Solón, uno de los siete sabios de Grecia, quiso ver la novedad, y cuando vio a Tepsis representar, le llamó y le dijo: "¿No te da vergüenza decir tantas mentiras delante de la gente? Alabando y aprobando este juego de mentir a sabiendas, nos hallaremos con él en nuestros negocios y contratos". Con gran desfachatez –dice la historia–, Tepsis repuso: "Esto no es más que un juego, un entretenimiento; no sé que mal puede haber en ello".

Así nació el actor, primera persona del teatro. Para seguir jugando, o representando con coro y todo, Tepsis repitió las mentiras, los rumores, los sucesos que oía en la calle. Así nació la segunda persona del teatro, el autor; voz –rumor, chisme, suceso o simple noticia– de la calle. ¿Cuándo nació el director, tercera persona –para muchos, sobre todo para los directores mismos, la primera– del teatro? Mucho después; pero mucho después.

¿Qué hace el director? Casi nada, y... todo. El director es el que cuenta la historia –la obra– al público por medio de los actores, de su intención, del juego escénico, del decorado, de la luz, del ritmo, y, sobre todo, de esos subrayados que el autor no puso y que el actor no advierte, y para lo que se requiere que el director sea –o pueda ser– un poco actor y otro poco autor.

La labor del director es también de cohesión, de ordenación del trabajo conjunto, y debe poseer, además de cultura y buen gusto, una personalidad capaz de imprimirle al actor y a la obra, un matiz, o una vida también capaz de sacar del tintero la que el autor se dejó en él, y de hallar en el temperamento y en la sensibilidad del actor la nota dormida de la cuerda ignorada.

Por eso no es fácil, como creen tantos, ser director, un mediano director siquiera, de teatro, de cine o de televisión, y adelantarse a las otras dos personas que dan su cara y su alma al público con el peligro de que el director que no tenga conciencia de su responsabilidad le parta el alma al autor o exponga a que el público le rompa la cara –es un decir, pero a veces ocurre– al actor.

Un ejemplo de la ausencia del director, que tomo de mis archivos:

Vi con retardo la película Deseo, de Marlene Dietrich. La recomendación de Emerson: "No leais los libros que no tengan por lo menos un año", yo lo aplico al cine. Marlene Dietrich, la pequeña corista de un cabaré de Charlottenburgo, de la que Steinberg hizo la más peligrosa vamp de su lejana época, ahora, consagrada por la gloria inatacable, indiscutible, incorregible y no más aconsejable, aparece en la pantalla abandonada a sí misma o guiada por un director sin autoridad. En esta película, la actriz se revela sin gusto, sin estilo, sin respeto a la lógica y a la verosimilitud. Es la mujer fatal. Ah, sí, hay alguno que cree que la mujer fatal es una pequeña analfabeta que consumía su alimento en una lechería y que cierto día encontró a un señor que la llevó a comer al restaurante de moda o al más caro. Y nada más. Para hacer de mujer fatal, Marlene Dietrich se apoya en una columna, con una rodilla hacia adentro, un brazo elevado como la estatua de la Libertad en el puerto de Nueva York. Actitud que asumían Francesca Bertini y Dyda Borelli, hace cuarenta años, en los cinedramas que ahora, cuando se proyectan en cualquier cine club, con fines documentales y retrospectivos, hacen estallar de risa hasta el relleno de las butacas.

Ahora, un ejemplo de presencia eficaz del director. Alejandro Dumas comprobó que durante una comedia suya, al lado del escenario, brillaba el casco de un bombero, pero que al iniciarse cierta escena, el casco de bronce pasaba sobre el papel pintado de un árbol del fondo, y desaparecía, para retornar diez minutos después.

–Por qué? –preguntó Alejandro Dumas.

–Porque esa escena no me interesa –respondió el bombero.

Dumas, sin pedir más explicaciones, se hizo entregar por el apuntador el texto, entró en el estudio del director, se quitó el saco y suprimió enteramente la escena.

Era precisamente la escena que el director, en la primera lectura, le había inútilmente aconsejado suprimir.