FICHA TÉCNICA



Título obra Por el ojo de una aguja...

Autoría Carlos Prieto

Dirección Reinaldo Rivera

Elenco Poncianito, Reinaldo Rivera, Armando Zumaya, Libertad Ongay, María Manzo, Diana Gari, Marcela del Río, David Gallardo

Escenografía Julio Prieto

Notas de escenografía Salvador Trejo / realización

Grupos y compañías Teatro de los Gallos

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Por el ojo de una aguja... de Carlos Prieto, en la sala Chopin”, en Novedades, 6 septiembre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Por el ojo de una aguja... de Carlos Prieto, en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

El nuevo grupo Teatro de los Gallos ha estrenado en la sala Chopin de Insurgentes y Puebla –una comedia (sic) dramática de Carlos Prieto, autor mexicano que por segunda vez se somete al juicio del público. Su primera obra estrenada lo reveló como un talentoso observador de la vida metropolitana y como autor de mucha capacidad en esta disciplina de escribir comedias sociales cáusticas, satíricas y sarcásticas. Ahora cambia de rumbo y da a las tablas una pieza de corte melodramático, que titula inspirándose en frase que, según se sabe, estuvo en labios de Jesucristo: Por el ojo de una aguja..., que planteó en dos actos y dividió en doce cuadros aunque pudo haberla distribuido de manera distinta sin que la anécdota perdiera unidad en la acción y en el espacio en que ésta se desarrolla.

Ahora el inteligente autor que es Carlos Prieto nos presenta un folletín dramático, género que en el teatro se conoce por melodrama. Inferior, desde luego, en calidad y en construcción, fondo y forma a Atentado al pudor, su primera comedia, que si bien tenía un aire de melodrama, su contenido de crítica social la redimió de aquel género sensiblero y ramplón. Ahora, todo es folletín, melodrama, hombres malos frente a hombres buenos, pobreza, robo para darle un poco de calor a la madre que perece de frío, restitución de lo robado, ridículo y desprecio para el rico, que es rico porque es ladrón, y simpatía para el abuelito flojo, bueno, bonachón y además... borrachito. Y como motivación central de la folletinesca anécdota, un niño, un niño pobre naturalmente, que roba sin darse cuenta de lo que hace, a pesar de que demuestra lo listo –inteligencia natural– que es desde la primera hasta la última escena en que interviene. No falta la vecina –pobre también– que ayuda a la moribunda "quitándose el bocado de la boca" –esta vez una ollita con pozole–, ni el fallecimiento de la viuda enferma que no alcanza a conocer el robo que para protegerla del frío realizó su hijo; ni tan siquiera la pareja de enamorados que tienen el encargo de dar la nota cómica, indispensable ingrediente en todo buen melodrama para que resulte soportable.

El melodrama de Carlos Prieto no incurre en ninguna omisión. Tiene todas las características de este género, que se define así: pieza dramática de acción ordinariamente complicada y jocoseria, y cuyo principal objeto es provocar en el público un linaje de vulgar curiosidad y emoción. Es indispensable que abunde en latiguillos y frases hechas del lenguaje, que su desenlace sea el triunfo de la inocencia y el castigo del vicio o la maldad, que figuren personajes odiosos o traidores, que no falten las escenas lacrimógenas y aun los lances truculentos, y los sufrimientos inmensos de los seres buenos. El melodrama tiene un historial ilustre y sólo los autores con verdadero talento triunfan escribiendo melodramas. La Dorotea de Lope es un melodrama excepcional, los mismo que Goetz de Berlichingen de Goethe, y muchas obras de Hugo, de Dickens, de Byron son melodramas geniales. Entre nosotros, el melodrama ocupó siempre un lugar preferente, en particular en el desaparecido teatro Hidalgo, o en el circo Orrín.

Sentado que Prieto escribió un melodrama, ¿qué calidad tiene el melodrama de Prieto? Muy estimable, desde luego. No obstante que la acción pasa, según se dice, en México, puede ocurrir en cualquier parte, porque una característica del melodrama es la universalidad de sus temas. Prieto hace (como en su obra anterior), demagogia, esta vez demagogia cristiana. Muy en su derecho y muy en su sitio. Y la demagogia –melodramática– de Prieto, llega al público, que creo es lo que trata de obtener el autor. También llegan sus personajes. El niño pobre bueno –José Manuel, a cargo de Poncianito– que roba para y por su mamacita, y luego se arrepiente y devuelve lo robado; el abuelito cínico y filósofo, el comerciante ladrón, el novio tonto, la señoritinga ni fu ni fa, la madre rica híbrida y la pobre, toda resignación y pobreza; todos llegan al espectador y se hacen de las preferencias de algún sector del público. Reunidos todos los gajos se logra un todo favorable al autor. Porque sucede que cada espectador lleva un poquito de melodrama en su corazón...

El necesario cambio constante de la acción de la casa pobre de Poncianito a la casa rica del comerciante Hugo Ramos está bien planeado, pero medianamente resuelto por diferencia del escenario de la sala Chopin; se logra sin embargo, una realidad convencional muy discreta. La doble escena está bien ambientada, según proyecto de escenografía de Julio Prieto que realizó Salvador Trejo.

El Teatro de los Gallos está integrado por actores discretos, en él no hay luminarias del cine, de la radio o la televisión. son modestos, estudiosos, trabajadores y responsables. Dirigió la obra con sencillez, el actor Reinaldo Rivera, a cuyo cargo está uno de los principales personajes. La noche que vi esta obra me pareció que todos la llevaban con lentitud; tal vez ya encontró su ritmo, que debe ser de zig-zag para que no se registren pausas en la emoción del espectador.

La representación está bien, a ratos muy bien. El actor Poncianito –ignoro su apellido– habla con intención y actúa con desenvoltura. Rivera y Armando Zumaya crean dos tipos, con abundancia de matices y sobriedad de recursos. Las señoritas Libertad Ongay y María Manzo también componen muy bien sus tipos de mujeres pobres; la señora Diana Gari luce muy hermosa y dice con propiedad su personaje, la señorita Marcela del Río acierta al darle vida a la señoritinga rica que le repartieron, y David Gallardo logra el mejor personaje que hasta ahora le he visto en su fecunda y estudiosa breve carrera, al hacer un dependiente tonto y enamorado con fina y espontánea comicidad.

Una duda me asalta. ¿No será esta segunda obra de Prieto, la primera, y la que nos dio como primera, la segunda? No es una charada, pero... podría ser una verdad.