FICHA TÉCNICA



Título obra La mala semilla

Notas de autoría William March / autor de la novela homónima; Maxwell Anderson / adaptación teatral; Julia Guzmán / adaptación

Dirección Jesús Valero

Elenco Angélica María, María Rojo, Rita Macedo, Angelines Fernández, Yerye Beirute, Dolores Tinoco, Consuelo Guerrero de Luna, Luis Manuel Pelayo, Alfonso Torres, Arturo Soto Ureña, Héctor Godoy, Armando Gutiérrez

Escenografía Julio Prieto

Notas de escenografía Silva y Millán / realización

Espacios teatrales Nuevo Teatro Virginia Fábregas

Productores Rita Macedo

Notas de productores Juan Toledo / asesor administrativo

Notas Obra inaugural de la temporada de comedias internacionales

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de La mala semilla de March y Anderson, en la inauguración de la temporada de comedias internacionales en el nuevo Fábregas”, en Novedades, 2 septiembre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de La mala semilla de March y Anderson, en la inauguración de la temporada

Armando de Maria y Campos

La actriz de cine, teatro y televisión –ninguna comediante contemporánea de importancia puede prescindir ahora de estos tres aspectos del arte de actuar para los públicos– Rita Macedo, ha hecho empresa en el nuevo teatro Fábregas con el propósito de presentar una temporada de "comedias internacionales" en la que, como es natural, siguiendo la receta de Juan Palomo que es tan vieja en el medio teatral, se propone interpretar aquellas que más se avengan a sus aptitudes y talentos escénicos, cada vez, justo es decirlo, más maduros y afinados.

Para inaugurar la noche del miércoles 31 esta ambiciosa temporada que vendrá a remover con temas de mayor hondura el ambiente cargado de vodeviles que se respira en nuestro ambiente teatral, Rita Macedo, asesorada en la escena por Jesús Valero y en lo administrativo por Juan Toledo, eligió una apasionante comedia dramática que se está representando en Nueva York, en el teatro de la calle 46, y que desde su estreno el 8 de diciembre del año próximo pasado constituye una de las sensaciones teatrales en Broadway: Mala semilla, adaptación o recreación por el famoso autor norteamericano Maxwell Anderson de una novela de William March, que apenas apareció en los escaparates de las librerías y empezó a ser conocida alcanzó en los Estados Unidos ese éxito de público que es característico en el poderoso y siempre desconcertante vecino del norte. Una prueba de este éxito es la versión para teatro de Maxwell Anderson, que refrendó sobre la escena el triunfo editorial de la impresionante novela de William March. En uno de sus frecuentes viajes de vacación que ella aprovecha para ver, observar y estudiar, Rita Macedo vio representar esta pieza, se puso al habla con el autor, o tal vez con los dos, y se la trajo a México, para presentarla.

Quisiera estar enterado al día de todo cuanto ocurre en el mundo literario, por curiosidad siempre instisfecha, y para estar en condiciones de rendir informaciones puntuales a mis lectores. No es posible siempre, por tantas ocupaciones como nos distraen de nuestras pasiones, inclinaciones o preferencias. Confieso que no he leído la novela de March y que tampoco conozco la comedia de Anderson. Lo que en realidad no importará mucho al lector, ni debe contar tampoco al referirme a la excelente versión mexicana de Mala semilla, que ha permitido a la autora mexicana Julia Guzmán colocar su acreditado nombre al lado de los de March y Anderson. La Mala semilla que hemos visto en el nuevo Fábregas es una adaptación del tema original, que por primera vez se lleva al teatro con la crudeza, el realismo, la verdad, en fin, con que logró reducirlo a dos actos largos y ocho cuadros el talento y la técnica de autor de Anderson. Ignoro –como he dicho– en qué forma le metió mano y pluma a la comedia norteamericana la autora Julia Guzmán, pero esto no es óbice para declarar que lo ha hecho muy bien, porque hemos visto un drama bien planeado, muy hábil y sobriamente desarrollado a través de escenas, y con los personajes indispensables, que se superan en interés, emoción y congoja. El final –muy propio para un público que no siempre acepta la amargura corrosiva y sin remedio– desconcierta un poco, y defraudará a muchos, puesto que el problema de la "mala semilla" no queda resuelto. Tal vez sobra el último cuadro, que explica muchas cosas que han sucedido, pero no remedia el crecimiento maléfico de la mala semilla, germen inarrancable, como no sea segándolo, que anima a un minúsculo, encantador, ingenuo y perverso organismo.

Mala semilla es una pieza de tipo y carácter psicológicos. El acierto del autor teatral es haber resuelto con claridad su profundidad dramática. El problema que plantea el tema no tiene fácil o cristiana solución ni en la vida, ni en la novela, ni en el teatro. ¿Qué se hace con un niño criminal por herencia, y que causa el mayor daño –mata tres veces– sin saber el mal que hace, dueño, además, de una perversa inteligencia prenatal? ¿Dejarlo vivir? ¿Suprimirlo? No es la solución más mala la que proponen los autores llevando a la madre de la niña irresponsable a que se escape de la vida atravesándose el corazón de un balazo, llevándose a la tumba el secreto de la maldad de su hija de ocho años, y dejando la "mala semilla" bien plantada en la tierra. Pero lo que importa juzgar, como simple pieza de teatro, es la calidad dramática de la escenificación de Anderson y Guzmán. Y ésta, ya lo dije, es magnífica, por su construcción, difícil, porque siempre lo es meter en la escena una novela; por lo humano de sus personajes y por el interés que pretende el ánimo del espectador de principio al fin. Cuatro personajes están esculpidos de mano maestra: la niña perversa, Rhoda (Angélica María o María Rojo, que alternarán en su interpretación); su madre, Cristina (Rita Macedo); Mrs. Dayly, la madre del niño que asesina Rhoda (Angelines Fernández) y Leroy, un criado, que adivina la maldad de Rhoda. Los tres fueron muy bien interpretados. Angelines Fernández tiene dos escenas nada más, pero las realiza en forma magnífica, honda y conmovedoramente. Sus dos mutis fueron ovacionados. Rita Macedo, como Cristina, lleva el peso de la obra, y prueba cuánto ha adelantado, manifestándose como una actriz de temperamento y responsable. Tuvo escelentes momentos durante las escenas dramáticas, cuando descubre la verdad de todo lo hecho por su hija Rhoda. La noche del estreno, la niña Angélica María representó como Rhoda. Es peligroso siempre aventurar juicios sobre los niños más o menos prodigios. El caso de Mozart y Pascal no son frecuentes. Ni, en nuestro medio teatral, el de Esperanza Iris, que como Angélica María o María Rojo, empezó muy niña el teatro, y acabó sin defraudar sus comienzos. Revela una excepcional disposición para actuar, por su dominio, memoria y talento para usar la gama de matices que la habrá ensayado el director. Quede aquí registrado su excepcional debut. Del resto destaca, por su inteligente comprensión del personaje a su talento encargado, el actor Yerye Beirute, pero en verdad todos los actores ponen su buen oficio al servicio de la excelente interpretación que resulta muy pareja en calidad, y se ganan un aplauso Lola Tinoco, Consuelo Guerrero de Luna, Luis Manuel Pelayo, Alfonso Torres, Arturo Soto Ureña, Héctor Godoy y Armando Gutiérrez. La dirección de Jesús Valero –no faltaba más– muy profesional, muy bella y cómoda para los actores, la escenografía propuesta por Julio Prieto y realizada por Silva y Millán.

Un detalle que no debe pasar inadvertido. La acción se desarrolla en una pequeña población de los Estados Unidos en 1955. Es decir, después del éxito de la novela y del estreno en inglés de la adaptación.