FICHA TÉCNICA



Título obra Enterrar a los muertos

Autoría Irwing Shaw

Notas de autoría Xavier Villaurrutia y Marco Antonio Galindo / traducción

Dirección Allan Lewis

Elenco Francisco Salvador, Ernesto de la Serna, Alejandro Yáñez, Carlos Serrano, Armando Luján, Sergio Palmer, Luis Lomelí, Guillermo Alvarez Bianchi, Enrique Iturriaga, Erika Renner, Julieta Velasco, Aurora Molina, Gloria García, Rosa Furman, Rosalba Cárdenas

Escenografía Miguel Prieto

Productores Teatro Universitario de la UNAM

Referencia Armando de Maria y Campos, “Enterrar a los muertos y El mercader de Venecia, ejemplo y donaire del teatro selecto”, en Novedades, 14 agosto 1955.




Título obra El mercader de Venecia

Autoría William Shakespeare

Dirección André Moreau

Elenco Francisco Jambrina, María Douglas, Rodolfo Landa, Guillermo Orea, Emma Teresa Armendáriz, Leonor Llausás, Julio Taboada, Raúl Dantés, Mario Orea

Escenografía Antonio López Mancera

Iluminación Antonio López Mancera

Vestuario Antonio López Mancera

Productores Departamento de Teatro de Bellas Artes

Notas de productores Antonio López Mancera / jefe del departamento de producción

Referencia Armando de Maria y Campos, “Enterrar a los muertos y El mercader de Venecia, ejemplo y donaire del teatro selecto”, en Novedades, 14 agosto 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Enterrar a los muertos y El mercader de Venecia, ejemplo y donaire del teatro selecto

Armando de Maria y Campos

El Teatro Universitario dependiente de la Dirección de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, fundado en 1952, presenta ahora como primera producción del año, una pieza de teatro norteamericano, Enterrar a los muertos de Irwin Shaw, que trata de un problema eterno y siempre presente, el de la guerra y protesta por la destrucción que el hombre hace de sí mismo, jugando con la vida humana en enormes proporciones, por problemas o cuestiones de alta política, de dudosa explicación. Enterrar a los muertos es la más desconcertante y la más justa rebelión; la rebelión de los muertos que no se dejan enterrar, exigiendo que quienes manejan la Historia obren de manera que cese la matanza en las trincheras, explicando cada uno de los rebeldes –seis jóvenes– la injusticia de matarlos en los albores de su existencia.

Irwin Shaw acertó al componer su extraña pieza con un asunto cargado de interés y escalofriante de realidad. No es nueva en México para el grupo de enterados que siguen obra a obra la historia del teatro universal, porque fue puesta en lengua inglesa, en 1939, en el Palacio de Bellas Artes, y de entonces data la traducción al castellano de Xavier Villaurrutia y Marco Antonio Galindo que se ha usado para esta representación que ha dirigido Allan Lewis, quien desempeña alguna cátedra sobre teatro en la Facultad de Filosofía y Letras. La obra no ha perdido fuerza dramática, ni sus razonamientos a través de los cadáveres rebeldes, y se escucha con creciente interés y emociona como si estuviéramos en vísperas de otra grande e injusta guerra. Fue puesta por el Teatro Universitario, que dirige Carlos Solórzano, con gran propiedad y respeto, llamándose para actuarla a 32 actores, muy pocos de ellos profesionales, los que dirigidos con habilidad por el señor Lewis, logran darle a esta difícil pieza una interpretación notable en conjunto y en detalle. Cito algunos nombres de los mejores intérpretes, en la imposibilidad de mencionar a todos los que lo merecen: Francisco Salvador, Ernesto de la Serna, Alejandro Yáñez, Carlos Serrano, Armando Luján y Sergio Palmer, los soldados; Luis Lomelí, Guillermo Alvarez Bianchi, Enrique Iturriaga, Erika Renner, Julieta Velasco, Aurora Molina, Gloria García, Rosa Furman y Rosalba Cárdenas. La escenografía de Miguel Prieto es bella e impresionante, sencilla y dramática, renovada prueba de talento y del buen gusto de este gran pintor y escenógrafo.

El Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes ha presentado su primera gran producción del año destinada al público, eligiendo para este comprometido paso anual una obra clásica, como en ocasiones anteriores. Esta vez don Celestino Gorostiza, responsable en general de las representaciones de teatro oficiales, eligió la bella pieza El mercader de Venecia del inmortal William Shakespeare, confiando la dirección de la misma a don André Moreau y reuniendo a valiosos y destacados elementos, profesionales algunos y procedentes la mayoría de la escuela dramática del INBA, pero ya con larga experiencia en varias representaciones de diversas categorías. La dirección, como ahora se dice a la usanza norteamericana, para englobar en este término escenografía, vestuario, iluminación y utilería, está a cargo de Antonio López Mancera, jefe del departamento de producción del INBA y por ello el indicado para asumir y resolver la responsabilidad de la presentación material de estas representaciones, quien contó con los habituales numerosos colaboradores indispensables en una producción de esta naturaleza.

El mercader de Venecia es una obra admirable de poesía. Shakespeare sacó la historia de un cuento latino, pero al adaptarlo para la escuela le dio un exquisito tono de teatro latino. Algún erudito ha dicho que Shakespeare hizo esta comedia como oculta protesta contra el proceso de condenación del médico judío portugués Rui López, falsamente acusado de haber querido matar a la reina y a Antonio Pérez –ya se sabe; este es un episodio de la monarquía española– de cualquier manera, Shylock, el mercader de Venecia, es una creación del tipo del Judío de Malta de Marlowe y no ha faltado quien descubriera que hasta en algunas frases lo demuestra. No es Shylock el protagonista de la obra, aunque su suerte proporcione el conflicto fundamental de la acción. El personaje más vivo de la obra es Porcia; pertenece al tipo de heroínas de comedia tan corriente en la época, al número de esas damas resueltas que se visten de galanes y van al encuentro del amante perdido, mujeres atrevidas dentro de su castidad, casi feministas a su amor a la independencia. Claro que mujeres así, según la opinión de David Ley, debían existir mucho más en la literatura que en la vida. El trozo más bello de la obra es el que cuenta la historia de los tres cofres. Parece que esta historia proviene de una vieja leyenda, y Freud, en uno de sus ensayos sobre el arte, dice que el cofre de plomo que había de escoger el amante afortunado representaba la muerte. Son tantas las consideraciones que la representación que El mercader de Venecia sugiere, que el cronista se encuentra perplejo. Dan ganas de referirse a Bassanio, que es el hombre más noble en la comedia, o a la tragedia íntima de Antonio, mercader veneciano, ejemplo de amistad, y a esa figura cómica, Graciano, que tanto parecido tiene con el gracioso español del teatro del siglo de oro peninsular, o a la triste moral de aquellos días, que permitía conseguir esposas ricas, insultar a judíos, no pagar deudas... Quédese todo esto para otra ocasión, en que podamos disponer de espacio.

La presentación e interpretación de otra obra de Shakespeare es, desde cualquier punto que se le juzgue, excelente. En las primeras representaciones resultó lenta, por el necesario y moderno cambio de escenarios; luego ha mejorado su ritmo. Está vestida con gran propiedad, buen gusto y riqueza. La escenografía, el clima general, es de gran categoría, y muy responsable la interpretación a cargo de Francisco Jambrina –Shylock–, de María Douglas –Porcia– y de Rodolfo Landa –Bassanio–. Guillermo Orea compuso un Graciano tal vez demasiado "chistoso", pero en la imposibilidad de citar a todos los actores, mencionaré por lo discreto de su intervención a Ema Teresa Armendáriz, Leonor Llausás, Julio Taboada, Raúl Dantés y Mario Orea.