FICHA TÉCNICA



Notas Breve historia del apoyo oficial al teatro de autores mexicanos durante la presidencia provisional de Adolfo de la Huerta y las represalias del Ayuntamiento de la Ciudad de México, en 1920

Referencia Armando de Maria y Campos, “El presidente provisional de México, don Adolfo de la Huerta, protegió al teatro mexicano”, en Novedades, 16 julio 1955.




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Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El presidente provisional de México, don Adolfo de la Huerta, protegió al teatro mexicano

Armando de Maria y Campos

El auge del teatro frívolo mexicano durante la administración del presidente interino de la república, don Adolfo de la Huerta, mereció el mayor estímulo y apoyo del Poder Ejecutivo. La ciudad estaba gobernada entonces por un Ayuntamiento electo por el pueblo, alguno de cuyos miembros obstruía la representación de revistas de carácter político, que entonces apasionaban a un numeroso público que llenaba las salas de los teatros Principal, Colón, Lírico y el muy popular María Guerrero, en el corazón de la barriada peralvillense.

El éxito inusitado de público y de prensa que alcanzaba la revista La Huerta de don Adolfo, del periodista y poeta Guz Águila (Antonio Guzmán Aguilera), había estimulado la inspiración de los autores de casa, entre ellos alguno de origen español, y cada noche de sábado subía a escena una revista de tema político con oportunas e hirientes alusiones a los personajes políticos del momento, y muy particularmente a los munícipes, cabezas de turco de siempre en esta índole de piezas, lo mismo que vinieran de la península allende el mar, que escritas por autores vernáculos.

El presidente de la Huerta, que asistía con frecuencia al Colón, teatro que reunía noche a noche mayor público, que gozaba con las alusiones políticas de La Huerta de don Adolfo, y reía sin asomo de preocupación cada vez que en un nuevo couplet María Conesa aludía a su administración, o al Muy H... Ayuntamiento, quiso proteger la producción nacional, que encontraba su mayor enemigo en el género español que semana a semana llegaba de Madrid, dando un decreto que rebaja al dos por ciento las contribuciones de las obras mexicanas, y señalaba el diez por ciento para las extranjeras, disposición que produjo de inmediato un beneficio para los autores mexicanos, porque las empresas –la del Lírico fue la primera– aumentaron el doble –o al doble– los derechos de representación de obras mexicanas.

El H. Ayuntamiento de la ciudad, presidido por el licenciado don Rafael Zubarán Capmany, se reunió violentamente, y a moción de los regidores Munguía y Pérez Abreu, acordó oponerse terminantemente y aun obstaculizar en la medida de su fuerza municipal el generoso acuerdo presidencial, y encontró la forma de neutralizar la disposición del señor De la Huerta, aumentando las cuotas fijas al máximo y obligando a que el teatro Colón, que nutría desde años su temporada revisteril con revistas y zarzuelas españolas, al grado de que ni un solo sábado dejara de estrenarse una. No obstante que también estrenaba otra de autores mexicanos, a pagar el diez por ciento de la entrada bruta, siempre que fuera cualquier obra española junto con una mexicana, y como esto siempre ocurría, porque con el sistema de "tandas dobles" –dos diariamente– alternaba la española con la mexicana, la empresa de Luis T. Maurente se negó a aumentar los derechos de autor a las obras del país.

Respetuoso de la autonomía municipal, el presidente De la Huerta no se opuso a las disposiciones neutralizadoras del Ayuntamiento, ni dio paso para evitar la censura estricta que los munícipes Pérez Abreu y Munguía ordenaron a sus inspectores de espectáculos practicaran en los libretos de las revistas mexicanas de actualidad política. El Ayuntamiento metropolitano halló una fórmula ambigua para echar abajo chistes y situaciones políticas, declarando que sólo ejercía censura en el aspecto moral de las producciones. La primera obra censurada por el H. Ayuntamiento de la ciudad de México como represalia al decreto presidencial fue La hermana agua, libro de Tirso Sáenz y Alejandro Michel y música del maestro Eduardo Vigil y Robles, y –dice la prensa de la época– "echó abajo multitud de chistecitos". Agregó el cronista-autor, que era Guz Águila: "El señor Pérez Abreu quiere acabar con el género chico durante su corta estancia en la alcaldía. Ya lo haremos renacer cuando él se vaya. Porque aunque recorte todo lo quiera a las obras, hay una cosa que no puede recortarnos: el cerebro; en el Colón, el sábado, hubo puras reprisses".

La Sociedad Mexicana de Autores intervino en el conflicto que había planteado la interpretación que el Ayuntamiento daba al decreto del presidente De la Huerta. Y llegó hasta el primer magistrado. Le puso este telegrama: "Muy respetuosamente hónrome en saludar a usted y participarle en nombre de la Sociedad Mexicana de Autores, que en perjuicio de nuestros intereses e interpretando indebidamente el decreto de usted, el H. Ayuntamiento está cobrando el diez por ciento por obras mexicanas cuando figuren en el cartel acompañadas de obras españolas. Asimismo, tenemos informes que nos merecen crédito, de que pretende el mismo H. Ayuntamiento, aplicar la cuota mínima (cien pesos) por función a las empresas teatrales, y esto sería perjudicial, frustrándose su propósito de ayudar a la producción nacional. El administrador de la Sociedad Mexicana de Autores, Adolfo Bernáldez".

El señor presidente De la Huerta recibió a los autores, y respetuoso de la autonomía municipal, ofreció que su decreto sería cumplido en todas sus partes y no como lo entendían y aplicaban los regidores Munguía y Pérez Abreu. Pero nada se logró con la amistosa intervención municipal. El Ayuntamiento se salió –a medias– con la suya, cobrando el dos por ciento de las entradas por las obras mexicanas y el diez por ciento por las españolas, lo que equivalía a un porcentaje medio por función de un seis por ciento, para que éstos, acumulados, se repartieran a prorrata entre las obras representadas.

Funcionaban aquel año de 1920, tres teatros frívolos: el Colón, que no prescindía del género español, pero que también ponía obras de autores mexicanos; el Lírico y el María Guerrero, que hacían únicamente género mexicano. Todos, al fin, resultaron beneficiados, aunque contrariados por la censura que ejercía el H. Ayuntamiento, no obstante la recomendación amistosa del señor presidente De la Huerta.

Los autores en el candelero elogiaron, unánimamente, el decreto de don Adolfo de la Huerta. No es posible traer aquí las opiniones de Ortega, Palmer, Ross, Romero Tobler, Rabanal, Castro Padilla o Guz Águila. Conformémonos con las de Pablo Prida y Manuel Castro Padilla, que dicen: "El decreto es excelente. Este es el primer gobierno que hace algo efectivo en pro de los autores mexicanos. Estos prácticamente han recibido inmediatos beneficios, ya que la empresa del teatro Lírico ha aumentado al doble los derechos de representación. Ahora la Cámara debe expedir una ley para hacer extensivo esto a los estados, para que no se representen obras mexicanas sin que antes las empresas paguen los derechos respectivos y no defrauden en provincia a los autores como cínicamente lo hacen". Y Castro Padilla: "Puede estar seguro el señor De la Huerta, que su recuerdo vivirá siempre entre los que 'comen' del teatro".