FICHA TÉCNICA



Título obra La otra orilla

Autoría José López Rubio

Dirección Julián Soler

Elenco Lucy Gallardo, Luis Aldás, Víctor Junto, Crox Alvarado, Elmo Michel, María Teresa Rivas, Carmen Bassols, Guadalupe Andrade

Escenografía Jorge Fernández

Espacios teatrales Teatro Arena

Referencia Armando de Maria y Campos, “La otra orilla de José López Rubio, estrenó en el teatro Arena”, en Novedades, 5 julio 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La otra orilla de José López Rubio, estrenó en el teatro Arena

Armando de Maria y Campos

La comedia en tres actos La otra orilla, de José López Rubio, subió a escena por primera vez en Madrid, y en el teatro de La Comedia, el 4 de noviembre de 1954, interpretada por la compañía de Conchita Montes, con decorado de Burman, bajo la dirección de Edgar Neville, y desde luego se impuso al público madrileño por la originalidad y finura de su tema, por la dignidad de su construcción escénica y la agilidad y pureza de su diálogo. No fue fácil el triunfo para La otra orilla, porque abundaban en los escenarios madrileños las obras de éxito y aun de escándalo teatral y periodístico.

Quizá sea del grado del buen actor de teatro saber algo de la intensa vida teatral madrileña, que para nosotros los mexicanos está detrás del Telón del Misterio –precisamente como La otra orilla, que pertenece a las piezas cyua acción se desarrolla detrás de un telón de misterio–. En verdad, que muy poco, casi nada, se sabe de los teatros, autores y comediantes de España, otrora tan cerca de nosotros. Diremos, recordando al poeta: crímenes son del tiempo, y no de España; tampoco de México.

En septiembre de 1954, mes en que se inaugura oficialmente la temporada madrileña, los gatos gozaban de estas comedias: La leyenda de una vida de Stephan Zweig, por Catalina Bárcena; No es tan fiero el león de Luis Tejedor y José Alfayete, por Aurora Redondo y Valeriano León; El villano en su rincón de Lope de Vega, Madrugada de Buero Vallejo, El criminal nunca gana de Daniel y Antonio Baylos; La mordaza, suceso extraordinario, drama de Alfonso Sastre; Vaga suelto un asesino de Daniel y Antonio Baylos, La divina pelea de José María Pemán, A media luz los tres de Mihura, La muralla, el escándalo teatral del año, de Joaquín Calvo Sotelo; Miss Mabel de Sheriff, Diálogos de carmelitas de Bernanos, Marramiau de Ladislao Fodor, La cena de los tres reyes de Víctor Ruiz Iriarte, y también de este autor Usted no es peligrosa; El sol se pone gafas negras de Vicente Soriano de Andia, Por salvar su honor, comedia póstuma de Jacinto Benavente, por Irene López Heredia, María Guerrero López y José Romeu; La otra orilla de José López Rubio, La casa de la noche de Thierry Maulnier, La ranchera de Ágata Christie, La isla de las cabras de Ugo Betti y Trece a la mesa de Sauvajon, por Tina Gascó. Esto, por lo que se refiere a estrenos, porque también subieron a escena reposiciones y, como es natural, zarzuelas y revistas de folklore. Entre los éxitos auténticos figura La otra orilla, que el viernes último –1 de julio– conoció el público de México interpretada por Lucy Gallardo, Luis Aldás, Víctor Junco, y Crox Alvarado en los papeles principales, dirección de Julián Soler y decorado de Jorge Fernández.

La otra orilla es, como sabemos o suponemos, aquélla en que moran o habitan los espíritus, fantasmas para los que vivimos y habitamos esta otra orilla. Una comedia de espíritus o de fantasmas siempre resulta atractiva, porque qué espectador no quisiera ver lo que hay detrás del Telón del Misterio. La nómina de obras famosas que han abordado con éxito este tema sería interminable, y en ella habría de todo, desde aquel famoso Viaje infinito de Vanne, hasta la mediocre Sombra querida de Deval, pasando, por supuesto, por Espíritu travieso de Coward, y sin olvidar en lógica justicia Un marido de ida y vuelta de Enrique Jardiel Poncela y el muy reciente Caso de la mujer asesinadita. Prefiero el tema cuando es tratado con espíritu burlón que cuando se aborda dramático o trágico. Si se trata de pasar el rato, es preferible el espíritu travieso que el que vuelve a vengarse, como el del padre de Hamlet.

Acierto indudable de buen autor es el de mezclar con fina habilidad y certero sentido teatral la vida –llamémosla así– de los espíritus con seres reales. Desde Muérete y verás, esta mixtura de realidad y ultratumba no cesa de regocijar al espectador. López Rubio considera que los que están en la otra orilla son "los unos" y los que viven en esta otra, resultan "los otros". Actúan unos y otros, los espíritus visibles para los espíritus, con indudable regocijo del espectador en virtud de la habilidad y el buen sentido teatral del autor. Resulta admirable cómo, sin haber visto nunca a uno de esos intocables espíritus los actores representan tan bien a los fantasmas. En realidad el personaje de un fantasma no es difícil para actores que sepan actuar con naturalidad. De esta difícil facilidad radica el éxito de público de la fina y graciosa pieza de López Rubio, como es fácilmente comprobable viendo a Lucy, Junco, Aldás y a Alvarado moverse y vivir como fantasmas cerca de los personajes reales que son dos policías, un contador, un sobrino que hereda, una viuda impaciente, una doncella dada a la aventura y alguno otro más.

La divertida historia de López Rubio, es más o menos esta: Una pareja de amantes, Ana y Leonardo, están jurándose amor eterno en casa de tía Matilde. Llega el marido, Jaime, que ya desde la calle quiere matarlos a través del ventanal. Pero a pesar de ser Jaime un excelente tirador falla el tiro porque se le atraviesa un buen señor que está paseando a su perro. Este caballero, Martín, es la primera víctima. Alarmado por el disparo, sale Leonardo a ver qué sucede y entonces Jaime lo mata. Poco después le toca el turno a la esposa infiel. Cuando se dispone a huir, Jaime cae acribillado por una pareja de "azules". Inmediatamente vemos a los amantes circular por la escena como si nada hubiera ocurrido, pero ya son sus espíritus. El cuerpo de Leonardo está en el pasillo y el de Ana detrás de un sofá, ambos fuera de la vista del público. Al poco tiempo entrará el espíritu del vecino sacrificado, Martín, que sólo comprende que ha muerto cuando oye aullar a su perro. En seguida conocemos al fantasma del marido calderoniano. Los cuatro espíritus viven divertidas y amables escenas con finos toques sentimentales y humanos. La llegada de los vivos que actúan sin darse cuenta que están entre los espíritus, complica la espectacular acción, prende el interés del público y ya no la suelta hasta que, uno por uno, los cuatro muertos se van definitivamente a la otra orilla.

La comedia de López Rubio está expuesta con habilidad, tramada con pericia y resuelta con agilidad y sencillez; dialogada con ingenio, ironía y buen humor, permite que se digan cosas frívolas y, a veces, hondas. Pero siempre es una comedia amable...

La interpretación es excelente en general, y en cada instante se advierte la mano del director. Lucy Gallardo está deliciosa en la espiritual Ana, y la corean también con espiritualidad Aldás, Junco y Alvarado. De los otros, destacan Elmo Michel en el "azul" 138 y María Teresa Rivas, Carmen Bassols y Lupe Andrade. La escenografía de Jorge Fernández lucha con los lugares comunes a que obliga un escenario con dos vistas, como el teatro Kabuki Japonés.