FICHA TÉCNICA



Notas A petición de Jean Sirol, agregado de prensa de la Embajada de Francia en México, el autor comenta sobre el tema del triángulo amoroso del vodevil francés

Referencia Armando de Maria y Campos, “Sobre la mujer francesa en el teatro. De Beckett a Roussin pasando por Brieux”, en Novedades, 24 junio 1955.




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Columna El Teatro

Sobre la mujer francesa en el teatro. De Beckett a Roussin pasando por Brieux. II

Armando de Maria y Campos

Durante la comida que Su Excelencia el embajador de Francia en México ofreció a los cronistas de teatro en la residencia de la Embajada el martes último se habló, como es natural, de teatro, y de teatro francés en particular. Don Jean Sirol, agregado de prensa, cultura y cuestiones de arte, tuvo la deferencia de preguntarme por qué no había continuado el estudio que en esta misma columna propuse sobre la mujer francesa en el teatro, cuya primera crónica escribí (1) con motivo del estreno en México de Nina de Roussin. Le repuse que el tema, apasionante y múltiple, ofrecía serios escollos, pero que, en verdad, era necesario no dejarlo en el aire, y que me proponía continuarlo en la primera oportunidad, y ésta se me presenta ahora en que esperando el estreno de una interesante pieza de Samuel Beckett en el teatro de La Capilla y otra frívola de Jacques Deval en el teatro de La Comedia, me encuentro sin tema de actualidad inmediata, y puedo atar aquel cabo suelto.

Es preciso remontarnos a principio de siglo, para abarcar mejor la panorámica sobre la mujer francesa calumniada y defendida.

En general, las obras francesas no escapan a la vulgaridad de ese lugar común llamado "triángulo perpetuo"o bien "hogar entre tres". Conviene reconocer que aun cuando cambie la salsa, el salpimentado manjar acaba por hastiar. Ya en otra ocasión me he referido a René Doumic, quien hacia el fin de la primera guerra mundial protestó contra el género de teatro que él llamó "mórbido", refiriéndose al perpetuo tema de la "trinidad": "Estamos ya cansados, estamos saturados, estamos hartos de esas comedias, o, mejor dicho, de la comedia eterna sobre el sempiterno hogar entre tres. Pues siempre veíamos la misma comedia, arreglada, acomodada, remendada y más vieja cada vez que se pretendía rejuvenecerla, más gastada y mostrando más y más su artificio. De ahí procedía la impresión de monotonía que con tanta frecuencia se experimentaba en el teatro. Al levantarse el telón se concebía alguna esperanza, pero el argumento empezaba a precisarse –el argumento era el que todos sabemos–, y se sentían ganas de llorar. De ahí procede también el escaso interés que ofrecían tantas y tantas comedias, esa pobreza de ideas, esa indiferencia por todo lo que ocupa, inquieta y alarma a una sociedad. Su universo se reducía a una alcoba".

Más adelante añade este autor que, con los románticos, el drama del adulterio se apoderó de la escena francesa, transformó la comedia, invadió y falseó los demás géneros. "El romanticismo pasó, pero el adulterio ha quedado". Y en verdad ya hacía notar en otra parte cómo es rarísimo encontrar entre los dramas modernos no se presente en una o en otra forma.

¿Recuerda el lector que en crónica anterior, a propósito del estreno de Nina, hablé de La Parisienne? Saltando algunos años hablaré de La Française de Eugéne Brieux. Este autor hizo un viaje a Noruega, y el cónsul francés de Bergen le suplicó que empleara su influencia y su prestigio como escritor, para impedir que los publicistas parisienses siguieran inundando los países extranjeros con su literatura pornográfica. Para satisfacer el deseo de su compatriota, escribió el drama titulado La Française.

En pocas palabras el argumento es como sigue: Un joven francés criado en Estados Unidos visita la tierra de sus antepasados, y tiene que constatar la gloria de su patria, renunciando así a los prejuicios de que se hallaba ya imbuido y que se la presentaban como decadente. Se le ofrece una cátedra en la Universidad de Harvard, pero ni de esta manera se le decide a volver a América. Contrae matrimonio con su hermosa primita y se establece definitivamente, asociándose en los negocios con su tío, encantado de ser francés. De Estados Unidos ha venido con él un ranchero de Wyoming que igualmente descubre al ver la realidad con sus propios ojos, que las nociones que había sacado de las novelas parisienses sobre lo que es Francia, resultan completamente falsas. Había supuesto que todos los franceses estaban dedicados a la intriga y todas las francesas a engañar a sus maridos. Se pone el americanito a cortejar a la esposa de su amigo; pero pronto tiene que abrir los ojos y ver cuán errado andaba en sus apreciaciones de la mujer francesa. Pregunta entonces aturdido por qué los autores franceses hablan tan poco y tan flojamente de sus propias virtudes, y le contestan que otra virtud de sus huéspedes que aún ignora, le explicará el enigma... la modestia.

Vaya la explicación para divertir al público que ocupa las butacas. La verdadera razón –que no quiero exponer aquí de manera completa y ahondando sus más profundas raíces– es que resulta más estimulante la pintura del vicio que la virtud, y no sólo más estimulante, sino más fácil. Esto, por lo que se refiere a la producción literaria en general. Pero concretándonos al teatro, debe hacerse la aclaración que dependiendo en la actualidad del éxito de una pieza de teatro de su éxito financiero y habiendo invadido el público extranjero los teatros de París, este público y no el francés, es el que en último término ha decidido la orientación de la producción dramática. Que el espectador responsable y con juicio decida qué protagonista representa a su clase, si La Parisienne de Beckett, o La Française de Brieux.

(1) 2 de junio de 1955.