FICHA TÉCNICA



Título obra La casa de té de la luna de agosto

Notas de autoría Vern J. Sneider / autor de la novela homónima; John Patrick / adaptación teatral; Rodolfo Usigli / traducción

Dirección Romney Brent (Rómulo Larralde)

Notas de dirección Rodolfo Usigli / codirector

Elenco Rosa Díaz Gimeno, Tei Ko, Antonio Carvajal, Rodolfo Calvo, Luis Aragón, Armando Arriola, Miguel Córcega, Guadalupe Carrillo, Florencio Rocha Contreras, Alberto Camacho Romero

Espacios teatrales Teatro de Los Insurgentes

Productores Jean Dalrymple y Rita Allen

Referencia Armando de Maria y Campos, “La casa de té de la luna de agosto en el teatro de Los Insurgentes, por Rosa Díaz Gimeno y Tei Ko”, en Novedades, 15 junio 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La casa de té de la luna de agosto en el teatro de Los Insurgentes, por Rosa Díaz Gimeno y Tei Ko

Armando de Maria y Campos

La noche del miércoles 8 el teatro de Los Insurgentes levantó su telón para ofrecer al público mexicano la primera representación de la comedia La casa de té de la luna de agosto de John Patrick, que en Nueva York continúa representándose con éxito asombroso. La casa de té de la luna de agosto es el título de una novela, de un joven oficial del ejército norteamericano, Vern Sneider, quien en 1945, en la última etapa de la segunda guerra mundial, arribó con las fuerzas de la ocupación militar a Okinawa, una de las muchas islas situadas a unas dos mil millas al sur del Japón, a medio camino entre el Japón y Formosa. El pueblo de Okinawa no es ni japonés ni chino, habla en gran parte su antiguo dialecto, el eiukiuano, y es fiel guardián de costumbres ancestrales que le dan singular personalidad. Se ha divulgado que Sneider, encargado de un campamento para refugiados, tuvo la oportunidad de observar al gobierno militar de ocupación, así como estudiar al okinawense, envuelto como es natural en un velo de misterio para los ojos de un occidental. Con sus observaciones, deducciones y fantasía, el oficial del ejército norteamericano escribió una novela: La casa de té de la luna de agosto, en el que hay ambiente pintoresco, situaciones cómicas y un fino humorismo lo mismo para el norteamericano que para el okinawense.

Un dramaturgo norteamericano de gran fama en su país, que ha demostrado singular habilidad para adaptar al teatro novelas famosas, realizó la de Vern Sneider con tal fortuna que como pieza teatral La casa de té de la luna de agosto constituye ahora la máxima atracción en Broadway y logró obtener con ella el famoso premio Pulitzer y el gran premio que otorga anualmente el Círculo de los Críticos de la Prensa, de Nueva York. La novela ya había ganado en 1952 el premio de los Amigos de los Escritores Norteamericanos.

Para presentar esta obra en México formaron empresa Jean Dalrymple y Rita Allen, la primera, directora de la compañía de drama y comedia del City Center de Nueva York, empresaria teatral en tres continentes, de gran crédito en Broadway; la segunda es empresaria teatral en Nueva York y París, y entre otras obras montó en Nueva York la que aquí se presentó con el título de Té y simpatía. Para dirigirla se trajo de Nueva York al director Romney Brent –mexicano por cierto, nacido en Saltillo, Coahuila, condiscípulo del que esto escribe en el colegio de Mascarones de la ciudad de México. Es actor, magnífico por cierto; una de sus más recientes actuaciones como tal, fue al lado de Silvia Sidney, en la obra de Hartog que en español han titulado El lecho nupcial. Actúa como codirector de Brent –se llama en realidad, para nosotros, Rómulo Larralde– Rodolfo Usigli a quien se debe la magnífica versión al español de La casa de té de la luna de agosto, casi una recreación; brillantísima en sus diálogos, ágil en la sátira para los planes militares norteamericanos, precisa, certera y exacta el expresar el pensamiento del okinawense, y flexible al traducir el slang de los soldados norteamericanos y también, probablemente, el de los okinawenses.

Entre los recuerdos teatrales de la época en que llegué a la adolescencia, persiste la impresión que me produjo la representación de un drama de asunto japonés que le vi a Miguel Muñoz –y a su compañía española–en el teatro Colón, en mayo de 1912. Se llama este drama en cuatro actos El tifón y es de Melchor Langyel, un periodista húngaro. En uno de sus cuadros aparecía una casa de té y, naturalmente, las geishas. Antes del estreno de El tifón, en América y aún en Europa, se creía únicamente en el Japón que Puccini divulgó musicalmente con Madame Butterfly. Los tiempos han cambiado y ahora parece absurdo pensar que antes de la primera guerra mundial se temiera en verdad el problema del peligro amarillo...

Coincidiendo a lo que creo por la cercanía de fechas, con la ocupación militar de Okinawa, circuló en la prensa europea y norteamericana una curiosa noticia que gusto de traer a esta crónica. Las jóvenes geishas de importante centro de entrenamiento de Asahi-Kawa, en una reunión celebrada en Tokio, "protestaron enérgicamente contra el sabotaje occidental de los ideales japoneses, bajo el pretexto de las democracias". Debido a la creciente popularidad de los bailes occidentales y a la tendencia desinflacionista bajo el nuevo presupuesto de austeridad, se registró una extraordinaria disminución de los pedidos de las jóvenes geishas para que alegraran los banquetes y reuniones. Fumiko Tagaki, la geisha número uno entonces, hablando ante la reunión, declaró que se habían registrado alrededor de 1 500 pedidos de geishas durante el mes de enero de 1946, cifra que disminuyó en los meses siguientes. "Si esto continúa –añadió– nos veremos obligadas a convertirnos en bailarinas de cabaré. Sin embargo no creo que la democracia exija que obreras (sic) altamente adiestradas, experimentadas y demócratas (sic), nos veamos obligadas a adoptar medios de empleo indecorosos y extraños".

En La casa de té de la luna de agosto que pudo observar Vern Sneider en Okinawa, o en otro lugar semejante, las geishas son las de siempre de antes de la ocupación norteamericana y del plan "B" del coronel Purdy. Ese es el mayor encanto japonés de la pieza. Sin la aparición de la geisha Capullo de Loto en Tobiki, la pieza de Vern Sneider-John Patrick no pasaría de ser un asunto oriental tratado por un novelista y un autor ambos norteamericanos. Otro acierto: la invención de un personaje tan humano y delicado como Sakini, joven okinawense e intérprete ante los oficiales de ocupación, espíritu de su propio pueblo castigado por invasiones, dominios u ocupaciones desde hace ocho siglos, esclavo siempre y siempre libre porque no pierde ni sus tradiciones, ni su fe en que mientras el espíritu sea libre, la esclavitud material es relativa y tolerable.

Un joven capitán del ejército norteamericano –¿no será el propio autor?– tiene que cumplir con lo que estipula el plan "B" y dotar a Tobiki de una escuela pentagonal, para la llegada en calidad de obsequio de una linda geisha –Capullo de Loto– y la fundación de una Liga Femenina de Acción Democrática, obligan al capitán Fisby, en colaboración con el capitán McLean, psiquiatra y furibundo aficionado a la agricultura, a construir una casa de té y a instalar una destilería, porque los habitantes de Tobiki resultan estupendos productores de aguardiente de camote. El coronel Purdy III, jefe de los soldados de ocupación en Tobiki, consternado, manda derribar la casa de té y destruir los alambiques, pero... Washington piensa de otro modo, se reconstruye la casa de té y vuelven a funcionar los alambiques, que han permitido la recuperación económica de Tobiki y que sus habitantes naden en dinero...

Dos personajes okinawenses son el alma y la gracia de la comedia: Sakini, el intérprete indígena y Capullo de Loto, la geisha. Sakini lo es todo en la obra: prólogo y coro, médula y juicio. Sin este personaje la novela no hubiera llegado a ser comedia. Capullo de Loto es el espíritu oriental de la fábula –que está pidiendo una partitura que la convierta en ópera, como la de Madame Butterfly de Puccini o La geisha de Sidney Jones– otro mundo, en fin. Los dos oficiales jóvenes y el viejo coronel son simplemente norteamericanos. El resto de los personajes, episódicos o anecdóticos, pero los okinawenses resultan más interesantes, por lo exóticos y humanos, para el público occidental.

La obra está montada con lujo y propiedad, creo que por lo menos igual que en Nueva York. La española Rosita Díaz Gimeno hace una creación del Sakini, cima en su carrera de actriz de vida aventurera y extrordinaria. Para hacer Capullo de Loto se trajo a una linda, joven y exquisita actriz y bailarina japonesa, Tei Ko, y está deliciosa en su elemento. Antonio Carvajal, en el capitán Fisby, se revela gran galán. Rodolfo Calvo no puede estar mejor como coronel Purdy y se mantienen a la misma altura de estos actores, Luis Aragón, Armando Arriola y Miguel Córcega; Lupe Carrillo, Florencio Rocha Contreras y Alberto Camacho Romero. Tei Ko baila en el tercer acto una danza de su país llena de encanto y gracia.

La luna de agosto de Tobiki derramará felicidad durante muchas noches en el teatro de Los Insurgentes.