FICHA TÉCNICA



Título obra Nina

Autoría André Roussin

Dirección Francisco Petrone

Elenco Nadia Haro Oliva, Carlos Riquelme, Luis Beristáin, André Roussin

Espacios teatrales Teatro Arlequín

Referencia Armando de Maria y Campos, “El realismo cínico de un teatro francés en la escena mexicana. I”, en Novedades, 2 junio 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El realismo cínico de un teatro francés en la escena mexicana. I

Armando de Maria y Campos

El cronista –que viene a ser como un intérprete de la conciencia del público, y su guía y consejero– no puede permanecer impasible ante la ola de teatro realista y cínico que al socaire de un término de crédito universal, como es el de vodevil, ha invadido nuestros escenarios y amenaza ahogar cuanto nuestra sociedad tiene de respeto al hogar. Desde hace varias semanas que se viene clamando en contra de los vodeviles de todos calibres que con discutido éxito de público cubren la cartelera teatral metropolitana; el éxito que yo llamo relativo, pues se trata de concursos diarios que no exceden de quinientas personas diarias para todas las salas que explotan el vodevil, ha provocado una emulación entre empresarios e intérpretes y cada quien en lo suyo le pone más picante a su intervención. Todo estaría bien si no se hubiera hecho énfasis sobre que este género teatral es característico de Francia.

El último estreno de un vodevil de procedencia francesa es el de Nina de André Roussin, una de las piezas más corrosivas, más cínicas y amorales de este género.

Con motivo del estreno de tanto vodevil –de Roussin hemos soportado ya La pequeña choza, Los huevos de avestruz, y Nina–, la crónica teatral se ha desbordado en condiciones que dejan en situación desairada la tradición de buen teatro francés, en peor postura todavía a la mujer francesa y, más particularmente, a las hijas de París. Sin límite de respeto para los lectores, la mayoría de los cronistas de teatro han relatado el argumento de la última endeble pieza de Roussin que ha sido presentada en la escena del teatro Arlequín, que al parecer trata de especializarse en obras de este tópico. Se trata, como ya no lo ignora el lector, de un triángulo, esta vez más repugnante que el que se exhibe en La pequeña choza. Claro que no voy a repetirlo aquí. También se han hecho enormes elogios de los intérpretes de estos tipos falsamente franceses, porque son artificiales, de trampa y carión, más para impresionar a turistas norteamericanos que a los públicos franceses provincianos. No creo que el público de París guste de verdad de los triángulos cínicos del más cínico de los vodeviles contemporáneos, porque eso sería suponer que la mujer francesa ha renunciado a su tradición de mujer exquisita y... honesta. Claro que existen en París, como en cualquier rincón del mundo, mujeres adúlteras que hacen gala de sus fechorías, maridos complacientes y profesionales del donjuanismo de gabinete de soltero. Pero no con las características ni los perfiles de los que inventa Roussin para deleite de lo más podrido de los públicos internacionales.

Deseo probar con hechos, es decir, con obras de las que en su tiempo expusieron los más audaces triángulos amorosos, lo que ha sido siempre la comedia naturalista, que degeneró en vodevil, género que se salva únicamente por su sprit, la travesura de sus situaciones y el tibio aire de picardía que mueve los encajes de los deshabillés femeninos. Será cosa de escribir varias crónicas, pero considero que es deber de cronista ambicioso quebrar una lanza en favor de la mujer europea, la francesa en particular, que a veces, como las de todo el mundo, peca y, además, peca con gracia, finura y elegancia.

Iniciaré este alegato paradójicamente en pro y en contra del vodevil, situando como fecha de arranque el estreno de La Parisienne de Henri Becque, considerado como el padre del vodevil, y contrariamente enjuiciado como el precursor del llamado "teatro cruel y moralizador", porque La Parisienne, primera obra en la que se exhibe a la mujer parisinese como adúltera característica, fustiga al adulterio que al parecer, exalta. Pero, antes, debo dedicar unas palabras a la presentación de Nina, por Nadia de Haro Oliva, Carlos Riquelme y Luis Beristáin, bajo la dirección de Francisco Petrone. Vaya por delante un cálido elogio para Petrone, que suavizó la tremenda presentación del cínico triángulo inventado por Roussin, suprimiendo el lecho del soltero, sobre el que deben ocurrir las escenas más disparatadas y agresivas, por un amplio sofá, y evitó que la protagonista apareciera con mínima ropa, procurando sugerir nada más lo que el más torpe de ingenio supone que debe ocurrir en la escena. La protagonista fue confiada a la bella señora Haro Oliva.

Nadia Haro Oliva viste con exquisita elegancia, y su claro fraseo teñido de gracioso acento francés, acierta a darle la mayor exactitud a cuanto el autor pone en boca de su corrosiva y demoledora Nina. Carlos Riquelme convierte en un pobre trapo al marido de esta historia, y viéndolo tan en bufón, tan insignificante y también de un cinismo sin precedente antes de Roussin, llega uno a considerar que bien merecido tiene cuanto le pasa. En medio de estos dos tipos tan contrastados, el del amante resulta inocuo, gris, sin madera de héroe de la donjuanía. También aparece otro marido engañado, un lamentable tipo que sólo provoca amargura. Estos son los personajes que crea –para representar él mismo a alguno de ellos– el actor y autor André Roussin, lamentablemente de moda en México.

Y a lo que iba. Cuando sucedió el estreno de La Parisienne, los críticos de aquellos días comentaron este título genérico para una mujer adúltera, frívola, egoísta, casi inconsciente. Las parisienses mostráronse indignadas ante tal denominación. ¿Es que Becque afirmaba que todas las mujeres nacidas en París eran tan descocadas, tan insensibles, tan veleidosas como Clotilde Du Mesnil? Porque esta dama de encaje y polizón no es adúltera por la fuerza del sentimiento, por imperativo de una pasión ardorosa, sino culpable por capricho insustancial. Busca el devaneo por entretenimiento y cuando esa relación ilícita le produce incomodidades, la aparta con gesto de aburrimiento y de cansancio. La comedia resultó atrayente por su "triángulo" común, sus situaciones comunes, subrayadas con atrevimiento y su diálogo burbujeante de sprit y, a pesar de las protestas más o menos sinceras de las parisienses, impúsose y, desde entonces, permaneció en el gran repertorio francés. Su más reciente reprisse fue en 1950.

Seguiré con la historia analítica y anecdótica de los más sonados vodeviles franceses e... ingleses.*


Notas

* La segunda parte de la crónica se publicó el 24 de junio de 1955.