FICHA TÉCNICA



Título obra Tovarich

Autoría Jaques Deval

Notas de autoría Joaquín Bernal / traducción

Dirección André Moreau

Elenco Marilú Elízaga, Ofelia Guilmain, Miguel Suárez, Héctor Gómez, Rosa María Moreno, Micaela Castrejón, Julio Taboada, Ignacio López Tarso

Escenografía Antonio López Mancera

Eventos Inauguración del Teatro El Caballito

Referencia Armando de Maria y Campos, “Donde se ponen discretos reparos a la última versión mexicana de Tovarich. II”, en Novedades, 31 mayo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Donde se ponen discretos reparos a la última versión mexicana de Tovarich. II

Armando de Maria y Campos

Jacques Deval ha escrito un segundo acto de Tovarich que, suelto, fácil, gracioso y chispeante, es un verdadero modelo de teatro cómico. De la calidad del mismo y su comicidad darán idea estas palabras de Lucien Dubech, explicando el éxito de risa –como diríamos aquí– de la obra: "Reír durante tres actos enteros como raramente, como quizá nunca hemos reído en el teatro. Es preciso que el lector se dé cuenta de lo desarmado que se halla el crítico ante la risa. Un oficio cumplido a conciencia jamás es enojoso; pero no siempre las obras teatrales son divertidas. Cuando, de repente, una de ellas os arrastra de tal suerte, sois incapaces de esbozar una resistencia".

Pero sigamos la historia. Acto tercero. Por uno de esos azares venturosos, por una de esas combinaciones políticas que se complacen en elevarle sobre el pavés, nuestro buen socialista y diputado se halla en trance de negociar, con ayuda de capitales ingleses y franceses, la compra de las explotaciones petrolíferas rusas. ¡Nada menos!

Para ello, y cuando ya en la contradanza de gestiones, pactos y contratos, le parece que el asunto está en su madurez propicia, reúne en una gran comida en su casa al subgobernador del banco (el mismo en que tiene depositados Miguel los cuatro mil millones del zar), al de un banco inglés y al comisario soviético del pueblo, Gorochenko, venido expresamente para tratar del sensacional negocio, pero dispuesto a que Rusia no pierda, en el agio, sus pertenencias actuales y sus posibilidades futuras.

Aunque, con cierta rebaja en el tono, la situación está tratada también con alarma –muy teatral– de humorismo. En definitiva, a nada concreto llegarían los comensales en sus conversaciones si el subgobernador del banco no las terminase con una revelación sensacional: el ayuda de cámara del diputado anfitrión, el ruso Popof (es decir, el príncipe Miguel Urakief), es el único que puede disponer, con sólo estampar una firma en un cheque, de cuatro mil millones de francos para adquirir petróleos rusos.

Acto cuarto y cambio de tono. He aquí a Gorochenko, comisario del pueblo. He aquí al príncipe Miguel, ex ayudante de campo del zar Nicolás. La Rusia nueva frente a la Rusia vieja. Gorochenko, en nombre del pueblo, reclama para la nueva Rusia de los soviets, y a fin de que ésta no pierda nada de su integridad industrial, un gesto generoso. En nombre de la vieja fidelidad a la a la vieja Rusia imperial, Miguel Urakief insiste en guardar para su señor, el zar de todas las Rusias, los cuatro mil millones. Dos mundos, dos conceptos, incluso dos dogmas frente a frente. Nuestra propia integridad de hombres de nuestro tiempo puestas en ascuas, acuciada y atormentada.

En esta pugna el comisario y el ex príncipe y tras el forcejeo reiterativo y mutuo, Miguel, que no ha querido, por nada ni por nadie, disponer de los cuatro mil millones, acabará por entregárselos al hombre a quien más odia y de quien más alejado se siente: a Gorochenko, al comisario del pueblo, para que Rusia, no la de hoy ni la de ayer, la Rusia inmortal y eterna no vea pasar a manos extranjeras sus yacimientos petrolíferos.

Lucien Dubech, crítico francés de la época, frente a esta intromisión teatral y teatralista del comisario soviético, comentó: "Ya no reímos. Nada en la vida relacionado con esas gentes es risible". Por su parte, Robert Kemps, apostilló de esta forma el momento dramático en que Miguel y Gorochenko se juegan el destino de los petróleos rusos: "Semejante debate de conciencia se liquida en unos minutos. ¿Es esto verosímil? ¿Se pretende que, llegados a este punto, después de habernos reído tanto, nos interesemos por este drama patriótico y petrolífero...? ¿Es éste el momento adecuado y el lugar oportuno? ¡Bah! ¡Hemos reído tanto...! El buen humor no se esfuma". Para Juan Prudhomme, que pareció tomar más a pecho esta desviación de Tovarich, en esta resolución sorprendente del príncipe Urakief, "Se halla la parte realmente emocionante de la obra: el amor a la patria herida, la fe indestructible en el porvenir de un pueblo".

Tovarich, que de tal modo ha divertido a todo el mundo, desde el espectador más desocupado y frívolo hasta el más sesudo y grave pontífice de la crítica, ha tenido, además, la fortuna de lograr en su última versión mexicana una interpretación perfecta, todas las proporciones guardadas a la realidad teatral que vivimos en México.

El lector enterado sabrá que el papel de Tatiana fue escrito a la medida de Elvira Popesco y el de Miguel cortado para ser vestido por Andrés Lefaur. Los otros personajes menos importantes todos, fueron confiados ahora a Ofelia Guilmain, Miguel Suárez, Héctor Gómez, Rosa María Moreno, que dobló personajes; Micaela Castejón, quien también dobló; y Julio Taboada.

La señora Elízaga está un poco fuera de edad, si nos atenemos a la que el autor señala a la gran duquesa Tatiana Petrovna Romanof. Pero como la gracia, la simpatía, el ángel en una palabra de doña Marilú, borran cualquier frontera convencional, el personaje se mueve en escena con naturalidad que subyuga, y siempre en señora, como la Tatiana, la señora Elízaga llena y cubre la escena con su sola presencia, y parece natural que el chiquillo que en esta versión resulta ser el Jorge Arbeziah de Héctor Gómez, se enamore de la arrogante camarista. Ignacio López Tarso saca con singular aplomo el personaje del patriota príncipe Mijail Alexandrovich Urakief, y desde luego constituye un firme avance en su carrera. El resto del reparto está bien, como corresponde a actores profesionales, o casi, que poseen el sentido de la responsabilidad. Personalmente hubiéramos preferido se evitara el "doblaje". Otra portera Agustina y otra cocinera menos parecida a la señora Collignot le habrían dado mayor categoría a esta representación, a la que, fuera de estos detalles, no se le puede regatear la auténtica que con la intervención de la señora Elízaga y la sobria y profesional dirección de André Moreau realmente tiene.

La escenografía de Antonio López Mancera es propia y del mejor gusto, y la escena está amueblada también con gusto y propiedad. ¿Tiene realmente importancia que el frac que luce López Tarso o el smoking que exhibe Taboada fueran cortados y cosidos por fulano o por zutano? Creo que no; ni tampoco importa, como no sea dato curioso, que el maquillaje de la señora Elízaga haya sido ejecutado por la señora Anden. Y en cuanto a los perfumes –¿qué olfato finísimo fue capaz de percibirlos?– qué más da que los haya proporcionado Dobri o Perica de los Palotes.

La función inaugural dedicada a la prensa, y como diría un gitano, a "los cabales", constituyó una fiesta social a la que no faltaron las copas durante los intermedios.

Salvador Novo inauguró el teatro, leyendo delante de la cortina, un magnífico discurso, que por haber sido ya muy comentado en la prensa y en los círculos teatrales se registra aquí como efemérides noviana.